En el epicentro del complejo deportivo boquense, donde los trabajos de ampliación avanzan acelerados, Juan Román Riquelme realizó una de sus pocas aperturas públicas desde que asumió la conducción de la institución hace años. La charla, desarrollada en el nuevo sector L del estadio, dejó al descubierto no solo sus prioridades inmediatas como gestor deportivo, sino también sus intenciones de mantener el control de la dirigencia más allá del horizonte electoral de 2027. En un diálogo repleto de emociones contenidas y reflexiones sobre el deber institucional, el máximo dirigente xeneize ratificó que en Boca existe una única obsesión: ganar títulos, sin importar la competencia ni la complejidad de la temporada que viene.

La apertura de Riquelme fue reveladora. Cuando se le preguntó sobre la importancia relativa entre las obras de infraestructura y los logros deportivos, el ex futbolista no dudó en equiparar ambas dimensiones. Afirmó que la responsabilidad de dejar un legado institucional es tan crucial como conquistar campeonatos. Esta perspectiva marca un quiebre respecto a la tradicional dicotomía entre dirigencia "ganadora" y dirigencia "constructora". Para el mandatario, estas no son opciones excluyentes sino complementarias. "Tenemos la obligación de pasar por el club y de que queden cosas para nuestra institución, que pueda seguir creciendo, que pueda seguir avanzando", aseguró durante el encuentro. La insistencia en el plural —"nosotros", "nuestra casa"— sugiere una apuesta colectiva donde los hinchas son convocados a participar emocionalmente de un proyecto que trasciende lo coyuntural.

La obligación sagrada de ganar en Boca

Cuando la conversación giró hacia la presión deportiva y los objetivos en juego, Riquelme fue categórico. "Siempre es obligación ganar acá. Obligación. Siempre. Competir hasta el final", expresó sin titubeos. Este enunciado no es una simple declaración de intenciones sino una reafirmación de una verdad incómoda en el fútbol argentino contemporáneo: los grandes clubes cargan con expectativas desmedidas. Para Boca, que no ha ganado una Libertadores desde 2000, esa presión es prácticamente insoportable. El reciente fracaso en la edición anterior del torneo continental aún está fresco en la memoria colectiva. Riquelme reconoce implícitamente este malestar cuando admite que "el silencio elegido como parte del duelo por perder la Copa Libertadores ya era tiempo de dejarlo atrás". La formulación es sofisticada: no niega el dolor, lo registra y lo supera con pragmatismo.

Sin embargo, el contexto competitivo que enfrenta Boca no es benévolo. El fútbol argentino, particularmente en su formato de torneos locales cortos, demanda disponibilidad constante. Los equipos juegan cada tres días, generando un desgaste físico y mental que Riquelme reconoce explícitamente: "Los chicos se cansan igual que todos, tienen lesión igual que todos, tienen mucha presión igual que todos". Esta admisión, lejos de ser una excusa, funciona como una recalibración de expectativas realistas. El presidente no promete milagros deportivos ni niega dificultades estructurales. En cambio, plantea una estrategia basada en la acumulación de puntos y la llegada al cierre del año en condiciones competitivas adecuadas. La Copa Sudamericana, la Copa Argentina y el torneo local aparecen como oportunidades simultáneas, no como consuelos de menores.

El retorno de Sebastián Villa y las decisiones controvertidas

Uno de los temas más delicados tocados durante la entrevista fue la reincorporación de Sebastián Villa al plantel. El delantero colombiano regresaba de cumplir una condena en Mendoza, lo que generaba interrogantes sobre su disponibilidad deportiva y su contexto legal. Riquelme abordó el asunto con una mezcla de claridad institucional y principios generales. Explicó que la decisión de Villa de no jugar fue respetada mientras duraba su situación legal pendiente. Una vez que la sentencia se cumplió, el cuerpo técnico evaluó que reunía las condiciones necesarias para volver. "Todos merecemos una oportunidad", fue la justificación. Esta formulación revela la tensión permanente en Boca entre el pragmatismo deportivo y la responsabilidad social institucional. El club necesita goleadores. Villa es un goleador. La matemática es simple, pero no exenta de complejidades que trascienden el ámbito de las estadísticas.

En contraste, la mención de Leandro Paredes fue tratada con admiración casi filial. El volante retornó al predio apenas veinticuatro horas después de disputar la final del Mundial en Qatar. Riquelme manifestó no estar sorprendido por semejante dedicación, argumentando que Paredes "le gusta jugar a la pelota" y mantiene una conexión emocional profunda con la institución. Esta observación, aunque simple en apariencia, toca un punto cardinal de la filosofía riquelmista: la priorización de la vocación futbolística por sobre consideraciones pragmáticas de descanso o recuperación. Paredes se convirtió así en el símbolo viviente de la obligación xeneize de ganar, incluso cuando el cansancio acecha.

Reflexiones sobre el liderazgo técnico y la presencia del director

Respecto del rol de Héctor "Vasco" Arruabarrena como nuevo entrenador, Riquelme expresó satisfacción en múltiples niveles. Primero, la alegría personal de contar con un ex compañero de carrera. Segundo, la validación institucional que representa que los directores técnicos provengan de las filas propias del club. El presidente mencionó precedentes recientes: Hugo Ibarra y Sebastián Battaglia. La continuidad de esta tradición refuerza una narrativa específica sobre Boca: un club donde los valores internos priman sobre la búsqueda de figuras externas. Esta filosofía, aunque generadora de pertenencia, también conlleva riesgos: los tecnócratas del fútbol moderno suelen provenir de contextos diversos, aportando innovación que las "búsquedas internas" a veces no garantizan.

