La victoria llegó, pero incompleta. En la Bombonera resonó el grito de gol ante Lanús, los tres puntos se aseguraron y Boca volvió a meterse entre los ocho mejores de su zona en la tabla anual. Sin embargo, por los pasillos del estadio de La Boca circulaba una incertidumbre que ningún marcador puede ocultar: la ausencia de Tomás Aranda transformará los próximos compromisos en un verdadero ejercicio de improvisación táctica. No se trata de cualquier futbolista. El extremo de 19 años había logrado lo que pocos logran a esa edad en un club de la magnitud de Boca: ganarse un lugar indiscutible entre los titulares y cargar con la responsabilidad de la camiseta número 10. La fractura de peroné en la pierna derecha que lo sacó de escena es más que una contrariedad pasajera; representa un quiebre en los planes ofensivos del equipo durante las próximas semanas.

Una pieza clave en el sistema ofensivo

Cuando Arruabarrena asumió el mando técnico en Boca, uno de sus descubrimientos más relevantes fue precisamente el joven Aranda. No era un nombre más en la alineación, ni tampoco un experimental al que se le daba minutos para acumular experiencia. El extremo se había transformado en un engranaje esencial del mecanismo ofensivo: rápido, con capacidad para generar espacios y aportar esa pausa que los ataques azul y oro necesitaban para ser efectivos. Su capacidad para desbordarse por la banda, combinada con una lectura del juego poco común en futbolistas de su edad, le permitió ganarse no solamente la confianza del cuerpo técnico sino también la de sus compañeros. En las últimas actuaciones previas a su lesión, Aranda había mostrado una progresión evidente, consolidando su rol como uno de los puntos altos del ciclo que comenzaba a estructurarse.

Lo que sucedió en el partido contra el equipo de Lanús evidenció justamente esa relevancia. Durante buena parte del primer tiempo, cuando Aranda aún estaba en el campo, Boca generaba combinaciones que fluían con cierta naturalidad ofensiva. El sistema 4-2-3-1 que Arruabarrena había diseñado para potenciar el ataque funcionaba porque contaba con un extremo que multiplicaba las opciones. Sin embargo, apenas se confirmó la lesión del joven, el equipo debió reinventarse sobre la marcha, buscando alternativas que no tenía completamente asimiladas.

El rompecabezas táctico que espera al técnico

Tras el pitazo final, Arruabarrena no se permitió demorarse en especulaciones. Fue directo a explicitar el desafío que se avecinaba: distribuir entre dos o tres futbolistas las cualidades que Aranda entregaba en forma concentrada. Esa declaración contenía una verdad incómoda: no existe un reemplazo directo. El trabajo que tendrá por delante no será simplemente elegir a un futbolista que ocupe el mismo espacio en el campo. Será, más bien, un proceso de reconstrucción donde el técnico deberá modificar roles, ajustar funciones y, posiblemente, alterar el dibujo táctico que apenas comenzaba a tomar forma. Durante el mismo encuentro ante Lanús, Arruabarrena ya comenzó a experimentar. Alan Velasco intentó ocupar el rol que dejaba vacío Aranda, pero su rendimiento no alcanzó los estándares requeridos y terminó siendo reemplazado. Luego, con Villa en el campo, el equipo transitó hacia un esquema 4-3-3 con dos extremos, buscando amplitud y alternativas por los flancos.

Este cambio de configuración durante el partido no fue casualidad. Arruabarrena evaluaba opciones, probaba variantes, intentaba encontrar una respuesta que minimizara el impacto de la ausencia. Sin embargo, el desafío trasciende lo meramente táctico. La salida de Aranda obliga al técnico a replantearse no solo quién juega, sino cómo juega Boca. Las funciones que cada futbolista debe cumplir dentro del sistema cambian cuando falta una pieza tan específica. Los volantes tendrán que asumir diferentes responsabilidades defensivas, los delanteros deberán buscar otros espacios, los laterales quizás necesiten mayor protagonismo ofensivo. Todo el engranaje requiere ajustes.

En ese rompecabezas complejo aparece también Leandro Paredes. El capitán regresó tras 13 días de ausencia, ingresó en el segundo tiempo y, pese al cuidado lógico que debe rodear su reinserción tras una lesión, aportó una dosis de calidad futbolística que Arruabarrena valora profundamente. El técnico mismo lo reconoció al analizar la jugada del gol: mencionó que el juego más elaborado puede venir de Paredes y que la anotación surgió de una triangulación donde el mediocampista fue protagonista. Esto plantea un interrogante: ¿puede Paredes ser la respuesta a algunas de las complejidades que deja la ausencia de Aranda? ¿Su vuelo ofensivo puede complementar un nuevo esquema? Las respuestas a estos cuestionamientos definirán en gran medida la estructura que Boca presentará en las próximas semanas.

El inicio de un camino difícil para Aranda

Mientras el equipo navega la incertidumbre, Aranda enfrenta su propia batalla. Fue sometido a una operación que resultó exitosa y recibió el alta médica, lo que representa una noticia positiva en lo inmediato. Sin embargo, lo que lo espera es una recuperación extensa, un proceso que requiere paciencia, disciplina y trabajo constante en los entrenamientos de recuperación. Para un futbolista de 19 años que apenas estaba afianzando su lugar en un club grande, esta lesión llega en un momento particularmente delicado. Es la clase de contratiempo que puede afectar la confianza, la continuidad en su desarrollo y, potencialmente, la trayectoria que estaba construyendo.

Luego del triunfo 1-0 ante Lanús, Arruabarrena hizo un gesto que revelaba su apreciación por el joven: dedicó públicamente la victoria a Aranda. No fue un comentario al pasar, sino una mención explícita que ubicaba al juvenil en el contexto del partido. Simultáneamente, el técnico fue autocrítico, reconociendo que su equipo no había jugado con la finura que él esperaba. Con esa victoria, Boca alcanzó 40 puntos en la tabla anual y se acomodó en la tercera posición, a dos unidades de Argentinos e Independiente Rivadavia. La inactividad ofensiva que Arruabarrena señaló cobró sentido: sin Aranda, sin su rapidez y su capacidad de generar espacios, el equipo tuvo que recurrir a la efectividad sin necesariamente lucir en el camino.

Los próximos compromisos de Boca serán una prueba de fuego para la capacidad adaptativa de Arruabarrena. El técnico debe resolver cómo mantener la competitividad sin la presencia de una de sus piezas más dinámicas. La alternancia entre sistemas, la distribución de funciones entre múltiples futbolistas, el aprovechamiento del retorno de Paredes y la búsqueda de nuevos protagonistas ofensivos conforman un entramado complejo que deberá desentrañar semana tras semana. Mientras tanto, Aranda iniciará su camino de rehabilitación con la esperanza de volver a una versión mejorada de sí mismo, aunque nadie puede garantizar cuándo estará en condiciones de disputar partidos. Para Boca, la pregunta que flota es si conseguirá mantener el ritmo competitivo durante su ausencia o si la falta de este extremo dinamitará los planes que apenas comenzaban a solidificarse en este ciclo.