Hay momentos en el deporte donde la resistencia física se convierte en resistencia emocional, donde un cuerpo agotado sigue adelante porque la mente se niega a rendirse. El pasado 30 de mayo, dentro de la cancha Simonne-Mathieu del torneo parisino, sucedió exactamente eso: Matteo Berrettini sobrevivió a una batalla de cinco horas y trece minutos contra Francisco Comesaña, el tenista argentino que parecía destinado a sacarlo del torneo. Lo que comenzó como otro capítulo más en la larga saga de adversidades del italiano terminó siendo una historia de resurrección deportiva que, en contexto, adquiere dimensiones profundas sobre la persistencia y la voluntad.

El marcador final fue 7-6 (3), 5-7, 6-7 (4), 6-4, 7-6 (13), un registro que solo los números pueden explicar: trescientos ochenta y nueve puntos jugados, veinte aces por cada competidor, setenta ganadores y ochenta errores no forzados del lado de Berrettini. Pero las cifras son apenas la carcasa de lo que realmente ocurrió en esa cancha. Lo que pasó fue que un hombre que hace cuatro años no podía pisar Roland Garros por una cadena interminable de lesiones regresaba a los dieciséis mejores, y lo hacía de la manera más dramática posible: yendo al quinto set, cayendo en desventaja de dos sets a uno, enfrentando punto de partido en al menos cuatro oportunidades, y saliendo vivo del otro lado gracias a que su rival cometió errores en momentos cruciales.

La odisea de un regreso improbable

Berrettini, de treinta años, ocupa actualmente el puesto ciento cinco en el ranking mundial. Semejante caída resulta incomprensible si no se entiende de dónde viene. Hace menos de una década, este tipo era considerado un candidato legítimo a ganar un torneo de Grand Slam. Ganador de títulos en la ATP, con una potencia de saque que promediaba ciento veintiséis millas por hora incluso después de más de cinco horas de juego, tenía todo lo necesario para ocupar un lugar en la élite mundial. Lo que sucedió después fue una cascada de fracturas, esguinces, desgarros y problemas físicos que parecían diseñados específicamente para apartarlo de las canchas. Una lesión en el abdomen aquí, un problema en el tobillo allá, complicaciones en la mano, traumas en el pie: Berrettini se convirtió en un ejemplo casi caricaturesco de la fragilidad del cuerpo atlético en el deporte profesional.

Su última aparición en Roland Garros había sido en 2021, cuando llegó a cuartos de final. Luego vinieron cuatro años de ausencia. Cuatro años es una eternidad en el tenis: es la edad de una generación completa de tenistas que pueden nacer, crecer y debutar en el circuito profesional. Durante ese tiempo, Berrettini desapareció del radar, lidiando con procedimientos médicos, sesiones de recuperación, entrenamientos truncados y la inevitable angustia mental que acompaña a cualquier atleta que ve cómo su cuerpo lo traiciona una y otra vez. Volver a este torneo, en estas circunstancias, ya habría sido un logro en sí mismo. Pero llegar y jugar como lo hizo fue algo diferente.

El duelo con Comesaña: técnica contra espíritu

Francisco Comesaña, el rival argentino, jugó lo que podría describirse como un partido de película. El mismo Berrettini reconoció la magnitud de lo que vio enfrente: Comesaña erró apenas dos bolas en cinco horas de competencia, una cantidad casi sobrenatural en un deporte donde los errores no forzados son moneda corriente incluso entre los mejores. Esto da una dimensión aún más dramática a lo que sucedió en los momentos finales: el argentino, con una consistencia casi robótica, se vio en posición de cerrar el partido en múltiples ocasiones y no pudo. En el quinto set, jugado bajo un calor sofocante parisino, ambos competidores llegaron al tiebreaker definitivo que se extendió hasta trece puntos: 13-11 para Berrettini.

En uno de esos momentos críticos, con el italiano nuevamente contra la pared enfrentando punto de partido, Comesaña tuvo su oportunidad de dominancia. Corrió hacia su derecha para ejecutar lo que debería haber sido un golpe ganador, un ataque decisivo. Pero el golpe se fue apenas fuera de la línea. Poco después, Berrettini alcanzó su quinto punto de partido. Nuevamente, en la volatilidad de esos segundos cruciales, el italiano tambaleo: ejecutó un revés que salió disparado hacia el cielo como si la raqueta fuera un catapulta improvisada. El tiro debería haber sido un regalo para Comesaña. Pero nuevamente, el margen fue cuestión de centímetros: la bola pasó apenas fuera del campo de juego. Fue en ese momento cuando el público en la cancha exhaló colectivamente, liberando cinco horas de tensión acumulada en un suspiro.

La lección de supervivencia en el deporte de élite

Lo más notable de todo esto es cómo Berrettini procesó lo ocurrido posteriormente. No se jactó, no celebró como si hubiera ganado el torneo. En cambio, ofreció una perspectiva que revela algo esencial sobre la mentalidad deportiva en su forma más pura. Dijo que se había repetido a sí mismo durante toda la contienda que merecía estar allí, que incluso si perdía, habría sido una batalla gloriosa digna de gratitud. Esto no es retórica de derrota: es la mentalidad de alguien que ha pasado cuatro años fuera de competencia, que ha invertido incontables horas en rehabilitación y recuperación, y que simplemente estar en condiciones de jugar partidos de esta magnitud representaba una victoria existencial.

Su declaración posterior refleja esta realidad: "Estoy tan feliz, tan cansado. Agradecido con este equipo increíble, esta multitud insuperable, bajo el calor, bajo el sol, dos sets en contra, peleamos juntos este partido". Aquí hay algo más que una declaración pospartido deportiva. Hay una lectura de la prioridades que cambió durante aquellos cuatro años lejos de las canchas. El título no es lo más importante. La salud sí. La capacidad de competir sin que el cuerpo falle sí. Berrettini expresó: "Extrañaba jugar este tipo de partidos y disfrutar este tipo de partidos. Estoy realmente orgulloso del trabajo que hice para volver y sentirme bien nuevamente".

Ahora bien, con la salida de su compatriota italiano Jannik Sinner del torneo, el panorama que se abre ante Berrettini presenta posibilidades insospechadas hace apenas una semana. Un camino potencial hacia una final de Grand Slam no es descabellado. Su ranking ascenderá significativamente tras esta victoria, y su regreso al circuito de élite será noticia en el mundo del tenis. Lo que suceda en las próximas rondas dependerá de factores variables: la forma de sus rivales, el desgaste acumulado de un cuerpo que acaba de soportar cinco horas bajo presión extrema, y la inevitable presión psicológica que acompaña a tener un objetivo tangibl adelante. Algunos analistas verán en este resultado una bocanada de aire fresco para el tenis italiano; otros lo interpretarán como un logro importante pero aislado hasta que Berrettini demuestre que puede mantener este nivel durante más de un torneo. Lo que es innegable es que la narrativa del regreso tiene fuerza narrativa y emocional en un deporte que, con frecuencia, recompensa solo a los ganadores y olvida rápidamente a quienes caen en el camino.