La cuestión de si Riquelme participa activamente en decisiones técnicas o mantiene distancia estratégica fue abordada con una respuesta que mezcla cercanía afectiva con respeto de jerarquías. El presidente reconoce que bromea ocasionalmente con los futbolistas sobre errores puntuales, pero niega intervenir en aspectos técnicos formales. "Tengo la suerte de que me llevo bien con los jugadores. No los molesto mucho, los veo de vez en cuando, pero cuando los veo me tratan bien", explicó. Esta formulación establece un equilibrio delicado: presencia sin intromisión, liderazgo sin micromanagement. La anécdota de Messi y Diego Maradona corrigiendo técnica de tiros libres funcionó como contraste implícito: mientras que algunos ex futbolistas se involucran directamente en aspectos técnicos desde posiciones de autoridad, Riquelme prefiere mantener conversaciones informales que respeten la cadena de mando.

La visión de Riquelme sobre Messi y la gloria argentina

Cuando la charla derivó hacia la participación argentina en el Mundial de Qatar 2022, Riquelme ofreció análisis matizados que evitaban simplificaciones. Reconoció que la selección nacional llegó "cansada a la final" contra España, pese a que España resultó un "justo ganador". Esta evaluación sugiere una comprensión sofisticada de los factores que determinan resultados en competencias de élite: no solo el juego en sí, sino el acumulamiento de desgaste, las lesiones, la recuperación insuficiente. El comentario sobre las lesiones de los centrales funcionó como dato concreto que fundamentaba una intuición más amplia.

Pero la admiración genuina de Riquelme emergió plenamente cuando describió a Lionel Messi como un ente diferenciado dentro del fútbol mundial. Utilizó metáforas visuales para explicar lo inexplicable: Messi "juega otro deporte", "anda caminando" mientras observa el partido, "se imagina cosas que no se van a volver a repetir". Esta poesía descriptiva no era afectación sino un intento genuino de traducir en palabras lo que observaba en la cancha. Riquelme comparó la evolución de Messi en el tiempo: de niño corría rápido llevando la pelota pegada, luego añadió precisión en pases, después goles de tiro libre, finalmente "hace todo". La progresión analítica revela un conocimiento íntimo del deporte que solo poseen quienes fueron practicantes de alto nivel. El argumento conclusivo fue una declaración de nacionalidad: "Somos afortunados los argentinos de que tuvimos a Maradona y tuvimos a Messi". La equiparación entre ambas figuras fue sofisticada: no comparó calidad sino celebró la contingencia histórica que permitió a un país contar con dos fenómenos generacionales en épocas diferentes.

Cuando se le preguntó directamente si había mantenido contacto con Messi durante el Mundial, Riquelme confirmó que "hablo" con él, incluso en tiempos presentes. Esta revelación de proximidad con el futbolista más célebre del planeta funcionó como recordatorio implícito del estatus de Riquelme dentro del universo futbolístico: no es un dirigente cualquiera sino alguien con acceso a círculos de élite global. Sin embargo, la formulación fue deliberadamente contenida: "Soy de molestar poco", una expresión que sintetiza una ética de respeto y discreción.

El mensaje velado sobre continuidad en la dirigencia

Hacia el final de la conversación, Riquelme dejó una pista reveladora sobre sus intenciones futuras. Al hablar sobre la felicidad de ocupar su rol actual, afirmó: "Espero poder estar por mucho tiempo". Esta frase, aparentemente casual, contenía una bomba de tiempo política: sugería que Riquelme no contemplaba una salida próxima ni una renuencia a presentarse a reelección en 2027. El contexto lo hacía evidente: había trazado un plan de ampliación del estadio, establecía objetivos deportivos de mediano plazo, hablaba de trabajar "cada día" para cumplir compromisos. Todo apuntaba a una continuidad no accidental sino estratégicamente planificada.

Riquelme cerró con una reflexión sobre las generaciones futuras de futbolistas en Boca. Cuando se le preguntó si era probable otro jugador del calibre de Riquelme fuera a surgir de la cantera xeneize, respondió con esperanza templada. Mencionó el precedente histórico: tras Maradona, nadie imaginaba que llegaría Messi. "Las cosas tienen que volver a pasar", sentenció. Esta afirmación trasladaba implícitamente la responsabilidad de crear condiciones para que talentos emerjan a toda una generación de dirigentes. No era una promesa de descubrimiento de la próxima superestrella, sino un reconocimiento de que en contextos institucionales fuertes, los talentos tienden a aparecer.

Los desarrollos que sigan a esta entrevista abrirán múltiples escenarios posibles. Si Boca logra conquistar títulos en el presente ciclo, la narrativa de Riquelme se verá reforzada: un dirigente que promete obras y entrega victorias. Si, por el contrario, los resultados se demoran, la presión sobre su gestión se intensificará. El mercado de pases permanecerá abierto hasta el final, lo que sugiere que ajustes al plantel son esperables. La viabilidad de que Paredes, Villa y otros actores cumplan el rol que se espera de ellos determinará en gran medida la suerte deportiva del semestre. Mientras tanto, Riquelme continúa caminando por el estadio que eligió modernizar, ratificando con cada paso su convicción sobre dónde debe estar: en Boca, sin planes de partida, comprometido a largo plazo.