La reestructuración del elenco de Boca Juniors no es un proceso lento ni contemplativo. Es una intervención quirúrgica sin anestesia. En los últimos días se confirmó lo que muchos intuían: Edinson Cavani, el delantero uruguayo que llegó con expectativas renovadas a la institución, tendrá que buscar destino en otro lugar. El club decidió rescindir su contrato, que se extendía hasta diciembre de este año. Antes que él, ya se había ejecutado la salida de Ander Herrera, el mediocampista español cuya trayectoria lo vinculaba con las élites europeas. Ambos fueron compañeros en París hace apenas unos años; hoy simplemente no encajan en lo que Juan Román Riquelme y su equipo técnico, liderado por Rodolfo Arruabarrena, pretenden construir a partir de esta semana. Pero lo que llama la atención no es tanto quiénes se van, sino cuántos más están a la espera de que les comuniquen lo mismo.

Un diagnóstico implacable

Cuando un club comienza a revisar su plantel de manera integral, suelen emerger nombres que llevaban tiempo en la periferia sin que nadie realmente lo reconociera. En Boca, la limpieza ya ha puesto de manifiesto qué sucedía en las sombras. Nicolás Orsini es quizás el caso más elocuente. Este delantero regresó al club a inicios de año luego de una cesión en Platense, pero desde el primer instante quedó claro que no tendría cabida en la estructura que se estaba configurando. Durante más de tres años no disputó un encuentro oficial con la camiseta boquense. Mientras tanto, se entrenaba separado del resto del conjunto profesional en las instalaciones de Boca Predio, como si fuera un jugador en tránsito hacia la salida. Su contrato finaliza en diciembre, y los dirigentes ya trabajan en darle por terminada su vinculación. A lo largo de su estadía, Orsini sumó 36 presentaciones y anotó apenas tres goles. Su ciclo, aunque formalmente continuaba, de facto había terminado hace mucho tiempo.

Situación prácticamente idéntica vive Juan Ramírez. Este futbolista también retornó tras un préstamo en Lanús sin que Arruabarrena lo considerara prioritario. Como Orsini, ha permanecido entrenando alejado del plantel principal durante meses. Hace casi dos años que no participa en encuentros oficiales. Su contrato también vence en diciembre, y todo indica que en los próximos días se formalizará su desvinculación. El patrón es evidente: jugadores que regresaban de préstamos sin perspectivas claras fueron simplemente apartados, como si la institución necesitara identificar primero quiénes realmente no tenían futuro antes de tomar decisiones definitivas.

Casos en transición y territorios grises

Lucas Janson ocupa un territorio intermedio más complejo. Durante buena parte del año estuvo relegado al ostracismo deportivo, pero cuando las lesiones golpearon el plantel, las puertas se le abrieron nuevamente. Incluso llegó a ser titular en cuatro encuentros después de casi medio año sin actividad. Sin embargo, su permanencia en Boca parece ser temporal. Gimnasia ya ha realizado consultas sobre el delantero de 31 años, y Newell's también mantiene el radar puesto en él. El impedimento no es menor: su contrato se extiende hasta diciembre de 2027, lo que significa una extensión larga. Las negociaciones con otros clubes implican complicaciones adicionales, entre ellas posibles extensiones de vínculo. Además, en mercados anteriores Boca ya había rechazado propuestas para cederlo, lo que sugiere que cualquier salida no será sencilla de concretar.

Agustín Martegani es otro nombre que permanece en estado de incertidumbre. El mediocampista acumula más de un año sin sumar tiempo de juego oficial. Aunque en algunos partidos fue convocado, nunca logró recuperar continuidad en el esquema. Su contrato se extiende hasta diciembre de 2028, un plazo extenso que no necesariamente constituye un impedimento para una salida si aparece una oferta interesante. La evaluación de su futuro también será parte del análisis que realice el cuerpo técnico durante estas semanas.

Más allá de quiénes directamente desaparecieron del mapa competitivo, existe un segundo anillo de preocupación: futbolistas que sí acumularon participación durante 2026, pero que ya no logran satisfacer las expectativas del nuevo proyecto. Williams Alarcón, Kevin Zenón y Javier García integran este grupo de jugadores que han perdido terreno y cuya permanencia será evaluada conforme avanancen las decisiones mercadiles. La situación de Alan Velasco y Milton Giménez es similar. Ambos sumaron minutos a lo largo de la temporada, pero sin lograr consolidarse dentro de un esquema que demandaba consistencia. Velasco nunca pudo sostener el nivel que en algunos pasajes había insinuado. Giménez, por su parte, fue despedido con silbidos en su última aparición en la Bombonera: un síntoma inequívoco de que la paciencia popular también se había agotado.

El alcance de una renovación sin retorno

Lo que está sucediendo en Boca trasciende las decisiones típicas de un cambio de entrenador. Riquelme, en su rol de conductor del proyecto deportivo, está accionando sobre un diagnóstico integral que contempla no solo el rendimiento, sino también la estructura salarial, el perfil de jugador que el nuevo técnico desea trabajar, y la renovación generacional. La partida de Cavani y Herrera simboliza la intención de cerrar un ciclo que, aunque producía momentos de calidad, no había logrado objetivos concretos. Ambos eran futbolistas con experiencia internacional de primer nivel, pero sus presencias no habían bastado para que el equipo conquistara títulos relevantes.

La velocidad con la que se ejecutan estas decisiones también es notable. Herrera fue el primero en partir hace una semana. Cavani fue confirmado apenas días después. Mientras eso ocurría, ya estaba claro que el análisis interno no se detenía allí. La institucionalidad boquense, bajo la dirección de Riquelme, ha demostrado capacidad para ejecutar cambios sin dilatar los procesos. En otros clubes, figuras de este calibre hubieran generado negociaciones largas, discusiones públicas, o intentos de reubicación dentro del plantel. Aquí, la decisión fue casi administrativa: si no encajas en la visión que estamos construyendo, tu camino termina aquí.

El hecho de que casi una decena de jugadores adicionales esté bajo escrutinio sugiere que el trabajo de poda continúa. Algunos de ellos tienen contratos que se extienden varios años, lo que complica su salida. Otros tienen compromisos que vencen pronto, facilitando desvinculaciones. La arquitectura contractual es tan importante en esto como el rendimiento deportivo. Una institución no puede simplemente dejar ir a todos sus problemas: debe administrar tiempos, calcular impactos económicos, y evaluar qué ofrece el mercado en cada caso.

Las consecuencias de esta limpieza serán múltiples. Desde una óptica deportiva, la intención es evidente: construir un equipo más compacto, compuesto por futbolistas que adheran al esquema de Arruabarrena y que produzcan resultados inmediatos. Desde lo económico, liberar salarios de futbolistas que no generaban retorno permitiría redirigir presupuesto hacia incorporaciones de mayor impacto. Desde lo institucional, refuerza el mensaje de que el club define claramente quiénes son funcionales y quiénes no. Sin embargo, existe el riesgo de que un proceso de depuración demasiado acelerado genere desorden en la estructura del plantel, especialmente si las incorporaciones no llegan con rapidez. Los jugadores que permanecerán durante los próximos meses también estarán atentos a este dinamismo: sabrán que cualquier rendimiento por debajo de las expectativas puede poner sus nombres en la lista de revisión. La tensión, en ese sentido, probablemente sea un ingrediente constante en el mes que comienza.