La designación de un árbitro para un partido nunca es un dato menor en el fútbol argentino contemporáneo. Cuando ese juez viene precedido por decisiones que generaron controversia en encuentros anteriores, la noticia adquiere dimensiones distintas. Así ocurre con Andrés Gariano, quien dirigirá el enfrentamiento entre River Plate y Atlético Tucumán en lo que constituirá su regreso a la cancha con el equipo de Núñez tras un episodio que marcó la memoria de los hinchas millonarios. La elección vuelve a poner en el centro del debate una de las decisiones arbitrales más cuestionadas de las últimas temporadas: la negativa de sancionar lo que muchos consideraban un penal evidente. Este retorno genera expectativas, interrogantes y, para algunos sectores, resquemores sobre cómo se toman las determinaciones en materia de designaciones.
El antecedente que no se olvida
Hace pocas fechas, Gariano tuvo la responsabilidad de arbitrar el duelo entre Tigre y River en el estadio de Victoria. Fue un encuentro que permanecería en el recuerdo colectivo, aunque no precisamente por razones positivas relacionadas con su gestión. En el minuto treinta y cinco de la primera mitad, sucedió la jugada que encendería todas las alarmas. Ángel Correa recibió un pase de Lucas Beltrán en el área rival, en una acción que parecía desenvolverse naturalmente dentro del juego. Sin embargo, antes de poder completar la recepción del balón con comodidad, el delantero fue derribado. Según la percepción de quienes presenciaron el hecho, la caída fue producto de una intervención clara: dos defensores del equipo anfitrión actuaron simultáneamente sobre el futbolista de River, generando un contacto que imposibilitó su continuidad en la jugada.
La acción presentaba características que, en principio, reúnen los requisitos de una infracción punible con penal. Se trataba de un derribo dentro del área, ejecutado por los defensores locales sobre un atacante que estaba en condiciones de rematar o continuar su movimiento ofensivo. Sin embargo, Gariano tomó la decisión de no cobrar la falta. Esa resolución fue convalidada desde la cabina de video, lo que amplificó el alcance de la controversia. No se trató simplemente de una lectura diferente del árbitro en cancha, sino de una confirmación desde una instancia que, justamente, existe para revisar situaciones dudosas.
Las reacciones en el campo y fuera de él
La determinación del árbitro no pasó inadvertida. Los jugadores de River, particularmente Nicolás Otamendi en su rol de capitán, manifestaron públicamente su disconformidad. El defensor expresó que la situación representaba un error arbitral grave, no solo en lo referido a esta jugada específica sino como parte de un patrón más amplio. Según Otamendi, existía una tendencia en los arbitrajes a no cobrar infracciones menores, pero esa misma laxitud se aplicaba también a situaciones que merecían sanción. Su crítica incluyó tanto al árbitro como al sistema del VAR, cuestionando la capacidad de ambos para cumplir con los estándares que requiere una competición de elite como la que disputa River.
Por su parte, Gariano ofreció sus explicaciones sobre cómo interpretó la jugada. Según su punto de vista, lo que vio en cancha fue un choque normal dentro del desarrollo habitual del juego: dos defensores contra un atacante, sin que ninguno de los elementos constitutivos de una falta grave estuviera presente. Desde su perspectiva, se trataba de un contacto típico de una acción deportiva. El operador del VAR, según relató el árbitro, compartió su interpretación. La tecnología, lejos de cuestionar su decisión, la respaldó. Gariano incluso agregó un argumento respecto a los tiempos: la revisión no se demoró de manera sospechosa, sino que fue realizada con celeridad, lo cual, en su lógica, indicaría que se trataba de una situación clara que no necesitaba mayor análisis.
Paralelamente, un comentarista que tuvo acceso a las repeticiones televisivas de la jugada ofreció una interpretación que divergía significativamente de la del público millonario, aunque coincidía con la del árbitro. Según este análisis, las imágenes en cámara lenta—que tantas veces se utilizan para resolver controversias—no mostraban con claridad una intervención decisiva que justificara la sanción de penal. La caída de Correa, argumentó, podría atribuirse tanto a su propia pérdida de equilibrio como a un contacto que, aunque existente, no alcanzaba el umbral de intensidad o intencionalidad requerido para ser considerado infracción. Este comentarista también señaló una paradoja interesante: la tecnología de cámara lenta, diseñada para aclarar situaciones, a menudo las complejiza, introduciendo ambigüedad donde el ojo humano en tiempo real podría percibir certeza.
El regreso y sus implicancias
La confirmación de que Gariano volverá a estar al frente de un partido de River genera múltiples lecturas. En primer lugar, desde una perspectiva institucional, sugiere que la decisión anterior—y la polémica que la acompañó—no fue considerada de suficiente gravedad como para apartar al árbitro de futuras asignaciones. En segundo lugar, representa una prueba para ambas partes: tanto para River, que tendrá que competir nuevamente bajo su arbitraje, como para Gariano, quien enfrentará escrutinio adicional de los aficionados y posiblemente de los propios jugadores. La designación también refleja las complejidades del sistema arbitral contemporáneo, donde la disponibilidad de árbitros con experiencia en la máxima categoría es limitada, lo que obliga a recircularlos en los partidos a pesar de controversias previas.
Históricamente, estos retornos tras polémicas no son inusuales en el fútbol argentino. La ausencia de un mecanismo formal de "castigo" arbitral—más allá de sanciones disciplinarias extremas—hace que los jueces continúen activos en el circuito incluso después de decisiones criticadas. Esto genera un ambiente donde conviven la profesionalidad institucional y la desconfianza de los aficionados. Para River y sus seguidores, el encuentro contra Atlético Tucumán bajo la dirección de Gariano representará tanto una oportunidad de demostrar que pueden ganar más allá de las interpretaciones arbitrales, como un test sobre la consistencia o variabilidad del criterio del juez.
Las consecuencias de este retorno podrían desplegarse en múltiples direcciones. Si Gariano arbitra sin controversias y sus decisiones son percibidas como justas, podría clausurarse—al menos parcialmente—la polémica anterior, permitiendo una reintegración más sencilla del árbitro a la normalidad competitiva. Si, por el contrario, surgen nuevas dudas sobre sus interpretaciones, la narrativa de inseguridad podría fortalecerse, alimentando cuestionamientos más profundos sobre su capacidad o metodología. Desde la perspectiva del sistema arbitral en general, cada designación como esta constituye un test sobre la confiabilidad del mecanismo completo: ¿los árbitros son evaluados y corregidos tras decisiones cuestionables? ¿Existen estándares claros y consistentes? ¿La tecnología complementa o reemplaza el criterio humano? Estas preguntas, latentes en el ambiente del fútbol argentino, permanecerán vigentes durante el desarrollo del próximo encuentro.



