Hay destinos que vuelven una y otra vez, como si la historia tuviera memoria propia. Belo Horizonte es uno de esos lugares para Boca Juniors: la ciudad que en 2023 fue escenario de una eliminación dolorosa en la Copa Sudamericana —ante Cruzeiro, por penales— vuelve a aparecer en el calendario xeneize, pero esta vez con otro estado de ánimo, otro contexto y, sobre todo, con una oportunidad concreta de marcar territorio en el certamen continental más importante de Sudamérica. El conjunto dirigido por Claudio Ubeda aterrizó este lunes en suelo mineiro como único puntero de su grupo en la Copa Libertadores, con seis unidades cosechadas en dos presentaciones. Lo que esté en juego este martes no es un trámite: es la posibilidad de dar un paso casi definitivo hacia los octavos de final.

El vuelo, la llegada y el gesto que no pasó desapercibido

La delegación xeneize se movilizó desde Ezeiza cerca de las 16 horas del lunes, embarcando en un vuelo directo hacia la capital del estado de Minas Gerais. Dos horas después, pasadas las 18, el avión tocó tierra brasileña. Desde el aeropuerto, el plantel se trasladó directamente al hotel Ouro Minas, donde se concentrará hasta el momento de medirse ante Cruzeiro por la tercera fecha del Grupo D de la Copa Libertadores. El partido está pautado para el martes a las 21:30 horas, y el escenario será el icónico Mineirão, estadio que ha sido sede de instancias históricas del fútbol brasileño e internacional, incluyendo la Copa del Mundo de 2014, donde fue palco de la recordada goleada de Alemania sobre el local.

A la llegada al hotel, la imagen que muchos esperaban fue la de Leandro Paredes. El volante de Boca no esquivó a los hinchas que aguardaban en la puerta del establecimiento y se tomó el tiempo necesario para acercarse, intercambiar palabras, firmar camisetas y sacarse fotografías. No fue un gesto protocolar: fue la actitud de alguien que comprende el peso emocional que tiene este tipo de viajes para el hincha que viaja desde Argentina o que reside en Brasil y se organiza durante semanas para estar presente. En ese contexto, el detalle de Paredes habló más que cualquier declaración de prensa.

Cerrando la comitiva, como viene siendo una constante desde que asumió la conducción del club, bajó Juan Román Riquelme. El presidente del club ha convertido en rutina su presencia en las visitas de la institución como visitante, algo que los propios jugadores reconocen como un respaldo institucional concreto. Su figura no pasa inadvertida en ningún aeropuerto ni en ningún hotel de América del Sur: Riquelme sigue siendo una de las personalidades más reconocibles del fútbol continental, y su presencia en este viaje refuerza la idea de que el club toma este partido con la máxima seriedad.

Un regreso con deuda pendiente y hambre de revancha

El antecedente más reciente de Boca en Belo Horizonte dejó un sabor amargo. Fue en la edición 2023 de la Copa Sudamericana, durante la gestión de Diego Martínez en el banco. Aquella eliminación por penales ante el mismo Cruzeiro interrumpió una campaña que había generado expectativas genuinas y dejó trunco lo que podría haber sido una racha histórica del Xeneize en tierras brasileñas. El fútbol argentino en Brasil tiene una relación particular: históricamente, los equipos del país han encontrado en las canchas brasileñas terrenos exigentes, pero Boca en particular construyó a lo largo de las décadas un registro favorable que ese resultado deterioró. Volver al mismo estadio, ante el mismo rival, en la misma ciudad, tiene entonces una carga simbólica difícil de ignorar.

Pero el presente es diferente. El equipo que conduce Ubeda llega en un momento de solidez dentro del grupo: seis puntos de seis posibles, sin goles en contra según el desarrollo de la fase, y con la confianza que da haber resuelto los primeros compromisos sin sobresaltos. Una victoria este martes pondría a Boca en una posición casi inexpugnable dentro del Grupo D, acercándolo de manera significativa a la clasificación a los octavos de final, instancia que el club lleva varios años intentando superar con distintas fórmulas tácticas y diferentes conducciones técnicas. La Copa Libertadores sigue siendo la deuda más visible del ciclo reciente.

Vale recordar que el Mineirão no ha sido un estadio amable para todos los visitantes argentinos. El famoso "Mineirazo" del Mundial 2014 quedó grabado en la memoria colectiva del fútbol, aunque por razones ajenas al plano local. Para Boca, el estadio tiene su propia historia: enfrentamientos ante Atlético Mineiro en 2021 que derivaron en episodios de tensión extradeportiva y que marcaron ese ciclo con una mancha difícil de borrar. Este regreso, en cambio, se presenta en un clima distinto, más ordenado, y con el foco puesto exclusivamente en lo futbolístico.

El peso del momento y las variables del partido

Cruzeiro no es un rival menor. El club de Belo Horizonte tiene historia propia en el continente —fue campeón de la Libertadores en 1976 y 1997— y en su estadio de local despliega una presión ambiental que pocos equipos extranjeros logran neutralizar sin esfuerzo. La expectativa es que el Mineirão registre una concurrencia importante, aunque desde el lado xeneize se estima que alrededor de 2.000 hinchas argentinos estarán presentes en las tribunas, la mayoría de los cuales llegarán recién el martes durante el transcurso del día. Esa presencia, aunque minoritaria dentro del estadio, suele funcionar como un estímulo adicional para los jugadores en situaciones de tensión.

Las posibles consecuencias de este partido son múltiples y ninguna es menor. Si Boca se impone, prácticamente sella su lugar entre los mejores ocho de la Copa Libertadores y puede administrar los encuentros restantes de la fase de grupos con mayor margen. Si empata, mantiene el liderato pero deja abierta la competencia hasta las últimas fechas. Y si pierde, el panorama se complica de manera sensible, obligando a sumar en los compromisos que restan con menos margen de error. Desde una perspectiva futbolística, el resultado también incidirá en la dinámica interna del equipo: una victoria en Brasil, ante un rival histórico y en un contexto cargado de simbolismo, puede operar como catalizador de confianza para lo que se viene. Una caída, en cambio, reabriría debates sobre el rumbo del proceso. Los 90 minutos del martes dirán más de lo que cualquier análisis previo puede anticipar.