La dirigencia de San Lorenzo tomó la decisión este martes de interrumpir el vínculo laboral con Néstor Gorosito. Apenas ocho encuentros mediaron entre su designación en julio y su salida en septiembre. Con esta medida, el conjunto de Boedo completó un ciclo que define más que cualquier indicador estadístico la profundidad de sus problemas internos: en una década transcurrida desde 2016 hasta hoy, dieciséis estrategas diferentes ocuparon la responsabilidad de conducir al primer equipo. Un promedio de casi dos cambios anuales que expresa, sin necesidad de mayores explicaciones, el estado de descomposición institucional por el que atraviesa la organización.

La década del cambio permanente

Recorrer la nómina de directores técnicos que desfilaron por el banco azulgrana durante estos años resulta una tarea que podría parecer ardua, pero que termina siendo reveladora. Pablo Guede inauguró este período en enero de 2016, quien tras el exitoso ciclo de Eduardo Bauza llegó con credenciales para continuar el buen momento. Su gestión incluyó el logro de la Supercopa Argentina ganada frente a Boca con un contundente 4-0, así como la llegada a la final del Torneo de Transición. Sin embargo, apenas transcurridos seis meses de trabajo, divergencias con la estructura dirigencial lo llevaron a presentar su desvinculación.

Le sucedió Diego Aguirre a partir de julio de 2016, quien extendió su permanencia durante poco más de un año con resultados intermitentes que no satisficieron las expectativas. Su partida fue catalizada por la eliminación en cuartos de final de la Libertadores 2017, circunstancia que lo motivó a presentar su renuncia. Tras él, Claudio Biaggio asumió de manera transitoria pero obtuvo respaldo de la dirigencia para continuar formalmente durante el 2018, aunque manejando recursos significativamente menores que sus predecesores. Sus números reflejaban estabilidad relativa —veinte victorias, once empates y doce derrotas en cuarenta y tres partidos— pero una caída en Copa Argentina ante Temperley aceleró su desvinculación.

Lo que siguió fue un desfile acelerado. Diego Monarriz participó en calidad de interino en noviembre de 2018, siendo reemplazado por Jorge Almirón, quien llegaba con reputación favorable construida en Lanús. Sus cinco victorias en veinticinco partidos y posteriores resultados adversos lo llevaron a ser destituido apenas pasados los primeros meses de 2019. Nuevamente Monarriz asumió interinamente, cediendo paso a Juan Antonio Pizzi, exganador de la copa de 2013, quien en su segunda etapa apenas resistió tres meses bajo el embate combinado de derrotas y una eliminación en Libertadores.

El desgaste institucional en números

La sucesión de cambios aceleró su ritmo conforme avanzaban los años. Monarriz nuevamente como interino en noviembre de 2019, luego respaldado hasta febrero de 2020, tras lo cual Hugo Tocalli condujo apenas tres encuentros en el umbral de la pandemia. Mariano Soso recibió el mando justo cuando el aislamiento comenzaba, permaneciendo once partidos como apuesta desconocida de los directivos que terminó renunciando. Diego Dabove ocupó el puesto durante menos de un semestre con veintidós encuentros dirigidos, incapaz de clasificar a instancias decisivas de Copa de la Liga. Paolo Montero, una sorpresa por su condición de exjugador, ganó apenas cuatro encuentros en diecisiete partidos bajo presión de un club ya en condiciones económicas deterioradas.

El período 2022 comenzó con Pedro Troglio, quien contabilizó una única victoria en diez partidos antes de su retiro. Rubén Insúa representó la excepción más significativa en este caótico recorrido: hombre surgido de las propias estructuras del club y profundamente querido por la afición, logró mantener continuidad durante veintitrés meses, dirigiendo noventa y nueve encuentros. Su capacidad para navegar los turbulento contexto institucional y financiero del club le permitió sacarlo de la zona de descenso y devolverlo a competiciones internacionales, aunque su aproximación táctica no gozaba de aprobación universal. Su despedida resultó particularmente abrupta: la nueva dirigencia encabezada por Marcelo Moretti, acompañada por el director deportivo Néstor Ortigoza, lo removió del cargo después de haberle renovado el contrato meses atrás.

Leandro Romagnoli se desempeñó como interino durante mediados de 2024 antes de recibir respaldo formal, aunque su gestión se vio obstraculizada por los resultados adversos y problemas institucionales que lo llevaron a apartarse. Le siguió Miguel Ángel Russo, quien con su extensa experiencia logró conducir al equipo hasta semifinales del Apertura 2025, pero exhausto por los conflictos internos y frente a la posibilidad de retornar a Boca, optó por renunciar. Damián Ayude fue designado interinamente en junio de 2025, luego formalizado, hasta que una goleada infligida por Defensa y Justicia precipitó su salida apenas unos meses después de su renovación. Gustavo Álvarez tuvo un paso de tres meses, viéndose enfrentado a discrepancias con la nueva estructura directiva encabezada por Marcelo Culotta y los responsables del fútbol Walter Perazzo y Guillermo Franco. Finalmente, Gorosito llegó en julio para partir en septiembre, completando este ciclo de inestabilidad casi incomparable en el contexto del fútbol profesional argentino.

