Cuando Néstor Gorosito asumió el timón de San Lorenzo hace apenas un puñado de fechas, pocos imaginaban que el experimentado estratega transitaría uno de los ciclos inaugurales más complicados de su trayectoria en el club. Los números que dejó el arranque del presente torneo son contundentes: una victoria y cuatro reveses en cinco presentaciones. Las cifras frías no mienten, y en el fútbol los números terminan siendo el espejo más cruel de cualquier realidad. Pero detrás de ese balance desalentador existe un entramado de circunstancias que, sin excusar el rendimiento deportivo, sí permiten entender por qué un técnico de la envergadura de Gorosito enfrenta ahora una encrucijada que no parecía destinada a él cuando llegó al Bajo Flores.
Lo que más duele en San Lorenzo no son los números negativos en sí mismos, sino la forma en que se acumularon. El debut en la Copa Argentinha fue un golpe tempranero: la eliminación ante Riestra por penales dejó un sabor amargo que se prolongó. Luego vino la caída inicial del Apertura visitando a Lanús, un partido que los azulgranas dejaron ir sin merécidamente haber sido derrotados. Un respiro tímido llegó con el triunfo sin despliegue convincente ante Gimnasia de Mendoza en condición de local, que apenas sirvió para respirar un instante. Pero la secuencia se rompió nuevamente: primero la caída en Santiago del Estero frente a Central Córdoba, y luego, lo que constituyó el golpe más resonante, la derrota por dos tantos en casa ante Huracán. Este último resultado tiene el peso de la historia: perder un clásico con el equipo del Globo en el propio reducto no sucedía desde hace veinticinco años. Esa cifra, por sí sola, condensa la magnitud de lo que representó ese resultado para la institución.
Los antecedentes que inquietan
Gorosito posee un antecedente directo que, paradójicamente, puede servir tanto como advertencia como esperanza. En su primer ciclo como director técnico en San Lorenzo, allá por 2004, el ahora técnico también transitó un arranque turbulento. De los primeros cinco encuentros de aquel entonces, logró apenas dos triunfos, un empate y dos derrotas. La magnitud del fracaso inicial fue similar, aunque la configuración de los resultados varió. Sin embargo, esa etapa inicial desastrosa no definió su destino: Gorosito se acomodó, el equipo respondió, y terminó permaneciendo en el cargo durante casi cincuenta partidos y más de un año en el banquillo, consolidándose como una figura mítica para la hinchada cuerva. La historia sugiere que el presente no es necesariamente irreversible.
Pero hay otros casos que pueblan el registro histórico reciente de San Lorenzo y que ofrecen perspectivas distintas. El Turco Asad, quien asumió años atrás, también enfrentó un arranque accidentado: un triunfo, tres empates y una derrota en sus primeros movimientos. La diferencia radicaba en que, pese a lo endeble de esos números, el Turco no acumulaba derrotas con la misma contundencia que Gorosito. Aun así, su ciclo fue efímero: apenas dieciocho partidos en el banco antes de que las decisiones superiores lo apartaran. Por su parte, el Gallego Insua, quien tomó las riendas en mayo de 2022, también atravesó una racha inicial compleja aunque con un matiz crucial: aunque ganó solo uno de los primeros cinco encuentros, no registró derrotas en ese período de arranque, acumulando empates que mantuvieron cierta estabilidad. El Gallego perduró casi dos años en el cargo, lo que sugiere que la configuración de los resultados importa tanto como su cantidad.
Las turbulencias fuera de la cancha
No es negligencia analítica reconocer que el contexto extradeportivo ha funcionado como un catalizador de complejidades. Gorosito heredó una situación lejos de ser radiante. Una nueva gestión directiva en sus primeras semanas siempre genera incertidumbre institucional, y en este caso fue particularmente desestabilizadora. El técnico no pudo contar con pretemporada en condiciones normales: durante dos semanas trabajó bajo la dirección de un interino (Perazzo) que se incorporó junto a la recién conformada Coordinación de Fútbol. El problema de fondo fue más traumático: en el primer día de pretemporada, Gustavo Álvarez, quien iba a ser asistente técnico, renunció por desacuerdos con la dirigencia respecto a qué futbolistas deberían ser marginados del plantel. Esa partida abrupta, sin avisos diplomáticos previos, constituye un síntoma de las fricciones internas que atraviesan la institución.
La dimensión financiera, por si fuera poco, añade capas de complejidad a la ecuación. San Lorenzo transita dificultades económicas que se han traducido en refuerzos limitados y que, además, llegaron ya entrado el torneo. El propio Gorosito, en su presentación, caracterizó los incorporaciones como "Planes B o C", una expresión que resume la escasez de recursos y la necesidad de conformarse con alternativas de menor jerarquía. A eso se suma una hemorragia de activos: Jhohan Romaña se marchó hacia León de México tras negociaciones económicas que prevalecieron sobre los intereses deportivos, mientras que Lautaro Montenegro, otro defensor que venía siendo titular, fue apartado por una situación similar. Perder defensores de rendimiento probado no es un detalle menor cuando el equipo muestra síntomas de fragilidad defensiva.
El sábado próximo representa una encrucijada. San Lorenzo recibirá a Unión en lo que constituye una prueba de fuego ineludible para el ciclo Gorosito. El técnico ha demostrado en su historial que posee capacidad de recomposición, que puede transformar arranques caóticos en trayectorias sólidas. Su pasado azulgrana, sus victorias y su estatus de ídolo del club le otorgan un margen que no todos los técnicos tendrían. Pero los márgenes son finitos, y cinco partidos ya representan un volumen de información considerable en el fútbol moderno. Lo que suceda en los próximos encuentros definirá si Gorosito replicará su primer ciclo, construyendo un legado duradero, o si el presente es apenas el prólogo de una salida precipitada. En un club como San Lorenzo, donde las exigencias históricas pesan como una losa, los tiempos para reaccionar son siempre más cortos de lo que los técnicos desearían.



