La entidad deportiva de Avellaneda atraviesa una encrucijada que trasciende lo meramente deportivo. Los números que acaba de divulgar públicamente revelan una realidad incómoda: un pasivo acumulado de 34.742.454 dólares que no solo representa un problema administrativo, sino que funciona como ancla para cualquier intento de construcción de un proyecto competitivo. Este dato, presentado en el balance correspondiente al período que cierra en junio de este año, marca un incremento de casi un millón de dólares respecto del ejercicio anterior, configurando un patrón que se repite con angustiante regularidad desde hace casi dos décadas.

Lo que diferencia esta crisis de otras que han azotado a grandes instituciones del fútbol argentino es su carácter estructural. No se trata de un mal momento coyuntural o de decisiones puntuales que pudiesen revertirse con cambios administrativos. La deuda que carga Independiente funciona como una malla que atrapa cada movimiento, cada decisión, cada ilusión. Cuando una institución debe gestionar recursos escasos, la prioridad invariablemente se desplaza desde la construcción de un equipo competitivo hacia la supervivencia financiera. Y eso es exactamente lo que sucede en el predio de Avenida Mitre, donde los balances cierran con números rojos que condiciona todo lo demás.

El largo camino de la deuda: de 29 a 34 millones de dólares

Para comprender la magnitud de lo que enfrenta actualmente el club, resulta ilustrador recorrer el historial de sus pasivos. En 2008, durante la conducción de Comparada, el agujero financiero era de más de 29 millones de dólares. Parecía crítico entonces. Pero cinco años después, bajo la gestión de Javier Cantero, esa cifra se multiplicó dramáticamente. El pasivo trepó hasta 73 millones de dólares, configurando el peor momento de toda la serie histórica. Ese punto de quiebre coincidió con decisiones de transferencias que no rindieron los frutos esperados y con una estructura de gastos que resultó insostenible.

El único paréntesis relativo de alivio se produjo en 2019, durante el período de Moyano. Mediante la venta de activos futbolísticos que habían prosperado tras ganar la Sudamericana de 2017, el club logró reducir significativamente su endeudamiento. Barco fue vendido a Atlanta United por 15 millones de dólares, Meza a Monterrey por 18 millones y Tagliafico al Ajax por 4,7 millones. Estos ingresos permitieron bajar la deuda a 26,6 millones de dólares. Fue un respiro fugaz. Las compras subsecuentes —Gaibor y Silvio Romero a 4,5 millones cada uno, Cecilio Domínguez a 6 millones y Brian Menéndez a 3,5 millones— volvieron a desequilibrar las cuentas. Cuando Moyano dejó el cargo, el pasivo había subido nuevamente a 35 millones de dólares.

La gestión posterior logró una reducción puntual a 27 millones de dólares en 2024, aprovechando incluso una colecta solidaria organizada por un influencer para paliar la crisis. Sin embargo, esa ventana de mejora fue efímera. Las contrataciones deficientes volvieron a dinamitar los números, proyectando nuevamente el pasivo hacia los 34,7 millones de dólares actuales. El patrón es cristalino: períodos breves de contención seguidos de expansiones descontroladas de la deuda, sin que medie una política integral que permita sostener un modelo viable a mediano plazo.

El costo en la cancha: 24 años sin coronarse localmente

Mientras los balances oscilan entre cifras alarmantes, en el campo de juego sucede algo que resulta casi predecible: la sequía de títulos se prolonga sin visos de terminación. Independiente no gana un campeonato local desde el Apertura 2002, hace ya casi un cuarto de siglo. Ese intervalo de más de dos décadas sin celebraciones domésticas representa la brecha más significativa de cualquier club grande del fútbol argentino en la era moderna. Durante este período, el Rojo apenas alcanzó dos semifinales: una en la Copa de la Liga 2021 contra Colón y otra en el Apertura 2025 frente a Huracán. En el contexto internacional, clasificó apenas dos veces a la Libertadores, ambas por ganar las Sudamericanas en 2010 y 2017.

Existe una correlación ineludible entre estas dos realidades: la imposibilidad de generar planteles estables y competitivos está directamente vinculada a la necesidad permanente de vender jugadores para afrontar pasivos heredados o contraídos. Cuando un club debe decidir entre retener a un futbolista de jerarquía o subsistir financieramente, la elección no admite dilaciones. Así fue como bajo la dirección técnica actual, figuras como Ávalos, Lomónaco y Maxi Gutiérrez tuvieron que partir, debilitando proyectos que apenas comenzaban a tomar forma. Este ciclo —contratar para mejorar, no poder sostener lo contratado, vender lo mejor disponible, quedarse con un elenco desdibujado— se repite con la obstinación de un mecanismo sin escape.

La inestabilidad que genera esta situación se proyecta también en la rotación de entrenadores. En apenas cinco años, Independiente ha tenido 12 técnicos distintos: Falcioni, Eduardo Domínguez, Stillitano, Zielinski, Tevez, Vaccari, Quinteros y Viera, además de varios interinatos a cargo de Graf, Serrizuela, Pedro Monzón, Hugo Tocalli y Matheu. Ese número de cambios refleja la incapacidad de construir proyectos de mediano plazo. Cada nuevo entrenador hereda un elenco desmantelado, promete una reconstrucción que debe hacerse con presupuesto limitado, y cuando sus resultados no llegan con la rapidez esperada, es reemplazado. La impaciencia que genera la prolongada sequía de títulos acelera estos cambios, atentando contra la continuidad que todo proyecto futbolístico requiere para madurar.

Los números rojos de los balances contables encuentran así su correlato exacto en los números negativos del rendimiento deportivo. No son dos realidades independientes; son manifestaciones diferentes de la misma crisis. Mientras la deuda persista sin un plan integral de reducción, mientras las decisiones de contratación sigan respondiendo a impulsos que no pueden ser sostenidos financieramente, mientras el ciclo de venta de activos continúe siendo la forma de solventar gastos excesivos, la sequía local persistirá. Los datos históricos sugieren que la situación tiende a complicarse antes de mejorar, y que cada ventana de alivio temporal —como la de 2024— se ve rápidamente revertida por decisiones que repiten patrones ya probados como ineficaces.