A fines de enero de 2025, la Federación Internacional del Automovilismo comunicó una decisión que muchos interpretaron como inevitable: Johnny Herbert cesaba sus funciones como comisario tras más de una década desempeñando ese cargo. La anunciada "incompatibilidad" entre su rol de juez y su trabajo simultáneo como analista televisivo no era novedad para nadie que siguiera la Fórmula 1, pero lo que sucedería pocas semanas después sí sacudiría los cimientos de la credibilidad institucional del deporte. El piloto retirado británico pronunciaría palabras que, involuntariamente o no, destapaban una lata de gusanos que la máxima categoría del automovilismo había preferido mantener cerrada.
Cuando la confesión abre más preguntas que respuestas
En una entrevista concedida a Vision4Sport, Herbert se permitió una vulnerabilidad pública que resultaría ser la más peligrosa posible para alguien de su posición. Cuando se le consultó sobre las acusaciones históricas respecto a favoritismo hacia pilotos de su nacionalidad, el excomisario optó por una estrategia poco ortodoxa: dejar de negar y comenzar a explicar. "Por supuesto que vamos a apoyar a un piloto británico", expresó con una franqueza que generaría inmediatas ondas expansivas en toda la comunidad del automovilismo. Aún más notable resultaba su justificación, que apelaba a una lógica de simetría internacional: si holandeses apoyaban a sus connacionales, ¿por qué no podrían hacerlo los británicos? La comparación con el fútbol fue particularmente reveladora de su pensamiento. "Si Inglaterra jugara contra Países Bajos al fútbol, por supuesto que yo apoyaría a Inglaterra", agregó, como si esta correspondencia entre la lealtad deportiva y la imparcialidad judicial fuese autoevidente.
El problema central, sin embargo, radicaba en una cuestión de contexto temporal y funcional. Las declaraciones de Herbert como comentarista televisivo resultan perfectamente legítimas, esperables incluso. Nadie objeta que un analista defienda o critique el desempeño de ciertos competidores según su criterio. El conflicto emergía cuando se recordaba que hasta menos de dos años atrás, ese mismo hombre ocupaba un asiento en el panel de comisarios, es decir, era uno de los responsables de aplicar sanciones y tomar decisiones que definían campeonatos. Su última temporada en ese rol fue 2024. Estaba programado para participar en Australia, primer evento de la temporada 2025, cuando la FIA anunció que ambas partes habían acordado cesar su relación laboral. Una desvinculación que, aunque formulada como un acuerdo mutuo, dejaba entrever conflictos irreconciliables.
La tormenta de México y lo que vino después
El episodio más álgido en la carrera de Herbert como comisario ocurrió durante el Gran Premio de México en 2024. En esa ocasión, formó parte del cuerpo de jueces que impuso dos penalizaciones de diez segundos a Max Verstappen por incidentes con Lando Norris en momentos críticos de la lucha por el campeonato mundial. La decisión, por sí misma, generaba debate entre especialistas. Pero lo que sucedió después cruzó una línea que los reglamentos no debería permitir. Fuera de su rol oficial, Herbert calificó el manejo de Verstappen como "exagerado" y criticó duramente su "horrible mentalidad" de buscar ventajas sacando a rivales de la pista. Estas valoraciones públicas, emitidas por alguien que acababa de votar castigos contra el mismo piloto, desataron reacciones de alarma en el entorno del tetracampeón mundial.
Jos Verstappen, padre del piloto neerlandés, no tardó en cuestionar públicamente la composición y los criterios de designación del cuerpo de comisarios. Sus palabras apuntaban directamente al conflicto de intereses que representaba tener antiguos pilotos en posiciones de autoridad, especialmente cuando esos excompetidores podían albergar "simpatía por determinados pilotos". Cuando se le preguntó directamente sobre la existencia de sesgos, Herbert respondió con contundencia: "¿Existe algún sesgo? No, por supuesto que no". Poco menos de dos años después, su propia admisión de que "por supuesto" apoyan a los pilotos británicos confería a esa negación una cualidad casi irónica. Las palabras pronunciadas en defensa de su imparcialidad adquirían, retrospectivamente, un matiz completamente diferente.
Australia 2024 y la sanción que dividió opiniones
En la categoría de decisiones polémicas atribuibles a Herbert, otro caso merece atención particular: el del Gran Premio de Australia en 2024. Fernando Alonso recibió una sanción de veinte segundos y tres puntos en su superlicencia tras el incidente que lo involucraba con George Russell. El panel de comisarios, del cual Herbert formaba parte, determinó que el piloto español había conducido de manera "potencialmente peligrosa" al levantar antes de lo acostumbrado y reducir significativamente su velocidad mientras era perseguido. Los jueces consideraron que, aunque la maniobra resultó en una colisión, no había evidencia de intención deliberada de provocar el accidente. La penalización resultó especialmente costosa: hizo descender a Alonso del sexto al octavo puesto, alterando sustancialmente su resultado en la carrera.
