La cicatriz permanece abierta cada veintitrés de junio. No porque el tiempo se detenga en esa fecha, sino porque la institución azul y oro ha decidido, conscientemente, mantener viva la llama de un recuerdo que estuvo condenado al silencio durante demasiados años. Este martes, cuando se cumplieron 58 años del colapso humano que devastó la Puerta 12, Boca volvió a hacer lo que se ha convertido en su obligación moral: nombrar a los 71 hinchas xeneizes que no regresaron a sus casas después de ver un partido contra River. El acto de recordar, en este caso, no es un gesto nostálgico sino un acto de justicia simbólica frente a una catástrofe que durante décadas fue sepultada bajo capas de negligencia institucional e indiferencia.
Cuando el silencio fue cómplice del olvido
La tarde del 23 de junio de 1968 quedó grabada en la historia del deporte argentino de una manera que ninguna victoria o hazaña deportiva podría equiparar. El partido terminó sin goles, un empate blanco en el campo de juego que contrastaba brutalmente con lo que sucedería minutos después en los accesos del Monumental. Lo que ocurrió en aquella salida del estadio ubicado en el barrio de Núñez fue un mecanismo de muerte cuyas circunstancias exactas —si la puerta estuvo cerrada, si los molinetes fallaron, si hubo un colapso progresivo o un evento puntual que detone todo— nunca fueron completamente esclarecidas. Lo que sí se sabe es que miles de personas convergieron hacia una zona de egreso que no tuvo la capacidad de albergarlos, generando una compresión humana de proporciones catastróficas. Los cuerpos se apilaron unos sobre otros. El aplastamiento fue el mecanismo letal. Decenas murieron sin que nadie supiera exactamente por qué estaban allí, cómo llegaron a esa situación y quién debería responder por ello.
Durante años, ambos clubes enfrentados en aquel superclásico prefirieron no mirar hacia atrás. El silencio institucional fue casi total. Los homenajes públicos brillaban por su ausencia. En una Argentina que cargaba con sus propias tragedias políticas y sociales, la muerte de setenta y un hinchas en un estadio quedó relegada a un rincón de la memoria colectiva, tratada como un accidente lamentable pero inevitable, como si la masacre fuera un riesgo intrínseco del fútbol en lugar de una falla de los sistemas de seguridad, la planificación y, en última instancia, la responsabilidad institucional.
El giro hacia la reparación simbólica
El quiebre en esa pauta de silencio llegó más de cinco décadas después, cuando la sociedad argentina comenzó a procesar de manera más profunda sus traumas colectivos. En 2021, Boca tomó una decisión que marcó un punto de inflexión: colocó una placa con los nombres de las víctimas en el hall central de la Bombonera, transformando un espacio del club en un monumento viviente. Ese mismo año, no por casualidad, la institución declaró mediante su Asamblea de Representantes que el 23 de junio sería un día de duelo oficial en el club. El Monumental, por su parte, realizó un gesto paralelo: también instaló un homenaje en el sector de acceso conocido ahora como Puerta M, rebautizado precisamente para distanciarse del nombre que carga el peso del dolor.
Estos actos de reconocimiento público representan algo más profundo que ceremonias conmemorativas. Significan la decisión de una institución de asumir, aunque sea tardíamente, que sus responsabilidades incluyen la memoria de quienes sufrieron en su cancha. Cada año que pasa, cuando Boca publica en sus redes sociales el mensaje —como lo hizo este martes con una imagen de aquella puerta y las palabras "El recuerdo eterno a los 71 hinchas xeneizes que perdieron la vida tras un Superclásico en el Monumental. Hoy, a 58 años de la Tragedia de Puerta 12: ¡Siempre presentes!"—, está realizando una tarea que debería haber comenzado décadas atrás: devolver nombres a las víctimas, transformar cifras en rostros, convertir el silencio en narrativa.
