La Academia metió los pies en los octavos de final, pero lo hizo tambaleándose. Gustavo Costas exhaló un respiro de alivio cuando el árbitro de video confirmó el offside de la anotación que había decretado Caicedo minutos antes, transformando una angustia en algo parecido a una liberación. Sin embargo, ese gesto de tranquilidad duró poco: la realidad del desempeño de sus dirigidos durante noventa minutos le devolvió la preocupación al rostro. El equipo de La Academia no solo jugó mal ante Huracán, sino que lo hizo de una manera que no deja margen para ilusionarse demasiado. La clasificación llegó, sí, pero envuelta en una envoltura de mediocridad que nadie celebra con genuina convicción.

Lo que sucedió en cancha fue sintomático de una crisis de funcionamiento que atraviesa a Racing desde hace semanas. El desempeño fue tan inconsistente que el mismo Costas lo admitió sin tapujos: el equipo recurría constantemente a la táctica más primitiva del fútbol, esa de despejar balones sin ton ni son, sin criterio, como si la solución estuviese en simplemente alejar la pelota lo más posible del arco propio. Esto no es casualidad ni una mala noche aislada. Responde a un equipo que no encuentra su ritmo, que está perdido tácitamente, que carece de fluidez ofensiva y que, en lo defensivo, tampoco ofrece seguridades. Cuando finalmente se logró el empate que cerraba matemáticamente el pasaje a la siguiente ronda (gracias también a que Tigres igualó con Central en otro escenario), los hinchas presentes no estallaron de alegría sino todo lo contrario: expresaron su fastidio con silbidos que sonaron más como una condena que como una despedida.

El grito de auxilio de un entrenador consciente

En la rueda de prensa posterior, Costas no escondió su preocupación detrás de evasivas ni de optimismo artificial. Su diagnóstico fue crudo: "Este semestre fue un desastre", palabras que cargan el peso de la frustración acumulada. No se trata de un técnico que busca excusas o que responsabiliza únicamente a sus futbolistas, sino de alguien que mira hacia adentro y reconoce que Racing está jugando muy por debajo de lo esperado. Lo más significativo es que Costas entiende que la clasificación lograda no debe servir como anestesia para un problema más profundo. Afirmó que si el equipo pretende ganar el torneo, necesita cambios sustanciales. La advertencia es clara: entrar a octavos de esta manera no garantiza nada, y quien crea lo contrario está engañándose.

El técnico también buscó encontrar un paliativo en la historia reciente del fútbol argentino. Mencionó el caso de Estudiantes hace algunos años, cómo esa institución entró de manera similar a una competencia y luego consiguió coronarse campeón. Pero la referencia no fue un intento de autoconvencimiento sino más bien una invocación a la fe en las posibilidades del equipo, un pedido de confianza hacia adelante. Reconoció también que el equipo tenía derecho a jugar mejor, a mostrar una versión más digna de sí mismo. Hubo amargura en esa reflexión, la de quien sabe que tenía en sus manos la posibilidad de una noche mejor y no la aprovechó. Además, Costas señaló que parte del nerviosismo mostrado en cancha se explicaba por la presión de la situación: cuando los jugadores sienten el peso de la clasificación en juego, tienden a perder seguridad en sus acciones.

Una convocatoria urgente a la unidad institucional

Lo que verdaderamente llamó la atención fue el mensaje que Costas lanzó hacia adentro del club, un aviso que trasciende lo meramente deportivo. "La política ya destruyó a Racing hace unos años y los hinchas cambiaron la historia. Hoy no nos puede destruir de nuevo la política". Estas palabras no son una mera frase motivacional de vestuario. Responden a una realidad que todo el que sigue a Racing reconoce: la institución ha vivido períodos de profunda división interna donde conflictos administrativos y de poder han debilitado gravemente el proyecto deportivo. Hace unos años, Racing atravesó turbulencias internas que llevaron al club a estar al borde del colapso institucional. Solo fue gracias a la movilización de los hinchas, a su intervención activa en la vida del club, que se logró revertir una situación que parecía irreversible. Costas está diciendo, en términos velados pero claros, que aquello no puede repetirse ahora, cuando el equipo necesita estabilidad más que nunca.

Respecto al comportamiento de los hinchas hacia sus jugadores, Costas fue directo aunque no severo. Afirmó que los futbolistas deben estar preparados para recibir críticas cuando el desempeño no acompaña, que esa es parte de la vida en un club grande. Sin embargo, no fue un regaño sino más bien una invitación a que los jugadores comprendan la naturaleza del fútbol profesional: hoy te aplauden en las alturas, mañana te silban en la cancha. La capacidad de bancarse eso y seguir adelante es lo que separa a los futbolistas de élite de los que no lo son. Costas entiende la frustración de la hinchada, la valida implícitamente, pero también pide comprensión y paciencia hacia un proceso que, a pesar de todo, sigue en marcha.

Más allá de lo que ocurrió en el partido, hay un panorama más amplio que considerar. Costas también hizo referencia a otros equipos grandes como Boca y River, que han pasado por momentos de gran turbulencia y han logrado resurgir. Su punto es que el fútbol es impredecible, que nadie está condenado al fracaso permanente, que los ciclos cambian. Pero también implícitamente advierte que ese cambio depende de muchas variables: del trabajo diario, de la mentalidad con la que se enfrente cada partido, de la capacidad de mantener la unidad cuando las críticas llueven desde todos lados. Racing está en una encrucijada donde la clasificación obtenida es un respiro pero no una solución. Lo que viene es crucial. El equipo necesita encontrar su rumbo, sus jugadores necesitan recuperar la confianza y, sobre todo, la institución entera necesita recordar que la verdadera amenaza no viene siempre del campo de juego sino de adentro, de aquello que Costas llama "la política".

Las próximas semanas dirán si Racing logra recomponerse o si esta clasificación fue apenas un aplazamiento de problemas más profundos. Lo cierto es que Costas tiene clara su misión: no solo ganar partidos, sino mantener cohesionada una institución que ha sufrido demasiado en el pasado como para permitirse el lujo de volver a fragmentarse. El desafío es monumental, pero en el fútbol argentino, los equipos han sorprendido antes con recuperaciones inesperadas. Habrá que ver si Racing, con Costas al frente, consigue ser uno de ellos.