A veces el fútbol funciona así: cuando todo parece derrumbarse, cuando los números rojos se acumulan en la tabla de posiciones y la frustración amenaza con consumir vestuarios enteros, aparece una tarde que lo cambia todo. Eso fue lo que sucedió el viernes pasado en el estadio Guillermo Laza, cuando Deportivo Riestra finalmente pudo abrir el champagne después de un período tan oscuro que parecía no tener fin. El equipo del barrio de Flores logró vencer a Independiente con un contundente 2-0, resultado que representa mucho más que tres puntos en la tabla: es la quiebre de una maldición que llevaba durando demasiado tiempo.
Los goles llegaron de las botas de Mariano Bracamonte y Pedro Ramírez, que se encargaron de sellar una victoria que el equipo que dirige Guillermo Duró necesitaba con urgencia. Pero para entender realmente la magnitud de lo ocurrido, es necesario retroceder en el calendario y adentrarse en los abismos estadísticos que Riestra ha arrastrado durante toda esta temporada 2024. Porque este triunfo no es simplemente un partido ganado. Es el fin de una sequía anotadora que alcanzaba los 560 minutos de juego sin poder convertir un solo gol. Casi diez horas de fútbol en las que la pelota se negó a entrar en el arco rival, en partidos donde todo se volvió gris y donde la ilusión parecía un artículo de lujo.
Un año sin gloria: la cadena de fracasos que precedió al quiebre
Repasando esa sequía, los números hablan de una angustia progresiva. Los últimos encuentros sin gol incluyeron presentaciones contra Unión e Instituto en competencia local, además de los duelos contra Talleres, Palestino y Gremio en la Copa Sudamericana. El balance de esos cinco compromisos arrojaba cuatro derrotas y apenas un empate, una realidad demoledora para cualquier plantel. Y si ampliamos la lente hacia todo lo que va del año, el panorama se vuelve aún más desalentador: Riestra apenas pudo anotar cinco goles en toda la temporada. Cinco. Un número que debería hacer temblar a cualquier estructura deportiva que se precie de serlo.
Pero la tragedia no terminaba en la falta de gol. El viernes pasado fue también el fin de otra racha que perseguía al equipo blanquinegro como un fantasma: 186 días sin poder ganar un partido. Casi seis meses. La última vez que Riestra había festejado una victoria de esa manera fue el 23 de noviembre del año anterior, cuando vencieron a Instituto por la mínima diferencia en la jornada 13 del Clausura 2025. Desde entonces, un interminable desfiladizo de empates y derrotas que mantenía al equipo en el fondo de la tabla sin posibilidades reales de resurgimiento.
Números negros: la radiografía de una campaña decepcionante
La radiografía del equipo de Duró en la Zona B del Apertura pintaba un cuadro desolador antes de este viernes. Con tan solo siete puntos acumulados a partir de siete empates y siete derrotas, Riestra ocupaba sin ambigüedades el último lugar de la tabla de posiciones. El promedio de desempeño resultaba casi insultante para una institución con historia como la del Malevo. Y si hablamos del desempeño en casa, la situación no mejoraba en lo absoluto: llevaban exactamente diez partidos sin ganar en condición de locales en el estadio Guillermo Laza, un dato que pesaba como una losa sobre los hombros de los jugadores y que finalmente se vino abajo con este resultado.
Lo que hace particularmente especial este triunfo es que vino en el contexto de una temporada prácticamente ya perdida para Riestra. Con la derrota de Independiente en el Bajo Flores, el Rojo desaprovechó una oportunidad valiosa para certificar matemáticamente su clasificación a los octavos de final del torneo en cuestión. Pero mientras el equipo de Gustavo Quinteros se iba con las manos vacías y los brazos caídos, el local podía permitirse el lujo de levantar la cabeza y respirar oxígeno después de tanto tiempo bajo el agua. Con los tres puntos de la victoria, Riestra alcanzó los diez puntos, un número que aunque no le abre puertas hacia los playoffs, al menos cierra una brecha psicológica importante y permite que el equipo termine la fase regular con un sabor menos amargo.
Es cierto que estas luces de esperanza no transforman la realidad de una campaña que ya pasó a la historia como fallida. Los analistas y los hinchas saben que el ascenso a octavos definitivamente no llegará para el equipo de Flores. Pero en el fútbol, como en la vida misma, a veces lo más importante es recuperar la fe en uno mismo, romper las cadenas invisibles que parecen atraparte para siempre. Y eso es exactamente lo que consiguió Deportivo Riestra el viernes pasado: demostrar que todavía tenía gasolina en el tanque, que los fantasmas del pasado podían exorcizarse con una tarde bien jugada. Los 2-0 ante Independiente servirán como punto de apoyo para la pretemporada que viene, como prueba de que el derrumbe no es irreversible y que, con trabajo y correcciones, este equipo puede volver a ser competitivo.

