Una noche de fútbol que Boca no quería que terminara

Hay partidos que quedan en la memoria no solo por el resultado, sino por la forma en que se construyó ese resultado. El encuentro entre Boca Juniors y Defensa y Justicia fue, sin dudas, uno de esos. El Xeneize no solamente se impuso por 4 a 0, sino que lo hizo desplegando un fútbol asociado, dinámico y con una claridad táctica que sus hinchas llevaban mucho tiempo esperando. Una goleada que no deja margen para la discusión: en la cancha hubo un solo equipo.

El arranque del partido tuvo un condimento inesperado. El local sufrió un sobresalto inicial cuando le anularon un gol, lo que podría haber desestabilizado cualquier esquema. Sin embargo, el equipo conducido por Claudio Ubeda no acusó recibo. Lejos de amilanarse, el conjunto azul y oro tomó el control del juego y fue imponiendo su jerarquía de manera progresiva y contundente. A partir de ese momento, el Halcón quedó reducido a un espectador dentro de su propio campo.

El tercer gol, una lección de fútbol colectivo

De los cuatro tantos que convirtió Boca esa noche, hubo uno que opacó a todos los demás. No por la dificultad técnica de la definición en sí misma, sino por todo lo que ocurrió antes de que la pelota entrara al arco. A los 35 minutos del segundo tiempo, cuando el partido ya estaba prácticamente resuelto, el Xeneize protagonizó una secuencia que mezcló paciencia, inteligencia y una precisión quirúrgica en cada toque. El resultado fue un gol que sintetizó todo lo que Boca viene mostrando en este período.

La jugada comenzó con una circulación tranquila, sin apuro, como si el equipo supiera perfectamente que el espacio iba a aparecer en algún momento. Los jugadores se fueron pasando la pelota con criterio, esperando el momento exacto para acelerar. En ese entramado de toques, el eje de todo fue Leandro Paredes, el mediocampista que también viste la camiseta de la Selección Nacional. El volante fue el cerebro de la maniobra: leyó el juego antes que todos, detectó el movimiento justo y tomó la decisión correcta en el instante preciso. Cuando vio que Tomás Aranda iniciaba una diagonal hacia el espacio libre, no dudó: lanzó un pase al vacío que fue pura pintura.

Aranda recibió en profundidad y, en lugar de buscar el protagonismo individual, tomó la determinación que cualquier entrenador sueña ver en sus jugadores. Con el arquero Cristopher Fiermar saliendo a cerrar el ángulo, el joven no intentó definir por su cuenta. En cambio, puso la pelota en el lugar exacto para que Adam Bareiro llegara al arco completamente libre. El paraguayo no necesitó más que empujarla. Simple, efectivo, letal. Ese es el fútbol que Boca está jugando hoy.

Pero lo que hace verdaderamente extraordinaria a esa jugada no es solo la decisión de Aranda ni la llegada de Bareiro. Es el número que la resume: antes de que la pelota terminara en la red, Boca conectó 31 pases consecutivos. Treinta y uno. Una cadena de decisiones acertadas, de movimientos coordinados, de confianza entre compañeros que refleja un nivel de entendimiento que no se construye de un día para el otro. Es el fruto del trabajo, de la repetición en los entrenamientos y de una idea de juego que Ubeda ha logrado instalar en el grupo.

Boca en su mejor versión: lo que este momento representa

Más allá del espectáculo puntual de esa jugada, lo que esta goleada confirma es que Boca está atravesando uno de sus mejores momentos en lo que va del ciclo actual. El equipo no solo gana, sino que lo hace con solidez defensiva y con una propuesta ofensiva que genera constantemente situaciones de gol. La victoria ante Defensa y Justicia no fue un accidente ni el resultado de una noche inspirada: fue la continuidad de una línea de rendimiento que el propio plantel viene consolidando partido a partido.

La figura de Leandro Paredes merece un análisis especial en este contexto. El mediocampista, que viene siendo uno de los pilares del esquema de Ubeda, demostró una vez más por qué su presencia transforma al equipo. Su capacidad para leer el juego, para administrar los tiempos y para distribuir la pelota con precisión milimétrica lo convierte en el engranaje que hace funcionar toda la maquinaria. En una jugada como la del tercer gol, su rol fue determinante: sin ese pase al vacío, la secuencia de 31 pases no hubiera culminado de la manera en que lo hizo.

Por su parte, Adam Bareiro sigue sumando argumentos para ganarse un lugar cada vez más destacado en la consideración de los hinchas. El delantero paraguayo no solo aportó el gol, sino que supo estar en el lugar indicado en el momento justo, lo cual no es un mérito menor. Los goles fáciles también requieren lectura de juego, anticipación y el temple necesario para no fallar cuando la pelota llega sola. Bareiro cumplió con todo eso y más.

En definitiva, lo que dejó esta noche ante el Halcón es una imagen de Boca que sus seguidores guardaron con orgullo: un equipo que juega junto, que piensa colectivamente, que tiene paciencia para construir y velocidad para resolver. Esa combinación, cuando funciona, es casi imposible de detener. Y la secuencia de 31 pases que terminó en el gol de Bareiro fue, exactamente, la postal más nítida de todo eso.