El contraste con los grandes rivales

La comparación con los otros clubes históricos del fútbol argentino devela la profundidad del abismo institucional que separa a San Lorenzo de sus pares competitivos. River, durante el mismo período de una década, transitó por apenas siete direcciones técnicas diferentes: Marcelo Gallardo mantuvo continuidad durante ocho años consecutivos entre 2014 y 2022, período que transformó al club en una potencia continental. Tras su partida inicial, Martín Demichelis, Marcelo Escudero en carácter de interino, nuevamente Gallardo, otro interinato de Escudero y Eduardo Coudet completaron un recorrido que, aunque con cambios, mantuvo una coherencia estratégica sustancialmente superior.

Boca, por su parte, registra once direcciones técnicas en la misma década, cifra que duplica a River pero permanece significativamente por debajo de San Lorenzo. Nombres como Guillermo Barros Schelotto (quien se extendió durante dos años), Gustavo Alfaro, Miguel Ángel Russo, Sebastián Battaglia, Hugo Ibarra y Jorge Almirón representan una mayor estabilidad, aun cuando incluyan interinatos frecuentes. Racing, con once entrenadores también, mostró una trayectoria similar a Boca, aunque con figuras como Diego Cocca, Eduardo Coudet durante dos años, y Gustavo Costas durante dos años también, demostrando mayor continuidad en períodos específicos.

Independiente, históricamente rival del azulgrana, transitó por dieciocho direcciones técnicas, la cifra más próxima a la de San Lorenzo entre los grandes, aunque aún inferior. Este dato sugiere que San Lorenzo se encuentra en una posición prácticamente singular en cuanto a inestabilidad administrativa y falta de proyecto de mediano plazo. Mientras sus competidores históricos lograron períodos de continuidad que permitieron construir identificación táctica, desarrollo de jugadores y coherencia estratégica, el conjunto de Boedo se vio atrapado en un ciclo de recambios permanentes que impidió la consolidación de ningún modelo.

Más allá de las cifras: las causas profundas

La rotativa incesante de técnicos en San Lorenzo no constituye simplemente un fenómeno estadístico sino la manifestación visible de conflictos estructurales más profundos. Las divergencias recurrentes entre direcciones técnicas y estructuras dirigenciales sugieren la ausencia de un proyecto institucional claramente definido. Cada nuevo entrenador llega con expectativas sobre recursos, autonomía y respaldo que colisionan con una realidad económica deteriorada y una dirigencia que cambia de prioridades casi tan frecuentemente como de director técnico.

El contexto económico ha gravitado también de manera determinante. Los recursos disponibles para incorporaciones, la capacidad de retención de jugadores y la inversión en infraestructura han experimentado contracciones sucesivas, obligando a cada nuevo técnico a adaptarse a condiciones progresivamente más restrictivas. Esto contrasta con el manejo que River y Boca han logrado mantener, a pesar de sus propias dificultades financieras, permitiendo que Gallardo en el Millonario y diversos estrategas en la Ribera contaran con márgenes operativos que facilitaban proyectos de mayor alcance temporal. Esta combinación de inestabilidad dirigencial, crisis financiera y ausencia de continuidad táctica genera un círculo vicioso donde la falta de resultados acelera los cambios, los cambios generan mayor desconcierto y los nuevos entrenadores heredan situaciones cada vez más complicadas.

Perspectivas futuras y posibles escenarios

La evolución del panorama institucional de San Lorenzo plantea interrogantes sobre las posibilidades reales de reversión de esta dinámica. La sucesión acelerada de figuras con diversos perfiles —desde técnicos experimentados como Russo y Troglio hasta desconocidos como Soso, pasando por figuras emergentes como Montero y veteranos como Insúa— sugiere una falta de claridad sobre qué tipo de perfil podría resultar exitoso en semejantes circunstancias. Algunos analistas plantean que la continuidad por sí sola no garantiza éxito si no media un proyecto institucional coherente y recursos adecuados; otros enfatizan que la inestabilidad por sí misma resulta paralizante y que ningún técnico podría triunfar bajo tales condiciones. La realidad probable se sitúe en algún punto intermedio: la falta de continuidad ha generado una cultura institucional de corto plazo donde la urgencia por resultados inmediatos sobrepasa cualquier consideración estratégica de mediano plazo, mientras que simultáneamente la carencia de recursos limita las opciones disponibles para cualquier director técnico que asuma la responsabilidad. Los próximos meses dirán si la dirigencia actual logra romper con este patrón o si San Lorenzo continuará transcurriendo por la misma senda que lo ha caracterizado durante esta última década, acumulando experiencias fragmentadas sin poder consolidar un proyecto que genere estabilidad competitiva y proyección institucional sostenible.