Hay derrotas que duelen más que otras. No por el marcador en sí, sino por la sensación de que algo se escapó de las manos cuando estaba al alcance. Eso fue lo que vivió Aldosivi en su visita al estadio Monumental, donde cayó 3 a 1 ante River Plate en un partido que, según su propio entrenador, pudo haber tenido un desenlace muy diferente. Israel Damonte salió a hablar ante la prensa con la cabeza caliente y, aunque intentó ser cuidadoso con sus palabras, dejó en claro que el rendimiento arbitral de la noche fue, en su visión, un factor que pesó demasiado sobre un equipo que peleó de igual a igual durante buena parte del encuentro.
Un grande de abajo contra el poderío millonario
Para entender el peso de lo que ocurrió esa noche en Núñez, hay que situar el contexto. Aldosivi, el club de Mar del Plata conocido como el Tiburón, transita una realidad presupuestaria completamente opuesta a la de su rival del miércoles. River Plate es uno de los clubes con mayor capacidad económica del fútbol argentino, con infraestructura de primer nivel, plantel de estrellas y el respaldo de una hinchada que convierte el Monumental en una verdadera caldera. Para cualquier equipo que pelea en la zona baja de la tabla, ir a jugar ahí no es solo un desafío deportivo: es una batalla contra todo un ecosistema. En ese marco, el técnico Damonte destacó que sus jugadores compitieron a la altura de las circunstancias, algo que no es poca cosa.
El DT marplatense, de 44 años, arrancó la conferencia de prensa con algo que podría leerse como elogio envenenado hacia el árbitro de la noche, Nicolás Ramírez: lo reconoció como "uno de los mejores de la Argentina" pero inmediatamente señaló que no estuvo a la altura de su fama. "No tuvo una buena noche", dijo, y enumeró situaciones concretas: las faltas cobradas, las laterales, los foules. No fue una crítica genérica ni una explosión emocional sin sustento. Damonte intentó argumentar cada queja, lo que le dio a sus declaraciones un peso diferente al del típico técnico que busca excusas tras una derrota.
La bronca puntual: jugadas cortadas siempre del mismo lado
Lo más llamativo de la postura del entrenador fue su descripción del patrón arbitral que observó durante el partido. Según Damonte, cuando el juez intervenía para detener el juego, la decisión favorecía sistemáticamente al local. "Muchas jugadas se cortaban, siempre a favor de River", afirmó, y fue más lejos al especular con lo que podría haber sido: si Ramírez hubiera tenido una actuación acorde a su jerarquía, el resultado final podría haber sido un empate. No es un detalle menor. Damonte no estaba hablando de un robo escandaloso ni de un penal inventado; hablaba de algo más sutil y quizás más difícil de combatir: la acumulación de pequeñas decisiones que, sumadas, terminan inclinando la cancha hacia un lado.
Este tipo de debate no es nuevo en el fútbol argentino. La discusión sobre si los equipos grandes reciben un trato diferencial por parte del arbitraje es tan antigua como la profesionalización del deporte. Lo que hace interesante el caso de Damonte es que no apeló al victimismo puro. En varios pasajes de su análisis, reconoció que sus propios jugadores también cometieron errores, que River también juega, y que la responsabilidad de la derrota no recae exclusivamente sobre los hombros del árbitro. Esa honestidad le da más credibilidad a sus críticas puntuales y evita que su discurso se reduzca a una queja sin matices.
Sobre el tercer gol, el que terminó de cerrar el partido, Damonte fue específico. Señaló una falta previa que no fue cobrada, aunque también admitió que el equipo llegó a esa instancia "medio pasado", es decir, con la guardia baja. Y cerró el análisis con una frase que resume bien toda su postura: "El mejor árbitro de la Argentina a veces se puede equivocar". Con esa sentencia, Damonte evitó caer en la demonización del juez pero dejó instalada la duda sobre si esas equivocaciones fueron casuales o respondieron a algo más difícil de nombrar en voz alta.
Lo que dejó la noche más allá del marcador
Aldosivi estuvo cerca de algo que hubiera sido histórico: sumar en el Monumental peleando desde la zona baja. Ese tipo de resultados no solo tienen valor en la tabla, sino que generan identidad, confianza y un relato que los clubes del interior del país necesitan construir para sostener proyectos en el tiempo. Mar del Plata tiene una relación particular con el fútbol: es una ciudad grande, turística, con una base de hinchas fieles, pero históricamente alejada de los centros de poder del fútbol argentino. Cada vez que el Tiburón compite de igual a igual con los grandes, hay algo más en juego que tres puntos.
Desde una mirada más amplia, el episodio vuelve a poner sobre la mesa una deuda pendiente del fútbol argentino: la transparencia en el arbitraje. El VAR fue incorporado hace algunos años para reducir el margen de error en las jugadas determinantes, pero las decisiones más grises —esas que Damonte describió, los foules no cobrados, las laterales que se otorgan de un lado y no del otro— siguen siendo terreno subjetivo donde el árbitro tiene un poder casi absoluto. En ese espacio, la percepción de inequidad crece y se instala, y los técnicos como Damonte la expresan porque es lo que sienten sus equipos en la cancha.
Lo que importa al hincha argentino promedio en este caso no es solo el resultado de un partido entre River y Aldosivi. Es la pregunta de fondo que ese resultado activa: ¿hay igualdad de condiciones en la cancha? ¿Los equipos con menos recursos, menos historia reciente y menos poder mediático compiten con las mismas reglas que los grandes? Damonte no respondió esas preguntas, pero las dejó flotando. Y eso, a veces, es más honesto que cualquier declaración diplomática. El Tiburón volvió a Mar del Plata con las manos vacías, pero con la cabeza en alto y con un técnico que no tuvo miedo de decir lo que pensaba. En el fútbol argentino, eso también vale.



