Un fantasma recorre los entrenamientos de Racing desde hace semanas. No es invisible ni abstracto: se materializa cada vez que un rival cuelga un balón desde la distancia y sus defensores pierden concentración por fracciones de segundo. Cinco goles en apenas tres encuentros —todos producto de jugadas aéreas— representan más que una estadística preocupante; constituyen el síntoma visible de un problema sistémico que atraviesa la estructura defensiva del equipo de Avellaneda y que, lejos de resolverse, parece profundizarse con cada presentación oficial.

El desembarco de Chirolaé Romero en el banquillo académico, designado como conductor interino hasta diciembre, no logró detener una tendencia que ya acosaba al equipo bajo la dirección de Juan Pablo Vojvoda. El antecedente más reciente y traumático que llevó a la salida del anterior técnico fue precisamente un encuentro donde los goles por juego aéreo jugaron un papel determinante. En el Gigante de Arroyito, durante los cuartos de final de la Copa Argentina, el combinado verde y blanco sufrió una remontada desconcertante: después de conducir 2-0, permitió que el rival convirtiera tres tantos, dos de ellos mediante remates de cabeza que expusieron toda la debilidad de una línea defensiva desorganizada.

El patrón que se repite: tres partidos, cinco goles en el aire

La secuencia que inquieta a propios y extraños comenzó mucho antes de la salida de Vojvoda. En el enfrentamiento contra Sarmiento, con un marcador de 3-1, Junior Marabel aprovechó un centro llegado desde la derecha tras una combinación que dejó expuesto el costado defensivo. Apenas iniciada la primera mitad, el equipo ya acusaba la fragilidad que lo perseguiría en las siguientes presentaciones. Lo preocupante no fue solo el gol en sí, sino la manera en que se produjo: una secuencia donde la coordinación entre defensores se desmoronó ante un envío aéreo básico.

Sin embargo, fue en el clásico contra Boca donde esta debilidad alcanzó dimensiones alarmantes. Enner Valencia, delantero ingresado al campo de juego transcurridos apenas once minutos del segundo tiempo, se convirtió en pesadilla de la zaga académica. El atacante ecuatoriano redefinió el partido con un despliegue aéreo que parecía sacado de un manual de efectividad. Tres remates de cabeza en poco más de una hora de juego: el primero tras perder marca Leonel Pérez en zona de córner; el segundo ejecutado con precisión tras superar a Escudero en altura; el tercero culminando una secuencia donde Mateo Martínez resbaló facilitando el trabajo al delantero. El hat trick aéreo no solo costó puntos en una competencia de importancia, sino que golpeó emocionalmente al equipo en un momento de fragilidad institucional.

Más allá de los números: una vulnerabilidad estructural sin resolver

La presentación más reciente ante Estudiantes de Río Cuarto, aunque resultó favorable en el resultado (2-1), replicó el mismo libreto perturbador. Mauro Valiente, en el segundo tiempo avanzado, remató de cabeza luego de que Gabriel Alanís enviara un córner desde la banda izquierda. La defensa académica, nuevamente expuesta, no logró contener la llegada del rival en zona aérea. Lo inquietante es que el equipo volvió a sufrir otra aproximación peligrosa por la misma vía momentos después, consecuencia de una salida deficiente donde Facundo Cambeses no pudo controlar adecuadamente el balón. Tras concluir el encuentro, uno de los referentes del equipo reconoció públicamente la necesidad de trabajar sobre estas carencias, destacando que detalles de esta naturaleza pueden definir encuentros de mayor envergadura.

Cuando se analiza el panorama defensivo completo de Racing en la competencia doméstica, las cifras adquieren dimensiones todavía más preocupantes. El conjunto avellanedense integra un selecto grupo de equipos que más tantos ha recibido en la campaña: 17 goles en contra, cifra idéntica a la de Banfield, Aldosivi y Platense. Apenas dos equipos tienen un balance peor: Unión con diecinueve y Talleres con dieciocho. La solidez defensiva, elemento fundamental en cualquier proyecto futbolístico competitivo, representa una asignatura pendiente que trasciende los problemas puntuales del juego aéreo.

Los entrenamientos de la semana, bajo la supervisión de Romero, han enfatizado el trabajo sobre comportamientos defensivos y coordinación en zona. Sin embargo, la experiencia sugiere que las correcciones de este tipo requieren más que una semana de laburo específico: necesitan un reposicionamiento mental y táctico donde cada jugador internalice sus responsabilidades dentro del esquema. Los problemas de marca individual, de anticipación, de lectura de juego y de comunicación entre líneas no se resuelven con entrenamientos puntuales sino con un proceso que demanda consistencia y claridad desde el cuerpo técnico.

De cara a los próximos encuentros, Racing se encuentra en una encrucijada donde la urgencia por mejorar convive con la complejidad de transformar patrones que se han instalado profundamente en el funcionamiento colectivo. Las competencias que restan, particularmente aquellas que ofrecen posibilidades de gloria deportiva, exigirán un cambio sustancial en la capacidad defensiva. Los rivales ya conocen la vulnerabilidad; los equipos que juegan con intensidad aérea encontrarán en la Academia un escenario favorable. La respuesta institucional, tanto en lo táctico como en lo mental, será decisiva para definir si este patrón de fragilidad se perpetúa o si, por el contrario, Racing logra recomponer su estructura defensiva antes de que las consecuencias se vuelvan irreversibles.