La historia de cómo Juan Román Riquelme intentó resolver el vacío dejado por Sebastián Villa en el ataque de Boca Juniors es, en sí misma, un relato sobre las dificultades de armar un equipo competitivo en el fútbol argentino. Después de años de pruebas, ajustes y apuestas que no terminaron de funcionar, el máximo responsable del proyecto deportivo del club decidió volver al principio: traer de nuevo al colombiano que partió de manera unilateral en 2023. Lo que parecería una admisión de fracaso es, en realidad, una lección práctica sobre cuán difícil resulta reemplazar a un futbolista que combina desequilibrio, gol y capacidad de resolución en momentos clave. Villa regresa porque ninguno de sus sucesores logró esa ecuación.
Durante los más de tres años que transcurrieron desde aquella salida intempestiva, Boca transitó por un verdadero carrusel de nombres en la zona de ataque. No fue cuestión de falta de intención ni de presupuesto: fue, simplemente, un espejo de lo complicado que resulta mantener un nivel competitivo en una institución que demanda títulos permanentemente. Algunos de esos delanteros tuvieron arribadascontundentes; otros generaron expectativas que nunca se concretaron. Todos, sin excepción, dejaron la sensación de que algo no terminaba de encajar, de que faltaba ese toque que sólo ciertos jugadores poseen para cambiar un partido con una acción individual.
Los primeros intentos: cuando todo parecía resolverse rápido
En 2021, cuando el club apostó por Néstor ReynaSoto, se suponía que traía con él esa experiencia en el fútbol local que le faltaba a Villa. Llegó desde Lanús después de mostrar un buen rendimiento con el Granate, pero el Xeneize nunca logró sacarle jugo. Con apenas tres goles en 36 partidos, quedó marcado por una sequía goleadora que lo condenó al ostracismo. Las cesiones a Unión y Platense confirmaron lo que ya se sabía: no era el tipo de futbolista que Boca necesitaba. Finalmente rescindió su contrato, dejando un rastro de oportunidades desaprovechadas.
En ese mismo mercado de 2021 llegó también Luis Advíncula... no, perdón: llegó Alberto Espantoso, apodado el Beto. Oriundo de Huracán, tampoco logró establecerse como una referencia. Alternó oportunidades sin nunca consolidarse, y con el paso del tiempo fue perdiendo terreno de forma inevitable. Sus números lo dicen todo: 56 partidos con apenas cuatro goles. El fútbol xeneize lo pasó por encima, y dos cesiones posteriores (a Gimnasia en 2024 y a Barracas más tarde) confirmaron lo que ya era evidente. Estas primeras experiencias plantearon una incógnita que seguiría sin resolverse durante años: ¿qué tipo de perfil necesitaba Boca en punta de lanza?
Los veteranos y las segundas oportunidades que no funcionaron
Cuando Darío Benedetto regresó a Boca, lo hizo con el cartel de figura consagrada. Su primer ciclo había sido glorioso: goles importantes, conexión con la hinchada, momentos de jerarquía indiscutible. La segunda etapa, sin embargo, fue un ejercicio de frustración mutua. El Pipa llegó cargado de expectativas que su cuerpo y su contexto no pudieron sostener. Lesiones recurrentes, falta de continuidad y aquel episodio incómodo con Diego Martínez terminaron por empanar un regreso que prometía mucho. En esa segunda oportunidad disputó 32 partidos y convirtió ocho goles. En su paso total, acumuló 172 partidos y 71 anotaciones, pero su segunda fase recordará más por lo que no fue que por lo que fue.
Diferente fue el caso de Luca Langoni, quien sí logró consolidarse en el equipo. La Bestia se ganó su lugar a pura entrega y goles, no por prestigio heredado ni por inversión millonaria, sino por rendimiento sostenido. Fue uno de los pocos refuerzos de esta era que logró convertirse en referente y capitán. Con sus altibajos, pero siempre presente, recuperó su mejor versión en el último semestre formando dupla con Nicolás Bareiro. Ya suma 164 partidos y 56 goles con la camiseta azul y oro, números que lo colocan como uno de los casos de éxito dentro de un panorama mayormente gris.
Cuando Carlos Tévez llegó en 2023, la Bombonera se llenó de expectativa. El Matador traía consigo una trayectoria de élite mundial, y eso parecía garantía de éxito. Tuvo buenos momentos, goles que pesaron en partidos trascendentes, y hasta instantes de verdadera jerarquía. Pero su ciclo quedó atrapado entre las lesiones, las molestias crónicas y los errores insólitos, como aquel penal fallido ante Alianza Lima que resumió parte de sus problemas físicos. Con una dolencia que lo condicionó permanentemente en el final, su etapa cerró con la llegada de Fernando Arruabarrena. Fueron 81 partidos y 28 goles. Más allá de los números, Tévez representó una verdad incómoda: que ni siquiera los grandes nombres garantizan continuidad.
