En el Libertadores de América, mientras los ecos de la silba todavía resonaban en las tribunas, Iván Marcone se plantó en medio del campo de juego para enfrentar una realidad que pesa cada vez más sobre los hombros del equipo rojo. No fue una performance cualquiera la que presenciaron los hinchas el fin de semana pasado: fue el reflejo de una institución que transita una crisis de resultados y que, después de la debacle en la Copa Argentina, encuentra pocos motivos para celebrar. El empate sin goles frente al conjunto mendocino llegó como una gota más en un vaso que ya estaba rebosante de frustración, y la reacción de la platea no se hizo esperar. Gritos de repudio, cánticos pidiendo cambios drásticos en la estructura dirigencial: la presión está al máximo.
El mediocampista central no esquivó el micrófono ni buscó escapar de la responsabilidad que comparte con sus compañeros. Su autocrítica fue frontal y sin vueltas: reconoció que existe una deuda pendiente tanto con la afición que los sostiene como con el propio equipo, que arrastra el peso de haber sido eliminado hace poco tiempo de forma contundente y dolorosa. Esa caída 4-0 ante Atlético Tucumán en octavos de final dejó heridas profundas que aún no cicatrizan. Para un club con la historia y la jerarquía de Independiente, semejante desempeño no es un simple tropiezo en la ruta: representa un quiebre en las expectativas y una puesta en cuestión de todo lo que se está haciendo dentro de la institución. Marcone, como capitán, siente esa responsabilidad con intensidad y no pretendió diluirla en excusas.
Un equipo buscando su identidad con un técnico nuevo
Lo paradójico del momento que transita Independiente es que, apenas con puñados de entrenamientos bajo la batuta de Jadson Viera, el equipo ya ha estado en la cancha demostrando intenciones distintas a las de hace apenas algunos días. Marcone destacó precisamente eso: el trabajo realizado en esos pocos días de laborioso entrenamiento logró plasmarse, al menos parcialmente, en el rendimiento. El volante reconoció que se enfrentaban contra un rival de envergadura, que la tarea no fue sencilla, pero que con el correr de los minutos el Rojo fue encontrando un equilibrio en el campo. Hubo momentos en los cuales Independiente fue protagonista, generó ocasiones y pudo haber resuelto el encuentro a su favor si la pelota hubiese entrado en la red.
La ausencia de gol fue especialmente dolorosa considerando que estaban jugando de local, en el estadio que históricamente ha sido un reducto de fortaleza para la institución. Marcone enfatizó que, bajo esas circunstancias, no hay más alternativa que la victoria. El empate, desde esta perspectiva, representa un fracaso en el objetivo establecido. Lo que resulta especialmente frustrante es que hubo una ocasión clarísima que pudo haber desatado la celebración: un cabezazo de peligro considerable que fue anulado por una reacción soberbia del arquero rival, quien se lanzó sobre su izquierda con la precisión de quien conoce su oficio a la perfección. Bolcato, el portero de la Lepra, fue la barrera que se interpuso entre Independiente y ese aire de alivio que el equipo necesitaba con urgencia.
La angustia de no poder dárselo a la gente que lo merece
Más allá del análisis técnico-táctico del encuentro, Marcone volcó su preocupación hacia un aspecto que trasciende los números en la tabla de posiciones: la incapacidad de brindar alegría a quienes, día tras día, sostienen al club. Ese es el verdadero problema que mantiene despierto al capitán. Cuando se repite la frase "no pudimos darle una alegría a la gente" con la intensidad que él la expresó, se está comunicando algo más profundo que la simple aceptación de un mal resultado. Se trata del reconocimiento de que existe una grieta entre lo que la afición merece y lo que el equipo está en condiciones de entregar en este momento. La bronca mencionada por Marcone no es solo suya; es también la del público que vio cómo su equipo no pudo convertir lo que generó, cómo quedó a merced de una actuación digna del rival pero insuficiente para ganar.
Este contexto cobra aún más relevancia si se observan los números que cercan al equipo. En los últimos cinco encuentros disputados, Independiente ha perdido en tres ocasiones. Eso significa que gana apenas uno de cada dos partidos, un promedio que resultaría inaceptable para cualquier institución que aspire a competir por los objetivos importantes de la temporada. El único resquicio de luz había aparecido días antes con la victoria 3-1 sobre Lanús, un resultado que generó cierta ilusión sobre la posibilidad de un despegue. Sin embargo, esa ventisca de optimismo no pudo sostenerse y colapsó rápidamente ante la realidad de un equipo que sigue sin encontrar la consistencia necesaria para alejarse del pantano en el que está hundido.
Marcone proyectó la mirada hacia el próximo desafío: enfrentar a Gimnasia en Mendoza el domingo siguiente representará una nueva oportunidad para revertir la tendencia negativa. Lo expresó como una necesidad imperiosa, no como una opción. Su discurso fue el de alguien que comprende que el tiempo de los ajustes y las explicaciones se agota, que la tolerancia de la hinchada tiene límites y que cada partido que transcurre sin victorias acerca más el desasosiego. El nuevo entrenador apenas comienza su labor y los resultados aún no acompañan los trabajos realizados en la semana. Para que Jadson Viera pueda consolidar su propuesta futbolística, Independiente necesita desesperadamente comenzar a ganar, a acumular puntos, a demostrar que existe un proyecto viable en el horizonte cercano.
Las consecuencias de esta racha de resultados deficientes pueden desplegarse en múltiples direcciones. Por un lado, la paciencia de una hinchada históricamente apasionada y exigente tiende a agotarse cuando los fracasos se suceden sin interrupciones de celebración. La presencia de hinchas manifestando su descontento incluso antes del partido, como ocurrió en este encuentro, evidencia un clima tenso que podría deteriorarse aún más si los resultados continúan siendo los mismos. Por otro lado, desde el punto de vista futbolístico, los técnicos nuevos requieren de un período de adaptación que normalmente se construye sobre la base de resultados positivos que generen confianza en su propuesta. Sin esa base, el desgaste emocional y la presión pueden acelerar procesos de cambio que suelen ser contraproducentes. Finalmente, desde la perspectiva competitiva de la temporada, cada punto perdido representa una distancia mayor respecto de los objetivos establecidos al inicio del campeonato. Los números, eventualmente, hablan por sí solos.



