Antes del amanecer, cuando la mayoría de Buenos Aires aún duerme, ya hay movimiento en las 40 hectáreas que conforman el Predio de Boca en Ezeiza. Ese es el escenario donde se gesta el futuro deportivo del club más ganador de la historia argentina, un espacio que ha dejado de ser simplemente un lugar de entrenamiento para convertirse en un ecosistema completo donde conviven aspirantes de todas las edades con profesionales de la Primera División. La transformación no fue casual: detrás hay una visión integral sobre cómo debe funcionar una cantera de fútbol en el siglo XXI, donde la formación trasciende lo meramente deportivo. Este reportaje documenta el funcionamiento diario de ese engranaje que, año tras año, produce jugadores listos para competir en el más alto nivel.

El desembarco matutino y la precisión del cronograma

A las 6:10 de la mañana, Diego Soñora ya transita los pasillos del predio. No importa si la escarcha cubre el terreno o si el frío requiere de varios mates para entrar en calor. El Coordinador de las Inferiores del club tiene clara su tarea: preparar el espacio, revisar detalles, asegurarse de que todo funcione como un reloj suizo. Cuarenta minutos después, Blas Giunta se suma a la operación. Ambos son ex futbolistas que escribieron sus propias historias en el club azulejero: Giunta, además, cosechó cuatro títulos durante su paso como jugador por la institución. A las 7:00 de la mañana ya están dispuestos a liderar las distintas categorías. Y cuando el reloj marca las 8:00, todas las divisiones menores ya están en movimiento, realizando sus trabajos específicos en canchas diferentes.

Este sincronismo no es improvisación. Responde a una lógica que comenzó a desarrollarse hace años cuando la dirigencia decidió que Boca necesitaba una infraestructura moderna para competir internacionalmente no solo con su Primera División, sino también generando sus propios talentos desde las categorías infantiles. El predio cuenta con 14 canchas en total: 11 de césped natural y 3 de sintético, una cantidad considerable que permite que múltiples grupos entrenen simultáneamente sin interferencias. La distribución geográfica del espacio fue pensada estratégicamente: cada sector tiene su función, su propósito, su población específica.

Arquitectura de un centro de entrenamiento moderno

Cuando Giunta y Soñora comienzan el recorrido por las instalaciones, la emoción es evidente. No se trata de un protocolo automatizado, sino de dos profesionales que miran con orgullo lo que se ha construido. El gimnasio emerge como uno de los espacios más relevantes: acondicionamiento físico, máquinas modernas, todo diseñado para preparar cuerpos jóvenes según estándares internacionales. Pero lo singular sucede cuando en esa misma sala puede estar Edinson Cavani, el delantero uruguayo que juega en la Primera División, entrenando a metros de distancia de un nene de las categorías menores. Esa proximidad genera un efecto psicológico particular en los más pequeños: ven a los profesionales en acción, asimilan sus movimientos, interiorizan que el trabajo en esa sala es el puente entre donde están hoy y dónde podrían llegar mañana. No es lo usual en muchos clubes del país, donde frecuentemente existe una separación casi física entre profesionales e inferiores.

La lavandería, la utilería, el comedor, los espacios administrativos: cada rincón ha sido diseñado pensando en crear un ambiente integral. Aquí no solo se entrena fútbol. Los pibes desayunan, almuerzan, cenan. Tienen nutricionista a disposición. Conviven prácticamente con sus compañeros, generando un sentido de comunidad que refuerza los lazos necesarios para que el grupo funcione. Giunta reflexiona sobre el contraste con su propia época como jugador: "Cuando nosotros jugábamos no teníamos nada. Era venir a entrenar y después ya está. Acá tienen desayuno, almuerzo, nutricionista, están bien atendidos. Es muy completo. El club invierte muchísimo en ellos, creo que es lo más importante que se les puede dar a los chicos. Nosotros no teníamos eso". Esta comparación generacional destaca cómo la inversión en infraestructura y servicios se ha convertido en un factor diferencial entre una cantera moderna y las estructuras del pasado.