En retrospectiva, esta decisión revela capas adicionales de complejidad cuando se examinan a la luz de las tensiones históricas entre Herbert y Alonso. Ambos protagonizaron un memorable desencuentro en 2016, cuando el británico sugirió públicamente que el bicampeón español debería considerar su retiro después de lesionarse y ausentarse del Gran Premio de Bahrein. Alonso respondió con un gesto que se convirtió en icónico: rechazó estrecharle la mano a Herbert frente a las cámaras de televisión. Esa fricción había persistido durante años, añadiendo capas de contexto que muchos observadores consideraban relevantes para evaluar la imparcialidad de las decisiones subsecuentes. Herbert llegó a recibir amenazas de muerte tras la sanción a Alonso en Australia, un extremo absolutamente condenable que trascendía cualquier discusión deportiva, pero que simultáneamente dimensionaba la carga emocional y los conflictos personales que rodeaban a ciertas decisiones arbitrales.
La arquitectura del conflicto: cómo se llegó a esta situación
El problema fundamental no residía únicamente en Herbert como individuo, sino en una estructura institucional que permitió que alguien en su posición combinara responsabilidades que eran, en teoría, incompatibles. Un comisario de la FIA debe aplicar los reglamentos de manera consistente e imparcial, sin que sus simpatías personales, nacionalidades o relaciones previas con los competidores afecten sus veredictos. Sin embargo, la realidad práctica resultaba considerablemente más enredada. Herbert no era un juez ajeno al universo de la Fórmula 1, sino alguien profundamente conectado con él: expilotos, comentarista televisivo, personalidad pública con opiniones claramente articuladas sobre drivers y equipos. La FIA finalmente reconoció en enero de 2025 que estas funciones eran "incompatibles", pero el reconocimiento llegaba después de años de fricción pública y controversias que probablemente no habrían ocurrido si esa incompatibilidad hubiese sido identificada años atrás.
Lo que Herbert reveló en sus declaraciones posteriores a su salida también merecía consideración: acusó a los aficionados neerlandeses de ser especialmente hostiles hacia él, generando críticas tras sus decisiones contra Verstappen. "Los aficionados neerlandeses que se molestaron porque cuestioné a Max Verstappen", enumeró cuando se le preguntó cuáles eran los que dirigían los peores insultos. Reconoció además que las amenazas provenían de múltiples nacionalidades, aunque enfatizó que las más severas ("Muerte a Herbert") provenían del contexto de la polémica Verstappen. Esta realidad subraya cuán polarizado se había vuelto el ambiente alrededor de sus decisiones, y cuánto peso tenían sus veredictos en la percepción de millones de aficionados alrededor del mundo.
Lo que permanece sin resolver
Las palabras finales de Herbert en sus entrevistas posteriores a su salida cerraban un círculo que dejaba abiertas numerosas interrogantes: "Aunque dije que era objetivo, cuando había un británico de por medio, mi corazón sí tenía un lado". Mantendría que su capacidad de juzgamiento no fue comprometida, pero la admisión de que poseía preferencias personales reabría debates que la institución había preferido evitar. ¿Cuántos de sus fallos anteriores habían sido influidos, consciente o inconscientemente, por esa inclinación emocional? ¿Existían patrones detectables en sus decisiones que pudiesen correlacionarse con la nacionalidad de los pilotos involucrados? ¿Cuáles eran las implicaciones para la legitimidad de veredictos ya emitidos?
La salida de Herbert como comisario no resuelve estas cuestiones de fondo, solo las pospone. La Fórmula 1, como institución, enfrenta ahora una reflexión obligatoria sobre cómo construir estructuras de arbitraje que minimicen la posibilidad de que preferencias personales, lealtades nacionales o conflictos de intereses contaminen decisiones críticas. La designación de comisarios y árbitros en deportes de competencia profesional requiere protocolos que vayan más allá de confiar en la integridad personal de individuos, por respetables que sean sus antecedentes. Algunos observadores argumentarían que separaciones claras entre roles analíticos y judiciales debería haber sido implementada años atrás. Otros podrían contraponer que la realidad del deporte profesional siempre ha tolerado cierto grado de subjetividad en sus decisiones, y que exigir una imparcialidad robótica resultaría imposible en la práctica. Lo que sí resulta innegable es que la credibilidad de un sistema depende no solo de que sea justo, sino de que parezca justo a los ojos de todos los involucrados. Las declaraciones de Herbert, voluntarias o no, ofrecieron evidencia de que ese umbral había sido vulnerado durante su permanencia en el cargo.



