Cuando el reloj del Mundial marcaba el final, Leandro Paredes ya tenía la cabeza puesta en otra cosa. Cuatro jornadas después de cerrar su ciclo en la competencia internacional con la Selección Argentina, el mediocampista xeneize volvía a pisar el césped de la Bombonera para enfrentar a O'Higgins en el marco de los playoffs de la Copa Sudamericana. Lo notable del asunto no radica únicamente en la velocidad con que retornó a la actividad, sino en la decisión del técnico Fernando Arruabarrena de incluirlo desde el inicio, confiándole incluso la capitanía. El desenlace fue contundente: victoria local por 1-0, con Paredes como uno de los principales ejecutores de un juego que permitió dar el primer paso en la serie eliminatoria. Este regreso acelerado dejó en evidencia tanto el desgaste acumulado como la jerarquía de un futbolista que, pese al agotamiento, no dudó en ponerse al servicio del equipo.

El viaje relámpago y la presentación inmediata

El lunes por la noche Paredes tocó suelo argentino. La travesía desde los escenarios mundialistas representaba un cambio abrupto de ritmo: de la máxima competencia internacional a una cancha donde debía volver a demostrar su nivel en el fútbol doméstico. No obstante, su determinación fue absoluta. Ya en la mañana del martes se presentaba en el predio de entrenamiento para reencontrarse con sus colegas y someterse nuevamente a las indicaciones técnicas de su entrenador. Esta celeridad en incorporarse no fue casual: Paredes entendía la urgencia de los compromisos que se aproximaban y quería estar disponible sin dilaciones.

Al llegar a la cancha de entrenamientos, el volante dialogó directamente con Arruabarrena sobre su estado físico y emocional. "Le comenté al Vasco que podía contar conmigo, que estaba dispuesto a colaborar en lo que fuera necesario tanto para él como para la institución y mis compañeros, aunque la determinación final quedaba en sus manos", expresó el jugador días después. Luego agregó, con una honestidad que caracteriza su desempeño: "En realidad estaba agotado. Dudaba de si tendría la capacidad de sostenerme noventa minutos sobre el terreno de juego". Este tipo de comunicación abierta entre futbolista y cuerpo técnico, donde se expresan tanto las disponibilidades como las limitaciones reales, constituye un indicador de madurez profesional.

Una actuación que desafió la fatiga acumulada

La noche del encuentro ante los chilenos llegó y Paredes saltó a la cancha luciendo el brazalete de capitán. Los 50 días intensos de competencia internacional podrían haber justificado un desempeño apagado, pero ocurrió todo lo contrario. El mediocampista desplegó una actuación que mostró personalidad, templanza táctica y, sobretodo, liderazgo dentro del mediocampo. Su contribución más palpable para los espectadores fue un pase de gran envergadura hacia Miguel Merentiel que terminó convertido en el tanto que decidió la contienda. Este tipo de acción sintetiza lo que Paredes representa para Boca: un articulador del juego que, incluso bajo circunstancias adversas, encuentra la manera de influir en el resultado.

Lo paradójico del asunto radica en que el propio Paredes reconoció haber cuestionado su capacidad para completar el encuentro. "Pensaba que no iba a poder jugar todo el partido", manifestó. Sin embargo, la combinación de su experiencia acumulada, su sentido de responsabilidad hacia la institución y la confianza depositada por Arruabarrena confluyen en un resultado que nadie esperaba con tanta claridad. El director técnico, en la conferencia posterior al encuentro, no dudó en evaluar la contribución del futbolista: "Leandro representa cosas que no alcanzan las palabras para describirlas dentro del grupo". Esta caracterización trasciende lo meramente futbolístico para adentrarse en aspectos vinculados al compromiso, la jerarquía y la función de referente que un capitán debe ejercer.

El descanso obligatorio como muestra de gestión inteligente

Aquello que muchos pasaron por alto fue la decisión de Arruabarrena de aplicar un freno sobre el futbolista apenas concluyó el choque contra O'Higgins. El técnico no permitió que Paredes continuara operando al máximo nivel sin pausa alguna. "Me obligó a tomarme dos jornadas de recuperación, que seguramente acepte porque fue un período de 50 jornadas realmente extenuantes y estaba verdaderamente fatigado", reconoció el volante. Este gesto del entrenador refleja una perspectiva que privilegia la sustentabilidad del rendimiento por sobre la explotación inmediata del talento disponible. En el fútbol contemporáneo, donde los calendarios son cada vez más comprimidos y las exigencias físicas aumentan sin cesar, este tipo de decisiones adquieren relevancia estratégica.

La realidad que circunda a los futbolistas de alto nivel es que las cargas de trabajo acumuladas durante torneos internacionales de la magnitud de un Mundial implican desgastes multidimensionales: físico, mental y emocional. El cuerpo requiere tiempos específicos para recuperarse, los reflejos necesitan recalibrarse, y la concentración debe renovarse. Arruabarrena, con su decisión, demostró comprender estas variables. Obligar a Paredes a descansar no fue un castigo sino una inversión en la continuidad del futbolista a lo largo de la temporada. La presencia de un capitán disponible y en condiciones óptimas resulta más valiosa a mediano plazo que su participación forzada en compromisos consecutivos.

Lo que sucedió en el predio xeneize durante esa semana particular ilustra una dinámica que trasciende el anecdotario de un partido específico. Paredes retornó al país con la determinación de contribuir, Arruabarrena le permitió hacerlo evaluando tanto sus capacidades como sus limitaciones, el futbolista respondió en la cancha demostrando que el liderazgo no se agota en el rendimiento físico, y el técnico reconoció cuando era momento de frenar la máquina. Esta secuencia de decisiones y acciones, cada una calibrada según circunstancias concretas, configura el tipo de gestión que diferencia a los entrenadores competentes de aquellos que simplemente alinean once jugadores. El mensaje que proyectó Paredes hacia el interior del grupo fue inequívoco: incluso agotado, incluso recién desembarcado de una competencia exigente, la responsabilidad institucional y el compromiso hacia los compañeros prevalecen. Y toda la organización xeneize lo supo reconocer, valorar y, en su momento, proteger.