La rueda de los técnicos en el fútbol argentino sigue girando, y esta vez le toca el turno a un regreso que muchos creían improbable. Un entrenador con casi una década de ausencia en el fútbol local está a punto de hacerse cargo del banquillo de uno de los clubes más tradicionales del país. Lo particular del caso es que su periplo internacional, lejos de alejarlo, lo mantiene vigente como candidato. Su reciente experiencia en el fútbol árabe, donde dirigió equipos en Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, sumada a su conocimiento institucional y su relación con la cúpula directiva, lo posicionan como una opción viable para ocupar un cargo que requiere de alguien con peso específico.

La trayectoria profesional del Vasco Arruabarrena como jugador lo vinculó profundamente con Boca. Fue parte de aquel equipo que conquistó la Copa Libertadores en el año 2000, dejando su marca en la final contra Palmeiras con los dos goles del triunfo inicial. Esa identidad xeneize nunca se borró, aunque los caminos lo llevaron a otras latitudes. Lo que muchos olvidan es que su verdadera conexión moderna con la dirigencia actual viene de otro lado: su paso por el Villarreal español, donde coincidió con Román Riquelme durante cuatro temporadas consecutivas. Aquella convivencia en Europa forjó una relación de camaradería que se extiende hasta hoy, proporcionándole una ventaja competitiva frente a otros postulantes al cargo.

Un primer ciclo marcado por títulos y frustraciones

Cuando el Vasco tomó las riendas del equipo azul y oro a finales de agosto de 2014, la responsabilidad era descomunal: debía suceder a nada menos que Carlos Bianchi, la máxima leyenda táctica del club. Durante su permanencia inicial, que se extendió hasta 2016, dirigió 75 partidos en total, acumulando un registro de 47 victorias, 13 empates y 15 derrotas. Los números reflejan estabilidad, aunque los detalles cuentan una historia más compleja. El técnico conquistó el torneo doméstico en 2015 y también se quedó con la Copa Argentina del mismo año, consolidándose como ganador en el corto plazo. Sin embargo, su legado quedó teñido por una serie de eliminaciones coperas que generaron frustración en la hinchada.

Esas caídas internacionales, particularmente ante River Plate en instancias decisivas, dejaron una marca difícil de procesar. Primero llegó la eliminación en las semifinales de la Sudamericana 2014, donde tras un empate sin goles en la Bombonera sobrevino la derrota en el Monumental. Posteriormente, en 2015, la Libertadores le reservaba un capítulo aún más controvertido: los octavos de final nuevamente contra el Millonario, una noche que la historia recuerda por el incidente del gas pimienta. Estas frustraciones deportivas, junto con una posterior derrota contundente en la final de la Supercopa Argentina contra San Lorenzo (0-4), precipitaron su salida. El ciclo no se cerró de manera satisfactoria en términos emocionales, aunque los títulos locales ganados permanecen como constancia de su capacidad de gestión.

El exilio árabe y la reconversión profesional

Tras abandonar Boca en 2016, el Vasco eligió un destino poco común para los técnicos argentinos de su generación: el fútbol de Medio Oriente. Durante casi una década, prácticamente sin retorno, Arruabarrena construyó una carrera en esa región que lo mantuvo activo aunque no siempre con resultados estelarizantes. Su paso por Al-Taawoun en Arabia Saudita registró cifras modestas: en 29 encuentros acumuló 13 victorias, seis empates y diez derrotas. Ese desempeño no fue auspicioso, pero tampoco definitivo para cerrar puertas. La experiencia le permitió entender el funcionamiento de estructuras deportivas diferentes, conocer metodologías alternativas y desarrollar una flexibilidad táctica que no todos los técnicos sudamericanos logran.

Su paso por la dirección técnica de Emiratos Árabes Unidos resultó más relevante en términos de visibilidad internacional. Allí tuvo la responsabilidad de conducir a la selección nacional en su intento por acceder al Mundial de Qatar 2022. Aunque el objetivo clasificatorio no se concretó —la eliminación llegó en el repechaje frente a Australia— su gestión incluyó momentos de relieve. Dirigió 14 partidos entre 2022 y 2023 con el seleccionado emiratí, entre los cuales figuraba un amistoso preparatorio ante la Selección Argentina que terminó con derrota categórica: 0-5 a favor de la Scaloneta. Ese partido, disputado en vísperas de la copa mundial, lo puso en contacto nuevamente con el ambiente competitivo de alto nivel, incluso si del lado perdedor. También pasó por Al Wasl, Al Rayyan y Al Shabab, todos en el mismo emirato, además de una experiencia breve en el Pyramids de Egipto, consolidando un curriculum que lo presenta como un técnico con experiencia internacional diversa.

Lo que distingue a Arruabarrena es que su ausencia del fútbol argentino durante más de una década no fue por falta de oportunidades, sino por una deliberada opción de continuar su carrera en el extranjero. Nunca más dirigió en Sudamérica después de partir de Boca. Esa circunstancia, lejos de ser un demérito, sugiere que mantuvo su nivel competitivo en contextos internacionales, adaptándose a sistemas diferentes y trabajando en mercados exigentes, aunque no siempre exitosos. Ahora, tras un año y tres meses sin dirigir, emerge como candidato nuevamente viable para el fútbol local. El tiempo transcurrido no ha borrado su conocimiento del club, sus vínculos institucionales ni su capacidad demostrada de ganar títulos locales, aún cuando el saldo de su gestión anterior incluya tanto éxitos como frustraciones.

El factor Riquelme y el retorno a casa

La eventual reincorporación del Vasco tendría componentes que trascienden lo meramente deportivo. Como jugador surgido de Boca, volver al club en calidad de director técnico representa un ciclo emocional que pocos dirigentes experimentan. En varias oportunidades Arruabarrena ha manifestado públicamente la importancia sentimental que posee el regreso al lugar donde forjó su identidad futbolística. Ese aspecto psicológico no debe subestimarse en un contexto donde la gestión técnica requiere de autoridad moral y conexión con la historia institucional. Además, la circunstancia de que Riquelme, actual presidente del club, fuera su compañero tanto en Boca como en el Villarreal durante cuatro años consecutivos, introduce un factor de confianza preexistente que facilita la comunicación y la alineación de objetivos. Esa relación construida en Europa, en un ambiente de convivencia prolongada, genera naturalmente una comprensión mutua que otros candidatos no poseen.

El posible retorno del Vasco Arruabarrena abre interrogantes sobre las dinámicas futuras del club. Su llegada representaría un apuesta por experiencia internacional, stabilidad institucional y conocimiento de la casa. Sin embargo, también implica cerrar un ciclo de una década durante el cual el técnico estuvo alejado del fútbol argentino, con lo que ello conlleva en términos de adaptación a cambios tácticos, regulaciones y dinámicas competitivas locales. Los resultados del primer ciclo, aunque exitosos en lo que respecta a campeonatos, dejaron cicatrices derivadas de eliminaciones coperas que aún resuenan en la memoria colectiva. Una eventual segunda etapa ofrecería la oportunidad de redención, pero también el riesgo de revivir expectativas que no siempre se materializan. La efectividad de su gestión dependerá de múltiples variables: la capacidad de retomar el ritmo competitivo tras la inactividad, la adaptación del plantel a su filosofía táctica, y la capacidad de traducir la experiencia internacional en resultados concretos dentro del contexto doméstico argentino.