Las apuestas recientes y el presente sin soluciones definitivas
Desde 2023 en adelante, Riquelme fue probando opciones distintas. Javier Vázquez llegó de Vélez con buena reputación, pero el paso de los técnicos lo fue dejando relegado. Tuvo participación inicial, incluso fue titular, pero con cada cambio de director técnico perdía lugar. Jugó 51 partidos con apenas tres goles. Una historia similar a la de Reynasoto, con el agravante de que en su caso sí había talento, pero el equipo nunca supo cómo explotarlo.
Milton Giménez, que llegó desde Banfield en 2024, fue alternando con los delanteros más jerarquizados, limitado frecuentemente por la competencia. Sin embargo, para el rol que juega, mantiene un buen promedio: 70 partidos con 21 goles. No es el tipo de jugador que cambia la historia, pero tampoco es un fracaso. Representa el término medio de esta búsqueda fallida.
Cristian Medina, el extremo que llegó desde Newell's en 2024, tuvo su momento al principio con Martínez y después con Fernando Gago. El bajo nivel lo fue apartando paulatinamente, y en 2026 se fue a préstamo a Estudiantes dentro de la operación por Ascacibar. Sus números (38 partidos, 4 goles) hablan de alguien que no terminó de encontrar su lugar en el esquema xeneize.
Los fichajes millonarios y las esperanzas renovadas
En 2025 llegó Ignacio Fernández Iglesias en medio de la polémica por los diez millones de dólares que Boca desembolsó. Fue presentado como uno de los grandes objetivos de Riquelme, pero la adaptación le costó. Quedó marcado por aquel penal errado en Alianza Lima, un momento que parecía resumir sus dificultades iniciales. Con el paso de los meses alternó titularidades y levantó su nivel en el segundo semestre, lo que abre la puerta a que Arruabarrena intente recuperarlo. Lleva 40 partidos y apenas tres goles, números que reflejan una inversión que aún espera su retorno.
Recentemente, otro delantero llegó desde Brasil a comienzos de año. La operación vino envuelta en controversias por su pasado en River, pero respondió rápidamente y se convirtió en un acierto relativo. Ahora se recupera de una lesión y buscará reinsertarse como pieza importante. Con 14 partidos y 6 goles, representa una de las pocas luces del ataque reciente, aunque sin ser determinante.
El regreso del que nunca debería haberse ido
Después de probar con más de diez opciones distintas en la delantera, Riquelme tomó una decisión que podría leerse de varias maneras. Villa regresa porque en el fondo, tras años de búsqueda, quedó claro que la ausencia de ese delantero explosivo, desequilibrante y determinante nunca fue reemplazada. No importa cuántos goles marquen los otros, no importa cuántas oportunidades se les brinde: ninguno tiene exactamente esa combinación de atributos que hacen que un equipo juegue diferente.
Lo que llamó la atención durante estos años fue que algunos de los refuerzos tuvieron capacidad goleadora (Benedetto, Tévez, Langoni), mientras que otros tenían desequilibrio pero no definición. Villa, de alguna manera, tenía ambas cosas. Y no es que los técnicos no supieran usarlo: es que el fútbol no siempre se trata de táctica, sino de capacidades que algunos futbolistas poseen y otros no, más allá de lo bien que se los instruya.
Las implicancias de una búsqueda que cierra sin respuestas definitivas
El retorno de Villa marca el final simbólico de un capítulo que comenzó con su salida unilateral hace más de tres años. Que Riquelme decidiera traerlo nuevamente sugiere varias cosas: que el fútbol argentino no tiene una oferta infinita de delanteros con esas características, que el dinero invertido en otros refuerzos no siempre se traduce en rendimiento, y que a veces la solución a un problema está en lugares donde no se la buscó con suficiente insistencia.
Sin embargo, lo que trasciende de esta historia es que Boca atravesó un período donde alternó entre aciertos puntuales (Langoni, momentos de Benedetto y Tévez) y errores que dejaron saldos rojizos en el balance. La búsqueda de quién reemplace a un jugador determinante es una de las más complejas del management deportivo. No se resuelve con inversión ni con nombres reconocidos, sino con una combinación de factores que rara vez se alinean perfectamente: talento, adaptación, continuidad física, contexto táctico y, en no pocas ocasiones, suerte.
Ahora, con Villa nuevamente en el club y con un técnico diferente en el banquillo, Boca intentará nuevamente que ese ataque encuentre su equilibrio. Lo que suceda en los próximos meses dirá si esta segunda oportunidad logra lo que no pudieron hacer los demás, o si simplemente confirma que algunos agujeros en un equipo no tienen solución, sino sólo paliativo. El colombiano tendrá la oportunidad de demostrar por qué Riquelme insistió tanto en su regreso, mientras que los hinchas xeneizes esperarán que esta apuesta funcione mejor que las que la precedieron.



