Cuando se cierra el telón de una campaña futbolística sin los resultados esperados, quedan imágenes que resumen mejor que cualquier análisis lo que sucedió adentro de la cancha. La de Leandro Paredes en el piso de la Bombonera, observando cómo el árbitro Pablo Echavarría indicaba el final del encuentro ante Huracán, representa mucho más que un simple gesto de resignación. Es la fotografía de un ciclo que no terminó como se imaginaba, de un futbolista que carga sobre sus espaldas el peso de la responsabilidad máxima en un club donde cada partido es una batalla. La derrota ante el Globo no fue apenas un tropiezo más en la temporada: significó la despedida del Apertura para el conjunto de La Boca y, simultáneamente, la confirmación de una tendencia que preocupa en el entorno del club.
El regreso y sus promesas incumplidas
Desde que Paredes regresó a Boca hace varios meses, el club y su hinchada depositaron expectativas considerables en su liderazgo. No se trataba únicamente de su capacidad para resolver partidos desde lo futbolístico, sino de su rol como referente que trasciende lo que ocurre entre los arcos. Un capitán moderno debe influir en la táctica, en la motivación, en la comunicación con el cuerpo técnico y en la proyección que el club proyecta hacia adentro y afuera. Todo eso recayó sobre los hombros del mediocampista, quien asumió esa responsabilidad con la seriedad que el cargo demanda. Sin embargo, los resultados en los momentos críticos no acompañaron esa intención.
Esta caída ante Huracán no representa la primera vez en la actual etapa que Paredes se ve inmerso en una eliminación. Anteriormente, ya había experimentado situaciones similares en dos oportunidades que marcaron su vuelta. La primera ocurrió tempranamente, durante el segundo partido con la camiseta xeneize nuevamente, cuando Atlético Tucumán lo eliminó en la Copa Argentina 2025. La segunda sucedió en diciembre pasado, cuando Racing derrotó a Boca en la llave del Clausura. Tres eliminaciones en el horizonte de su regreso trazan un patrón que va más allá de la coincidencia: revelan dificultades estructurales para que un futbolista, por más talento que posea, pueda resolver por sí solo encuentros donde los rivales se replantean tácticamente y contraatacan con disciplina.
La física, el cansancio y la falta de descanso
Lo que sucedió ante Huracán, particularmente durante el segundo tiempo y la prórroga, mostró a un Paredes distinto al que se vio en sus mejores actuaciones previas. No fue solo cuestión de ausencia de control del juego o de efectividad en sus pases; hubo elementos físicos que llamaron la atención. A lo largo del partido, se observó una soltura reducida respecto a la que regularmente exhibe, acompañada por gestos que sugerían incomodidad corporal. El desgaste fue evidente, especialmente en la segunda mitad del alargue, cuando el cuerpo comienza a reclamar descanso que no llegó.
El origen de este agotamiento físico se remonta a un evento sucedido tiempo atrás. Durante el superclásico disputado el 19 de abril, una molestia muscular lo aquejó en la primera mitad del encuentro. A partir de ese momento, aunque su equipo resolvió alternarlo en algunos compromisos, prácticamente no tuvo respiro. Cuatro días después del superclásico, cuando enfrentó a Defensa y Justicia en Varela, ingresó en el segundo tiempo e incluso participó en tres de los goles que generaron una goleada de 4-0. Luego viajó a Belo Horizonte para jugar contra Cruzeiro en condiciones de inferioridad numérica durante la mitad del partido. No se ausentó tampoco cuando Boca viajó a Santiago del Estero para visitar a Central Córdoba, acumulando minutos en cancha. Y la semana previa al encuentro eliminatorio con Huracán, tuvo que trasladarse a Guayaquil para disputar un partido bajo condiciones climáticas adversas, con el campo mojado por una tormenta violenta que precedió al partido, lo cual tornó el trámite del encuentro particularmente exigente desde el punto de vista físico.
Esa seguidilla de compromisos, sin pausas para recuperación, configura un escenario donde incluso un futbolista de la jerarquía de Paredes encuentra limitaciones concretas para expresar su potencial. Si bien en el encuentro ante Huracán generó el pase que permitió el empate parcial de Milton Giménez, ello no fue suficiente para inclinar la balanza. La falta de soltura en el despliegue físico, los signos de dolor visibles en su modo de caminar especialmente en los tramos finales del partido, la ausencia de esa capacidad para romper líneas defensivas retraídas que lo caracteriza en sus mejores momentos: todo ello formó parte de una actuación que, sin ser deficiente en términos absolutos, quedó por debajo de lo que un jugador de su calibre requiere para definir una llave eliminatoria.
El silencio como respuesta
Habitualmente, Paredes utiliza sus redes sociales como medio de comunicación directo con la afición cada vez que algo significativo sucede en su carrera deportiva, sea positivo o negativo. Tras fracasos previos, suele publicar mensajes de reflexión o promesas de revancha. Sin embargo, tras la derrota ante Huracán, optó por un camino distinto: el silencio. Esa ausencia de palabras se extendió durante la noche del sábado y la mañana del domingo, un mutismo que resultó ensordecedor. Quizás porque en ciertas ocasiones las palabras resultan insuficientes, porque ningún comunicado puede capturar la magnitud de la frustración, o simplemente porque no hay discurso que justifique un resultado que cierra puertas. La imagen del capitán en el piso, entonces, se convirtió en su único mensaje: la resignación hecha fotografía, la impotencia de quien intentó todo pero encontró límites.
Este silencio contrasta significativamente con la verborragia que muchas veces rodea las eliminaciones en el fútbol profesional. No hubo defensas en redes, no hubo justificaciones, no hubo promesas de revancha inmediata. Solo la realidad cruda de una temporada que terminó antes de lo esperado, de objetivos que quedaron en el camino y de un liderazgo que, por más fuerte que sea la personalidad de quien lo ejerce, encuentra sus límites cuando el colectivo no responde en los momentos de máxima presión. La ausencia de comunicación resultó quizás más efectiva que cualquier párrafo cuidadosamente redactado.
Implicancias futuras y perspectivas abiertas
Lo que sucedió en la Bombonera abre interrogantes sobre varios aspectos de la institución xeneize. Primero, la gestión de la carga física de sus futbolistas clave durante períodos de disputas simultáneas resulta cuestionable: ningún jugador, independientemente de su talento, puede rendir al máximo cuando se le exige participación continua sin períodos de recuperación. Segundo, la dependencia excesiva de un único futbolista para resolver encuentros complejos expone debilidades tácticas y colectivas que trascienden lo individual. Tercero, la evaluación de un capitán no puede basarse únicamente en su desempeño en cancha, sino en cómo el equipo completo responde a su liderazgo. En este ciclo que termina, la ecuación no cerró de la manera esperada.
De cara al futuro, diversas lecturas pueden hacerse de esta situación. Desde una perspectiva optimista, podría argumentarse que se trata de un bache transitorio, que el descanso y la recuperación física permitirán a Paredes retomar el nivel exhibido en sus mejores presentaciones. Otros análisis sugieren que la intensidad de las competiciones actuales requiere una redistribución más equitativa de responsabilidades dentro del plantel, evitando la sobrecarga de figuras individuales. También existe la posibilidad de que se replantee la estructura táctica del equipo para que no dependa tan críticamente de lo que un solo futbolista pueda aportar en momentos de estrés competitivo. Lo que parece innegable es que la imagen de Paredes en el piso, mirando cómo se cierra un capítulo, quedará en la memoria como un registro de límites que el talento individual no siempre logra superar cuando las circunstancias externas no acompañan.