El trabajo se estructura también a través de una comunicación fluida entre departamentos. Mariano Herrón, quien dirige la Reserva, mantiene charlas diarias con Soñora y Giunta. El coordinador de las inferiores explica: "La Reserva es lo que le da el toque final a nuestro trabajo, terminan de pulir lo que nosotros hacemos para después entregárselo al entrenador de Primera. Nosotros charlamos todos los días, hablamos de los chicos, nos pregunta mucho y le vamos contando cómo están. También nos dice qué le hace falta, si necesita un 9 o un 7". Esta estructura piramidal asegura que no existan saltos abruptos entre categorías, sino transiciones orgánicas donde los conocimientos y los observables sobre cada jugador fluyen hacia arriba.

El rol de la dirección y la visión integral

Cuando se menciona la inversión en estas instalaciones, es imposible no hablar de Juan Román Riquelme, actual presidente de Boca, quien desde su rol en la dirección del club ha impulsado este modelo de cantera integral. Según los relatos, Riquelme prácticamente vive en el predio: revisa partidos, observa entrenamientos, se asegura de que todo funcione en orden. Además, aporta su expertise observacional: comenta sobre jugadores que ve en diversos entrenamientos y partidos, retroalimentando el trabajo de los coordinadores. Esto es relevante porque Riquelme fue un jugador de clase mundial, alguien que conoce en profundidad qué se necesita para formar futbolistas de elite.

Los coordinadores mencionan ejemplos concretos del proceso formativo. Hablan de Aranda, un juvenil que en sus inicios ejecutaba movimientos reminiscentes del propio Riquelme: amagues seguidos de remates al primer palo que replicaban la identidad futbolística del club. En otro encuentro, contra Defensa, Aranda hizo un pase que asistió un gol de manera muy similar a los que Riquelme producía. Esto no es casualidad: la cantera de Boca educa a los jugadores en una filosofía específica, en patrones tácticos identificables, en una cultura futbolística que trasciende a los individuos. Los chicos no solo aprenden a jugar bien; aprenden a jugar como Boca entiende que debe jugarse el fútbol.

La jornada en el predio transcurre con ritmo constante. Giunta y Soñora, en medio de sus explicaciones, deben interrumpirse para hablar con otro integrante del equipo, para revisar algún ejercicio que ocurre en las canchas, para atender alguna situación que surge. No es una operación que funcione sobre un guión predeterminado, sino un sistema vivo donde están constantemente tomando decisiones, corrigiendo, observando. El mediodía llega rápido. El recorrido termina formalmente, pero el trabajo continúa: hay almuerzo y hay que llegar a horario, porque por la tarde hay más obligaciones, más categorías, más entrenamientos, más cosas que supervisar.

Implicancias del modelo y perspectivas futuras

La existencia de un predio como este, operando con esta eficiencia y completitud, plantea preguntas sobre el futuro del fútbol argentino en distintos niveles. Por un lado, establece un estándar de infraestructura que otros clubes pueden ver como un objetivo a alcanzar, generando una carrera competitiva por mejorar las canteras. Por otro lado, concentra en Boca una ventaja material tangible: un chico formado en estas condiciones, rodeado de profesionales, con acceso a servicios de nutrición y medicina deportiva de calidad, ingresa al fútbol con herramientas que sus pares en otras instituciones podrían no tener. Las consecuencias deportivas son directas: jugadores mejor preparados, transiciones más fluidas hacia el profesionalismo, menos deserción de talentos por falta de oportunidades. Desde el lado empresarial, una cantera productiva es un activo de valor incalculable: genera ingresos por ventas de jugadores, reduce gastos en contrataciones, fortalece la marca del club a nivel internacional. Sin embargo, también genera expectativas: un predio de estas características requiere de una gestión permanente, de inversiones constantes en mantenimiento, de personal especializado. El sistema solo funciona si es alimentado continuamente con recursos, decisiones acertadas y coherencia estratégica. La fábrica de jugadores de Boca, como dicen sus propios coordinadores, no se detiene nunca.