Lo que ocurrió en aquella tarde de invierno trasciende el ámbito deportivo. La Puerta 12 se convirtió en un símbolo de cómo las instituciones pueden fallar en su deber de proteger a quienes las frecuentan. No se trató de un acto de violencia deliberada entre personas, sino de un fallo sistémico: una estructura de acceso que no fue dimensionada correctamente, mecanismos de cierre que no funcionaron como debían, la ausencia de protocolos de seguridad adecuados, y posiblemente una cultura institucional que priorizaba la economía de recursos sobre la vida humana. El aplastamiento fue la consecuencia física de decisiones tomadas en oficinas, en mesas de directivos, en actos de negligencia que nunca tuvieron rostro.
El valor de nombrar y recordar en tiempos de desmemoria
En una era donde los eventos se suceden vertiginosamente y donde la atención pública se dispersa constantemente hacia nuevas tragedias y escándalos, mantener viva la memoria de los setenta y uno requiere un esfuerzo consciente. Boca lo ha entendido así. Cada veintitrés de junio, cuando la institución realiza sus actos conmemorativos, está haciendo un acto de resistencia contra el olvido programado. Está diciendo que esas vidas importan, que sus muertes no fueron un accidente aceptable, que la seguridad en los estadios no es un lujo sino un derecho fundamental. La placa en la Bombonera, el renombramiento de la puerta, la declaración de duelo oficial: todos estos gestos son piedras de construcción de una narrativa alternativa a la del silencio.
Históricamente, Argentina ha conocido otras tragedias masivas en espacios públicos. La explosión de la Puerta 12 ocurre en un país que también vivió el incendio del circo Flores en 1896, que cobró más de cien vidas. Sucede en una nación que conoce el significado de la pérdida colectiva. Sin embargo, el fútbol en Argentina posee una característica particular: es el espacio donde convergen millones de personas, donde se concentran emociones intensas, donde la pasión y la identidad se entrelazan de manera única. Por eso, cuando algo falla en un estadio, no falla simplemente un edificio sino un tejido social. La Puerta 12 es, en ese sentido, una herida nacional que aún no ha cicatrizado completamente porque nunca hubo un proceso de sanación integral que incluyera responsabilidades claramente asignadas y castigos proporcionales.
Los actos de conmemoración que Boca realiza anualmente funcionan como un contrapeso a esa ausencia de justicia formal. Si bien no pueden deshacer lo ocurrido ni devolver la vida a quienes murieron, sí establecen un registro público, un acta de que esas muertes fueron reales, que importan, que la institución reconoce su conexión con lo sucedido. Esto tiene un valor que va más allá de lo ceremonial: es la afirmación de que la memoria colectiva es patrimonio de una sociedad, y que las instituciones tienen la responsabilidad de custodiarla.
Implicancias presentes y futuras de mantener la memoria activa
La persistencia de Boca en recordar públicamente la Puerta 12 genera efectos en cascada. En primer lugar, establece un estándar para otras instituciones deportivas sobre cómo deben proceder ante tragedias similares. En segundo término, mantiene en la esfera pública una conversación sobre seguridad en estadios que, de otro modo, podría quedar dormida. En tercer lugar, brinda a las familias de las víctimas un reconocimiento institucional que durante décadas les fue negado, lo cual tiene implicancias psicológicas y sociales profundas para el procesamiento del trauma colectivo.
Sin embargo, también es relevante señalar que los actos de memoria pueden coexistir con la ausencia de transformaciones materiales. La pregunta que permanece abierta es si el reconocimiento simbólico debe acompañarse necesariamente de investigaciones históricas más exhaustivas, de procesos que determinen responsabilidades individuales e institucionales concretas, de cambios regulatorios que garanticen que un evento similar no vuelva a ocurrir. Diferentes perspectivas pueden coexistir sobre este punto: algunos considerarán que el recuerdo anual es suficiente reparación simbólica; otros argumentarán que sin justicia material, la memoria queda incompleta. Lo que sí es indiscutible es que, a 58 años del evento, la institución azul y oro ha elegido una ruta diferente a la del silencio, y esa elección tiene consecuencias que trascienden lo deportivo, impactando en cómo Argentina procesa sus traumas colectivos y cómo las instituciones asumen su responsabilidad sobre las vidas que transcurren en sus espacios.



