A mediados de 2026, cuando la Argentina buscaba procesar la inesperada eliminación de Uruguay en la fase de grupos de un certamen mundial, River Plate ejecutaba uno de los movimientos más ambiciosos de su ventana de transferencias. La dirigencia millonaria invertía aproximadamente diez millones de dólares para contratar dos delanteros con experiencia comprobada: Lucas Beltrán y Rafael Borré llegaban con la misión de resolver una falencia que se había vuelto estructural en el equipo. Sin embargo, varios meses después, esa operación que fue promocionada como una solución definitiva se ve sometida a un cuestionamiento silencioso pero persistente. Los números, los minutos en cancha y el desempeño concreto pintaban un escenario completamente distinto al que imaginaron quienes negociaron los pases.
El contexto que justificó ambas incorporaciones era innegable. Sebastián Driussi, el centrodelantero que había sostenido la ofensiva riverplatense durante años, pasó por un bache preocupante en la primera etapa de la temporada: una lesión muscular en el gemelo derecho lo apartó de la competencia durante un período extendido, acumulando nada menos que doce encuentros sin poder estar disponible. Durante esa ausencia obligada, el equipo entrenado por Coudet debió ingeniar soluciones improvisadas. Maximiliano Salas fue forzado a ocupar una posición que no era la suya, mientras que Jonathan Spiff, una promesa juvenil del club, hasta tuvo su oportunidad para participar en encuentros de relevancia. La realidad sobre el terreno de juego fue despiadada: River no logró generar una alternativa confiable en ataque. Cinco derrotas, un empate y apenas una victoria componían el balance de ese lapso crítico. Esa secuencia negativa encendió todas las alarmas en la dirigencia.
La apuesta del mercado: dos nombres para un puesto
Beltrán representaba un tipo de perfil: joven, en su apogeo competitivo y procedente del fútbol europeo, aunque con un paso que no había dejado grandes laureles. Había sido figura destacada en la campaña que le permitió a River conquistar una liga doméstica en 2023, demostrando que poseía cualidades ofensivas de nivel. Su regreso llevaba el respaldo de quienes lo habían visto brillar en la cancha de Núñez. Por su parte, Borré traía un nombre que sonaba fuerte entre los hinchas: había sido identificado como un delantero funcional, alguien capaz de resolver partidos y que, en sus mejores días, había dejado momentos memorables luciendo una camiseta millonaria. La inversión combinada en ambos parecía blindar la posición durante años.
No obstante, cuando los entrenamientos comenzaron y la competencia retomó su ritmo, la realidad se encargó de hacer tambalear esa seguridad. En los primeros siete encuentros en los que Driussi estuvo fuera de acción, Beltrán y Borré alternaron en la responsabilidad de ocupar el rol de delantero titular. El colombiano acumuló cuatrocientos un minutos distribuidos en esos encuentros, pero su producción resultó desoladora: apenas un gol, anotado de rebote, sin que pudiera generar situaciones de peligro que justificaran su presencia. La falta de ritmo competitivo era evidente; Beltrán, que llegaba de vacaciones, debía completar una preparación física específica al regreso de Alicante, lo que se traduce en un futbolista que intenta recuperar sensaciones perdidas. Ambos mostraban desconexión con el juego, como si estuvieran buscando una sincronización que no llegaba. El equipo sufrió en esa etapa, reflejando la inseguridad que transmitían sus atacantes.
El gesto que lo cambió todo
Borré vivió un episodio particularmente angustioso que resumió su travesía inicial en el torneo doméstico. Tuvo la posibilidad de ejecutar un penal en un encuentro de corte internacional que podía significar la continuidad en una copa sudamericana, pero desperdició esa oportunidad. La acción quedó grabada en la memoria colectiva como un símbolo de esa irregularidad que lo perseguía. Ante la imposibilidad de los recién llegados de resolver la situación, el cuerpo técnico optó por una decisión que parecía lógica pero que también implicaba un reconocimiento implícito: apenas Driussi estuvo en condiciones, fue reintegrado a la alineación. Primero con minutos acotados en un empate contra Vélez, luego como titular en una revancha crucial contra los colombianos. Lo que sucedió a partir de ese momento fue una demostración de por qué el punta capitalino seguía siendo insustituible.
El delantero anotó en ambas oportunidades, confirmando lo que muchos querían negar: el olfato goleador que lo caracteriza no había desaparecido. Un tanto adicional contra Banfield sellaba un regreso que se perfilaba como triunfal, relegando a sus competidores a un plano secundario. Los números hablan por sí solos y no admiten interpretaciones ambiguas. En lo que va de 2026, Driussi acumula nueve goles en mil quinientos ocho minutos repartidos a lo largo de veintitrés encuentros, lo que proyecta un promedio de un tanto cada ciento sesenta y siete minutos. Aunque parezca una cifra menor, representa una mejora respecto a la temporada anterior, cuando anotó diez veces en dos mil ciento catorce minutos, es decir, un promedio de un gol cada doscientos once minutos. La tendencia, lejos de mostrar un declive, indica un atacante que refina su eficacia.
Mientras el panorama se desplegaba con claridad, Beltrán y Borré encaraban una realidad incómoda: no solo habían fracasado en captar la responsabilidad principal durante la ausencia de Driussi, sino que además debían conformarse con roles subordinados en la estructura ofensiva. La promesa de una competencia interna que eleve el nivel del equipo quedó reducida a una jerarquía definida. El colombiano y el oriundo de Santa Fe no desaparecerán del sistema táctico del equipo, pero sus perspectivas de participación se limitarán a momentos específicos, relevos cuando el juego lo requiera o partidos menos demandantes. La ecuación que parecía resuelta en el escritorio de la dirigencia demostró ser más compleja cuando se trasladó al terreno de juego, donde el talento, la continuidad y el instinto goleador son monedas que no todos poseen en igual medida.
Las implicancias de esta situación trascienden lo puramente deportivo. Por un lado, existe una lectura que sugiere que la dirigencia fue prematura en sus conclusiones sobre Driussi y que, inversamente, subestimó la dificultad de replicar su rendimiento en otros futbolistas. Por otro, es posible argumentar que contar con alternativas de nivel representa un seguro valioso ante futuras lesiones, evitando que el equipo vuelva a depender de improvisaciones. También cabe considerar que Beltrán y Borré requieren mayor tiempo para adaptarse, aclimatarse al fútbol local después de sus respectivos periplos externos y recuperar la confianza que temporadas anteriores les arrebataron. Lo cierto es que la próxima etapa de la temporada determinará si esta estructura ofensiva logra consolidarse como una fortaleza competitiva genuina o si, por el contrario, las limitaciones que hoy exhiben Borré y Beltrán terminarán siendo un cuello de botella en los objetivos que River persigue en las competencias que aún restan disputarse.



