La polémica vuelve a rodear a Darío Herrera, el árbitro que hace poco tiempo fue respaldado por la Dirección Nacional de Arbitraje luego de una decisión discutible en la que no sancionó un penal en una jugada donde Lautaro Blanco desplazó a Martínez Quarta. Aunque la institución lo apoyó públicamente, le asignaron un encuentro de menor exigencia en la fecha 15, pensando que quizás necesitaba un respiro. Sin embargo, lo que sucedió en el duelo entre Estudiantes de Río Cuarto y Rosario Central demuestra que los errores de criterio continúan acechando su carrera, justo cuando se perfila como uno de los magistrados que representará al fútbol argentino en el próximo Mundial.

Una agresión invisible para quien debería verla

Durante el transcurso del encuentro cordobés, Cabrera, defensor del equipo local, ejecutó una acción de una crudeza innegable sobre Ovando, mediocampista de la institución rosarina. El contacto fue brutal: una plancha dirigida específicamente hacia la zona del tobillo del jugador centralista. Lo particularmente grave de esta situación radica en que Herrera se encontraba a escasos metros del lugar donde ocurrió la infracción. Su posición le permitía tener una visión prácticamente directa de lo acontecido, sin obstáculos visuales que pudieran justificar una falta de percepción.

Frente a esta realidad, el árbitro simplemente continuó el juego como si nada hubiera sucedido. No levantó la mano para detener la acción, no amonestó al jugador cordobés, ni siquiera consideró la posibilidad de expulsión. Ovando fue quien decidió interrumpir el desarrollo del encuentro, no porque Herrera lo ordenara, sino porque el dolor que experimentaba en su extremidad inferior lo obligó a detenerse. Este detalle es crucial: el árbitro no sancionó la falta, sino que fue la reacción física del agredido la que obligó al cese de la jugada.

El VAR como cómplice silencioso

En este punto entra en escena Fernando Espinoza, el encargado de supervisar desde la sala de videoarbitraje las decisiones tomadas en cancha. Su responsabilidad en casos como este resulta fundamental, especialmente cuando el árbitro principal comete un error de tal magnitud que pasa desapercibido. Espinoza no convocó a revisión. No realizó el protocolo establecido para estos casos. Simplemente permitió que la acción quedara en el olvido, sin siquiera proponer que su colega observara las imágenes.

Existe una interpretación que podría explicar, aunque no justificar, esta inacción. El punto exacto donde Cabrera conectó su movimiento sobre Ovando parece haber sido el tobillo, lo que en teoría deja un margen de criterio respecto a si se trataba de una infracción que merecía la expulsión inmediata o una falta disciplinaria que ameritaba tarjeta amarilla. Sin embargo, esta ambigüedad nunca fue presentada a Herrera para que tomara una decisión informada. Espinoza evitó exponer a su compañero a un escenario donde tendría que reconocer públicamente un error, mediante la simple estrategia de no mencionar la jugada. De esta manera, la decisión no se cuestionaba porque técnicamente nunca se había tomado una decisión real: simplemente se ignoró todo lo ocurrido.

Desde la perspectiva de quien analiza estos sucesos, la conducta del árbitro central constituye un error grave e innegable. No se trata de una interpretación controvertible entre especialistas, ni de una zona gris de las reglas de juego. Una plancha dirigida al tobillo, ejecutada a metros de distancia del árbitro, sin que medie razón alguna para no haberla visto, representa una falla profesional de consideración. Especialmente cuando proviene de un magistrado que aspira a estar presente en una Copa del Mundo.

Las protestas finales y el contexto del desorden

Conforme se aproximaba el epílogo del encuentro, la frustración acumulada por los futbolistas de Rosario Central llegó a su punto máximo. Ángel Di María, junto a otros integrantes del plantel canalla, se acercó a Herrera para expresar su descontento. Sin embargo, las reclamaciones no se limitaban únicamente a la agresión perpetrada por Cabrera. Los jugadores también denunciaban otro episodio igualmente grave que había ocurrido minutos antes: un manotazo propinado por un futbolista local sobre Copetti, que tampoco había merecido sanción.

Esta acumulación de decisiones omitidas generó un clima de tensión creciente en el terreno de juego. Los Central sabían que estaban siendo perjudicados sistemáticamente por un arbitraje que parecía favorecer consistentemente a Estudiantes de Río Cuarto. La presencia de Di María en estas protestas adquiere relevancia, no solo porque se trata de una figura de reconocida trayectoria internacional, sino porque su participación evidencia que el descontento no provenía de jugadores menores o excesivamente emocionales, sino de futbolistas experimentados que podían identificar claramente la inequidad del proceder arbitral.

El contexto en el que ocurren estos hechos no puede ignorarse. Herrera llega a este partido precedido de una polémica reciente que dejó dudas sobre su criterio y capacidad de discernimiento. La Dirección Nacional de Arbitraje decidió respaldar su decisión anterior, pero le asignó un encuentro que en teoría requeriría menor nivel de exigencia. La idea, presumiblemente, era que pudiera recuperar confianza sin presiones excesivas. Lamentablemente, lo ocurrido en Río Cuarto demuestra que las cuestiones de fondo en su desempeño permanecen sin resolver. No se trata solamente de interpretaciones polémicas en situaciones límite, sino de incapacidad para detectar infracciones obvias que suceden literalmente ante sus ojos. Para alguien que representará al fútbol argentino en un escenario mundial, esto representa una seria interrogante respecto a su idoneidad para ejercer tales responsabilidades en un contexto de máxima exigencia.