La Academia continúa su caída libre en la competencia internacional. En territorio brasileño, ante Botafogo, Racing encajó un nuevo revés que agrava su situación en la Copa Sudamericana: perdió 2-1 durante la cuarta jornada de la fase inicial. El resultado no solo significa tres puntos menos en la tabla, sino también la confirmación de una tendencia preocupante que tiene a la institución de Avellaneda atrapada sin poder romper la inercia negativa que la mantiene sumida en una racha de siete encuentros sin victorias.

Lo que pudo haber sido una noche de contención se transformó en un nuevo acto de resignación. Con el marcador empatado en la primera mitad, Racing permitió que sus rivales aprovecharan una acción aislada para volcarse al frente del tablero. Esa vulnerabilidad expuesta en un momento de relativa estabilidad futbolística resultó ser la brecha que definió el encuentro. No se trató de un dominio arrollador del equipo carioca, sino de la incapacidad defensiva del conjunto de la provincia de Buenos Aires para frenar las oportunidades que se le presentaban al contrincante. El gol tardío consolidó una derrota que deja al equipo dirigido por Gustavo Costas fuera del control de su propio destino dentro de este torneo continental.

El responsable toma la palabra

Pasada la cancha, fue Santiago Sosa, quien hasta hace poco comandaba la defensa como lateral y que en los minutos finales debió cubrir la portería tras la expulsión de Facundo Cambeses, quien asumió públicamente el fracaso colectivo. El capitán de 27 años, visiblemente afectado por lo que acababa de ocurrir, se dirigió a los medios con un tono que evidenciaba el desgarro interno de quién viste el brazalete en momentos turbulentos. Su mensaje no fue el de alguien buscando excusas o responsables ajenos, sino el de un jugador que carga sobre sus hombros la frustración de no poder revertir una situación que se vuelve cada vez más compleja.

En sus declaraciones, Sosa fue directo al reconocer que durante gran parte del partido su equipo había mantenido cierto nivel de juego aceptable. El empate inicial le permitía a Racing creer que podía extraer un resultado positivo de esa actuación. Sin embargo, detalló cómo una sola jugada sin mayores complejidades bastó para que el rival pusiera el marcador en contra. Pero lo crucial no fue la descripción táctica de ese momento, sino su énfasis en que esas fallos puntuales, esos errores de concentración o de ejecución, eran responsabilidad exclusiva de los integrantes del equipo. No hubo apelaciones al arbitraje ni cuestionamientos sobre decisiones discutibles. Solo la aceptación incómoda de que Racing se estaba auto-saboteando, partido tras partido.

Siete juegos sin ganar: una rueda sin frenos

La magnitud de la crisis toma forma cuando se contemplan los números. Siete encuentros consecutivos sin conocer la victoria representan una cantidad significativa de oportunidades desperdiciadas, de puntos que se escapan entre los dedos, de partidos que debieron haberse ganado pero terminaron en empates o derrotas. En el contexto de una competencia de grupos donde cada equipo juega una cantidad limitada de encuentros, perder siete seguidas es prácticamente agotar las chances de clasificación de manera favorable. Sosa, en su descargo, reconoció que esta no era una mala racha causada por la mala fortuna o circunstancias externas, sino el resultado de fallos internos que antes no tenían la misma repercusión pero que ahora, en un contexto de menor margen de error, resultaban fatales.

El capitán insistió en que no existía un misterio detrás de la solución a este problema. Su análisis fue pragmático hasta la brutalidad: más concentración, más intensidad en los entrenamientos, reducir al máximo esos instantes de despiste que costaban caro. Sosa habló de "achicar el margen de error", una expresión que resume perfectamente la tarea pendiente. No se trata de reinventar el fútbol ni de buscar revoluciones tácticas, sino de ejecutar lo básico con consistencia. El equipo técnico, encabezado por Costas, también fue mencionado como parte de ese dolor compartido, esa responsabilidad colectiva que trasciende el terreno de juego.

Lo notable en el discurso del defensor fue la intensidad emocional con la que expresó el malestar. No utilizó frases amables ni intentó suavizar el mensaje con optimismo forzado. Sosa admitió que "duele" más que a cualquier otro la realidad que estaban atravesando. Esa sinceridad, ese reconocimiento de que el equipo y su cuerpo técnico estaban atrapados en una situación que los afectaba profundamente, funcionó casi como una catarsis. Al menos, no había negación ni evasivas: se sabía exactamente cuál era el problema y, aunque no tuviera una solución inmediata, se estaba siendo honesto respecto a la angustia que generaba.

Las implicancias de esta derrota van más allá del resultado inmediato. Para Racing, la clasificación a los dieciseisavos de final de la Sudamericana ya no depende exclusivamente de su desempeño futuro, sino también de otros resultados en el grupo. La ventana para recuperarse se estrecha con cada jornada que pasa. Al mismo tiempo, la confianza interna del equipo debe estar tocando piso, considerando que siete partidos sin victorias generan dudas sobre la capacidad colectiva. El proceso de reconstrucción emocional y futbolística que deberá enfrentar Racing en los próximos encuentros será tan importante como la propia ejecución táctica. La pregunta que flota es si el discurso de autocrítica y de "apretarse los dientes" será suficiente para romper una inercia que parece tener vida propia, o si será necesario un cambio más profundo en la estructura y en las certezas del equipo.