Un fantasma que vuelve a perseguir al equipo xeneize

La historia se repite en el mismo escenario. Otra vez Boca pierde un jugador sobre el terreno de juego mientras disputa un compromiso internacional en Brasil, otra vez debe completar buena parte del encuentro en inferioridad numérica, y otra vez el desenlace deja un sabor amargo que trasciende la simple derrota deportiva. Lo que sucedió en el estadio Mineirao el pasado viernes no fue un acontecimiento aislado sino el capítulo más reciente de una secuencia que se ha transformado en patrón incómodo para la institución de La Ribera. Adam Bareiro recibió la tarjeta roja cuando restaban minutos para culminar la primera mitad del encuentro ante Cruzeiro por Copa Libertadores, una acción que condicionó profundamente el desarrollo de los noventa minutos restantes y que el propio delantero decidió procesar públicamente a través de sus redes sociales en las horas posteriores al resultado adverso.

La tercera expulsión consecutiva: un problema que se agrava

Cuando se analiza el historial reciente de Boca en territorio brasileño durante competiciones continentales, emerge un dato preocupante que va más allá de coincidencias arbitrales. Esta fue la cuarta expulsión seguida que sufre el equipo azul y oro cuando actúa lejos de La Bombonera en suelo brasileño. Primero fue Marcos Rojo en la semifinal de la Libertadores 2023, luego Frank Fabra en la final de ese mismo torneo, después llegó Luis Advíncula antes de los sesenta minutos en el compromiso anterior contra Cruzeiro por la Sudamericana 2024, y ahora se suma el episodio de Bareiro. Cada una de estas expulsiones representó un quiebre en el equilibrio táctico del equipo, obligando a readaptaciones sobre la marcha y limitando las opciones ofensivas en momentos donde la iniciativa resultaba fundamental para los intereses del equipo.

El peso acumulativo de estas sanciones genera un interrogante más profundo respecto a cómo el equipo gestiona la presión, el contacto físico y la lectura de los árbitros en contextos donde las emociones suelen exacerbarse. Boca ha sido históricamente un club que se caracteriza por jugar al límite de la reglamentación, por esa agresividad controlada que muchas veces define encuentros definitorios. Sin embargo, cuando esa característica se traslada a escenarios donde los árbitros —como sucedió en esta ocasión— mantienen criterios particularmente estrictos, el equipo termina pagando un precio desproporcionado.

La particular historia de Esteban Ostojich

El árbitro uruguayo Esteban Ostojich no era un desconocido para el conjunto azul y oro. Su historial previo en el mismo escenario —el Mineirao— contenía antecedentes que merecían consideración. En el año 2021, fue el encargado de dirigir un encuentro donde las decisiones discutibles se multiplicaron: un gol anulado a Weigandt fue seguido por disturbios que escalaron hasta los pasillos del estadio, una situación que derivó en suspensiones para seis futbolistas además de integrantes del cuerpo técnico y del Consejo de Fútbol. Este antecedente circuló en los análisis previos al partido entre Boca y Cruzeiro, funcionando como una especie de alerta que se confirmó en su totalidad cuando el árbitro comenzó a sancionar con criterio severo desde los primeros minutos.

La forma en que Ostojich administró las tarjetas amarillas durante el transcurso del partido revistió un carácter indiscriminado, mostrando predisposición a sancionar cualquier roce o contacto que excediera mínimamente los estándares permitidos. Bareiro fue advertido tempranamente en el encuentro, lo cual establecería el escenario para lo que vendría. El delantero continuó disputando el balón con intensidad, protegiéndolo con los brazos en distintas ocasiones, chocando contra los defensores centrales, operando dentro de ese margen donde el fútbol moderno permite cierto grado de contacto físico. Pero en una acción específica, cuando colocó su mano sobre el rostro de un rival que cayó desplomado de manera dramática, el árbitro interpretó que se trataba de una agresión que merecía la máxima sanción disciplinaria.

El llamado al VAR que nunca llegó

Lo que sucedió después de la decisión de Ostojich resulta significativo desde la perspectiva del reglamento. Bareiro intentó convencer al árbitro de que revisara la jugada a través de la tecnología disponible, pero sus reclamos resultaron infructuosos. La normativa es clara al respecto: el VAR únicamente puede intervenir cuando se trata de expulsiones directas con criterio de revisión, no cuando la tarjeta roja surge del proceso de acumulación de amarillas. En este caso, la segunda amonestación derivó automáticamente en la expulsión, cerrando cualquier posibilidad de que los árbitros de video examinaran la jugada en cuestión. Esta limitación del sistema de revisión tecnológico dejó sin resolución una acción que, dependiendo de la interpretación, podría clasificarse de distintas maneras.

La autocrítica del goleador: entre responsabilidad y contexto

El reconocimiento de Bareiro en sus publicaciones posteriores al partido merece atención particular porque evidencia una madurez en la manera de procesar los eventos adversos. El delantero no culpó exclusivamente a la actuación del árbitro ni buscó eximirse de responsabilidad mediante argumentaciones defensivas. En cambio, optó por un discurso que combina la aceptación de su participación en lo ocurrido con la disposición de enmendar sus patrones de conducta. "Solamente perdón a mis compañeros y a la gente de Boca. Sean errores o no del árbitro, a mí me toca manejar lo que hago. Hoy seguramente fallé y me toca tragar mierda, pero voy a trabajar mis errores para seguir ayudando a mis compañeros", escribió el número 9 en las redes sociales horas después de la derrota.

Estas palabras revelan una interpretación de los hechos donde Bareiro asume que, independientemente de cómo se evalúe la actuación del árbitro, él es responsable de sus acciones y decisiones dentro del campo de juego. El futbolista reconoce que comenzó a jugar "al límite" desde momentos tempranos, que continuó en esa línea a pesar de ser amonestado, y que en una jugada específica cometió una acción que resultó en sanciones. Este nivel de responsabilidad personal contrasta con la tendencia frecuente de los deportistas de transferir toda culpa hacia factores externos.

Implicancias futuras y el desafío de corregir patrones

Lo que quedó en evidencia tras el encuentro va más allá de un partido individual. Boca enfrenta un desafío que se proyecta hacia adelante en múltiples frentes. Primero, debe continuar trabajando en la gestión emocional y disciplinaria de sus jugadores cuando disputan encuentros de alta presión en escenarios donde la interpretación arbitral puede resultar más severa. Segundo, existe la necesidad de analizar sistemáticamente cómo el equipo se posiciona frente a árbitros cuyos antecedentes sugieren patrones específicos de conducción. Tercero, la acumulación de estas expulsiones en Brasil plantea interrogantes sobre si existe algún factor estructural o contextual que explique esta concentración geográfica de sanciones.

El equipo deberá llevar adelante sus próximos compromisos de manera equilibrada, consciente de que los árbitros y sus criterios seguirán siendo parte del fútbol competitivo, pero también considerando que la disciplina y el control son factores que los jugadores pueden y deben dominar. La responsabilidad se distribuye entre múltiples actores: la arbitraje que ejerce su autoridad, el equipo que debe adaptarse a diferentes contextos normativos, y los futbolistas que en el calor de la competencia deben tomar decisiones conscientes respecto a hasta dónde pueden llevar su intensidad sin cruzar límites que resulten en sanciones que debiliten al equipo. Bareiro ha hablado, ha reconocido su error, y ahora corresponde ver si esa reflexión se traduce en cambios prácticos cuando vuelva a tener la oportunidad de disputar un encuentro con los colores azul y oro.