Cuando un club decide esculpir en bronce o piedra la figura de alguien, es porque ese alguien trascendió los límites de lo deportivo. Eso sucedió esta semana en La Plata, donde Estudiantes de la Plata colocó una escultura de tamaño natural de Alejandro Sabella en el Paseo de los Profesores del Estadio UNO. No se trata de un gesto simbólico más en el calendario de celebraciones; es el reconocimiento tangible a quien construyó el ciclo más glorioso de la institución en el siglo veintiuno, aquella época donde los rojiblanco fueron prácticamente imbatibles en Sudamérica. La inauguración coincidió con los festejos por los 121 años de fundación del club, lo que añadió solemnidad al acto. Verón, quien fuera capitán de aquellos equipos legendarios, encabezó la ceremonia junto a compañeros que vivieron en carne propia la magia que el Profesor supo imprimir en el juego.
Un legado que trasciende el tiempo
Sabella falleció en 2020, hace apenas cuatro años, pero su influencia en la institución platense sigue intacta. La estatua que ahora reposa en el Paseo de los Profesores no es una obra cualquiera: muestra al técnico con los brazos cruzados en un gesto de sosiego y autoridad, vistiendo el famoso suéter beige que se convirtió en su marca registrada durante la campaña de 2009. Esa prenda beige no es un detalle menor. Fue parte de su imagen mientras dirigía desde la banda, mientras gritaba instrucciones, mientras creía en un grupo de jugadores que pocos fuera de La Plata consideraba capaz de vencer a los gigantes continentales. El monumento perpetúa ese instante, esa esencia de quien supo combinar la tranquilidad con la exigencia táctica.
La participación en la inauguración de figuras como Juan Sebastián Verón —actual presidente del club—, junto a otros integrantes del plantel campeón como Andújar, Braña y Desábato, confirmó la magnitud del momento. No fue una ceremonia de trámite. Fue un reencuentro de aquellos que vivieron la gloria bajo sus órdenes, aquellos que ganaron partidos memorables y que, en el camino, se convirtieron en leyendas del fútbol local. Sus testimonios, sus miradas al ver la escultura, hablaban de una conexión profunda que el tiempo no erosiona. Los familiares de Sabella también estuvieron presentes, completando un acto donde la emotividad fue el hilo conductor.
De jugador a arquitecto de dinastías
La historia de Sabella en Estudiantes es bifurcada, con dos actos que brillan de formas distintas. Como futbolista, el Profesor llegó al club platense en 1982, procedente de su paso por el fútbol inglés donde actuó en el Sheffield United y el Leeds. Formado en River Plate como enganche, Sabella trajo consigo la versatilidad táctica que caracterizaba a los mediocampistas de su generación. Durante su primera etapa defendió la camiseta rojiblanca en 171 encuentros, en los cuales convirtió 34 goles. Fue pieza fundamental en el equipo que conquistó el Metropolitano de 1982 y el Nacional de 1983, ambos bajo la dirección de Carlos Bilardo primero y Eduardo Luján Manera después. Su zurda era un arma táctica, su lectura del juego precoz para su tiempo. Sin embargo, su carrera como jugador fue relativamente breve en La Plata: tras pasar por préstamo en el Gremio de Brasil a inicios de 1985, retornó en 1987 y se marchó nuevamente, esta vez a Ferro, en 1988.
El verdadero Sabella, el que hoy merece una escultura en el corazón del estadio, emergió décadas más tarde cuando asumió las riendas técnicas de Estudiantes. Después de acumular experiencia como asistente en diferentes clubes, el Mago —otro de sus apodos— llegó para transformar a un equipo que aspiraba a algo grande en una potencia continental. Bajo su dirección, Estudiantes conquistó la Copa Libertadores 2009 tras derrotar al Cruzeiro, validando así una campaña impresionante donde el equipo jugó un fútbol ordenado, inteligente, casi asfixiante en su organización defensiva. Pero lo que capturó la imaginación de los aficionados neutrales fue la final del Mundial de Clubes de ese mismo año, cuando Estudiantes se enfrentó al Barcelona de Pep Guardiola. El conjunto catalán, en su apogeo, apenas pudo contener a los platenses. Faltaron dos minutos para que Estudiantes hiciera historia; Guardiola haría historia en cambio. Ese Barcelona ganó por la mínima en una final que quedó grabada en la memoria de quienes la presenciaron como testimonio de la capacidad que Sabella había tejido.
Números que hablan por sí solos
En términos estadísticos, la dirección técnica de Sabella en Estudiantes fue contundente. Dirigió 97 partidos con una efectividad del 67 por ciento: 58 victorias, 21 empates y 18 derrotas. Esos números encierran más que resultados; encierran la capacidad de mantener una consistencia que es rara en el fútbol, donde la volatilidad suele ser la norma. Tras la Libertadores, el equipo continuó ganando el Apertura 2010, cerrando así un ciclo de gloria que trasformó la historia reciente del club. Años más tarde, el Profesor seguiría su carrera en selecciones nacionales, siendo el director técnico de Argentina en la Copa del Mundo de 2014 en Brasil, donde llegó a la final pero quedó como subcampeón, derrotado por Alemania en la prórroga.
La inscripción en la estatua contiene una frase que resume la filosofía de Sabella, una reflexión que trasciende lo deportivo: "No se olviden nunca de dos palabras que son fundamentales en la vida: por favor y muchas gracias". Aquí radica la dimensión que Estudiantes quiso enfatizar al inmortalizar su figura. No se trata simplemente de un técnico ganador, sino de un hombre que entendió que el fútbol es un vehículo para transmitir valores más profundos. La urbanidad, el respeto, la gratitud; conceptos que parecen alejados del campo de juego pero que, según Sabella entendía, eran la base para construir equipos verdaderos. La estatua, entonces, no solo conmemora títulos; resguarda una forma de entender el liderazgo que pocos practican.
Reflexiones sobre la permanencia y el olvido
La decisión de Estudiantes de perpetuar la figura de Sabella en piedra abre interrogantes sobre cómo las instituciones deportivas eligen recordar a sus protagonistas. En Argentina, el monumento público dedicado a figuras del fútbol sigue siendo una práctica relativamente selectiva, reservada para aquellos cuyo impacto fue tan profundo que justifica ocupar espacio en el imaginario colectivo. Sabella merecía este reconocimiento no solo por haber ganado una Libertadores —copa que, aunque relevante, no define en solitario la grandeza de un director técnico—, sino por la forma en que construyó ese equipo, la manera en que transmitió sus ideas y la consistencia con que las ejecutó. El monumento, situado en el Paseo de los Profesores, sugiere además una intención deliberada: ubicarlo junto a otros educadores, reforzando la noción de Sabella como maestro del juego, no meramente como ganador de torneos. Este acto de memoria institucional puede inspirar reflexiones sobre qué sucede con otros personajes que brillaron menos pero que también contribuyeron a la historia de los clubes, quedando frecuentemente en la penumbra del olvido. A nivel más amplio, la inauguración de la escultura también plantea el rol que tienen los propios clubes en la construcción de sus narrativas históricas y cómo esas narrativas moldean la identidad de sus simpatizantes, transmitiendo de generación en generación quiénes fueron considerados dignos de permanencia.



