Cuando la derrota duele, la tendencia es buscar culpables. Y cuando una derrota es de las que dejan marca —tres goles en contra, línea defensiva desmantelada, partido donde poco o nada funcionó— ese impulso se multiplica. Así llegó a Álvaro Montero una avalancha de críticas tras el encontronazo entre Boca y Riestra, donde el equipo azul y oro no encontró respuestas y el arquero colombiano quedó expuesto a cada una de las jugadas que concluyeron en tanto. Sin embargo, en medio de esa tormenta de reproches, una voz con autoridad histórica decidió intervenir. Óscar Córdoba, quien años atrás había sido el gestor de la llegada de Montero al club, optó por defender a su compatriota. No con ingenuidad, sino con un análisis pormenorizado de lo que sucedió en el Guillermo Laza. Una postura que genera debate entre quienes creen que los errores deben señalarse sin dilaciones y quienes apuestan por sostener a los jugadores en sus momentos más oscuros.

La defensa con peso histórico

A los 56 años, Córdoba sigue siendo una referencia ineludible cuando de arquería se trata en Boca. Su trayectoria en el club le confiere autoridad moral para hablar sobre la exigencia que representa defender el arco azul y oro. Por eso, cuando decidió salir públicamente a respaldar a Montero, sus palabras tomaron dimensiones que van más allá de una simple opinión de cancha. Durante su intervención en un medio especializado, el histórico guardameta fue categórico: el colombiano de 31 años que enfrenta el peor momento desde su arribo a la Argentina no debería ser "decapitado" por una tarde fallida, por más que en ella haya tenido responsabilidad clara en cada uno de los tantos recibidos.

Lo interesante de la postura de Córdoba radica en que no buscó minimizar los errores, sino contextualizarlos. Fue más allá del simple "dale, vamos" que muchas veces rodea a los futbolistas en crisis. Su aproximación incluyó un desglose técnico de cada acción, evidenciando que conoce a fondo tanto la posición como las complejidades del rol. Montero, al llegar a Boca en 2020, había dejado clara su admiración por el legado del actual analista. En su presentación, el guardameta expresó que esperaba poder replicar aunque sea una fracción de lo que Córdoba había conseguido en el club. Ahora, años después, recibía el respaldo de esa misma persona en uno de sus momentos más complejos.

Anatomía de los errores, visto desde la experiencia

Córdoba no se conformó con ofrecer palabras de aliento genéricas. En cambio, desgranó cada uno de los tres goles como si se tratara de una clase magistral sobre lo que puede salir mal en el área defensiva. Sobre la primera conquista de Riestra, explicó que hubo una falla colectiva de comunicación. La pelota avanzó hacia zonas peligrosas y nadie en la defensa tomó la iniciativa de cortar el juego en su génesis. Fue una cadena de omisiones que terminó en gol, pero donde el arquero enfrentó una situación que podría haberse evitado líneas atrás.

El segundo tanto presentó características similares, según el análisis del exarquero. Una maniobra doble, una falta de reacción combinada de varias líneas defensivas, y al final Montero en una posición comprometida intentando resolver algo que debería haber sido resuelto previamente. Pero fue el tercero el que generó las observaciones más profundas. Un rival que recorrió 70 metros desde su zona defensiva, llegó al área, y ejecutó un globo que sorprendió al guardameta. Aquí Córdoba identificó que Montero, posiblemente movido por la urgencia de hacer algo diferente, adelantó sus pasos más de lo necesario. Confiando en su estatura, intentó cortar la trayectoria con un manotazo que no encontró la pelota donde esperaba.

Estas descripciones, precisas y casi cinematográficas, revelan algo crucial: Córdoba entiende que los errores en la portería nunca son simples. Son combinaciones de factores, decisiones en fracciones de segundo, y contextos que rodean la jugada. Su análisis no buscaba exculpar a Montero, sino explicar que detrás de cada gol recibido hay más capas de lo que refleja un marcador final.

La paciencia como herramienta táctica

Quizá el mensaje más relevante de Córdoba fue el que implicaba un llamado a la paciencia. En un contexto donde la presión sobre los futbolistas crece exponencialmente con cada derrota, especialmente en un club de la magnitud de Boca, mantener la calma no es una postura inocente. Es casi un acto de rebeldía. El análisis de Córdoba incluía referencias a la trayectoria previa de Montero: su paso por Vélez, donde ya había enfrentado y superado momentos complejos, sus antecedentes como integrante de selecciones nacionales. Todo esto sugería que ante él no estaba un principiante inexplicablemente fuera de nivel, sino un profesional en un mal día dentro de un partido colectivamente fallido.

La exigencia que implica ocupar la portería de Boca es de una densidad particular en la historia del fútbol argentino. Cada parada se magnifica, cada error se convierte en anécdota. Córdoba lo sabe por experiencia propia. Los arqueros que pasan por esa cancha cargan con expectativas que van más allá de lo futbolístico: representan una tradición de guardametas que han dejado legado. Montero llegó con esa herencia visible, con las palabras de admiración hacia Córdoba aún frescas. Ahora, después de una tarde desastrosa, recibía un mensaje que combinaba exigencia con comprensión: "se va a reponer", fue la predicción del histórico colombiano.

Lo que suceda en los encuentros venideros, particularmente en el compromiso inmediato frente a O'Higgins, determinará si el respaldo de Córdoba encuentra justificación en los hechos o si, por el contrario, los errores se consolidan como una tendencia preocupante. Montero dejó el estadio con gestos evidentes de molestia física en una de sus extremidades, agregando una variable más a la ecuación: tanto lo mental como lo corporal jugarán un rol en su recuperación. La confianza de Córdoba, alguien que conoce íntimamente qué significa estar bajo la lupa en Boca, podría ser el oxígeno que el guardameta necesita para respirar en las próximas semanas.

Perspectivas sobre lo que viene

El pronunciamiento de Córdoba abre un abanico de interpretaciones sobre cómo debería procesarse el fracaso en el fútbol profesional. Por un lado, existe una visión que considera que los errores deben ser señalados sin contemplaciones, que la exigencia es el camino para mejorar y que el autoflagelo es parte de la profesión. Desde esta óptica, los reproches contra Montero son justos y necesarios. Por otro lado, está la perspectiva que sostiene que la confianza, particularmente en momentos de crisis, tiene un valor tangible en la recuperación del desempeño. Una mala tarde no debería significar que todo lo anterior pierda validez. Ambas visiones coexisten en el fútbol, a menudo con tensiones que generan debates intensos entre técnicos, periodistas y hinchas. Lo cierto es que Montero enfrentará en los próximos compromisos la oportunidad de transformar lo que sucedió en el Guillermo Laza en un episodio aislado o de confirmar que algo estructural necesita corregirse. Córdoba, desde su rol como observador privilegiado, apostó por lo primero. El tiempo y los resultados validarán o cuestionarán esa apuesta.