El ciclo 2026 encontró a River Plate en una posición incómoda: después de una pretemporada en España que prometía renovación y energía, la realidad de los primeros encuentros del torneo Clausura ha resultado desconcertante. Cuatro derrotas consecutivas, la eliminación de la Copa Argentina y un funcionamiento colectivo que brilla por su ausencia configuran un panorama que contrasta drásticamente con las expectativas que despertó la llegada de nuevos refuerzos y la continuidad del ciclo técnico. Este presente adverso dispara interrogantes sobre quiénes deben asumir responsabilidad por la caída del equipo de Núñez, un debate que involucra al banco de suplentes, al plantel completo y a quienes toman las decisiones administrativas desde la dirigencia.
La llegada del equipo a este punto de inflexión requiere entender el contexto en que se movió. Hace apenas semanas circulaban proyecciones optimistas que hablaban de construcciones ambiciosas para lo que restaba del año. Los directivos habían invertido recursos significativos para traer refuerzos que supuestamente completarían un plantel competitivo. El entrenador, por su parte, no escatimaba en declaraciones sobre el potencial del grupo. Sin embargo, el contraste entre lo anunciado y lo que ocurre en el rectángulo de juego es abismal. El equipo no solo no gana: tampoco genera confianza de que pueda revertir la situación en el corto plazo.
Un ataque que no fluye y defensas expuestas
Uno de los indicadores más preocupantes es la sequía ofensiva que atraviesa el Millonario. En los últimos tres encuentros, apenas logró anotar una vez, de manera casi accidental frente a Aldosivi, mientras que fue completamente neutralizado en sus presentaciones ante Barracas Central y Gimnasia. Esta parálisis en ataque no es un fenómeno aislado ni una mala racha puntual, sino que expone problemas estructurales en la forma en que el equipo intenta generar oportunidades. No hay circulación de balón fluida, no existe un sistema que proyecte a los delanteros hacia zonas de peligro, y los futbolistas que deberían ser referencias ofensivas no encuentran los espacios ni los tiempos necesarios para desequilibrar.
La defensiva, por su parte, también ha mostrado vulnerabilidades que generan incertidumbre. El equipo cede goles en situaciones que no son necesariamente complicadas, lo que sugiere que los problemas van más allá de la capacidad individual de quienes juegan en línea defensiva. Hay un déficit en la compactación, en la anticipación colectiva y en la capacidad de leer el juego como bloque. Esto es responsabilidad compartida, aunque en diferentes grados: del técnico por no lograr imponer una estructura clara, de los jugadores por no ejecutar lo que se les propone y de la dirigencia por no asegurar que el plantel cuente con los perfiles necesarios para implementar una idea de juego.
El entrenador y sus límites expresados
En el banco de suplentes reside una de las responsabilidades más evidentes. El técnico ha reconocido públicamente que enfrenta dificultades para trasladar su visión de juego al terreno de competencia. Ha admitido, después de la caída en el Bosque, que no logra imprimir su impronta en el comportamiento del equipo y que la brecha entre lo que imagina y lo que ocurre en los partidos resulta mayor que lo previsto. Esta honestidad, aunque valiosa, también expone un dilema: si quien conduce al equipo reconoce que no puede ejecutar su idea, ¿qué garantías hay de que la situación mejore en las próximas semanas? El semblante del técnico post partido, según se reportó, reflejaba preocupación genuina, lo que contrasta con la necesaria convicción que debe transmitir alguien en su posición.
Sin embargo, es importante contextualizarse. A esta altura del año, con menos de dos meses de competencia tras la pretemporada, los ajustes aún son posibles. Los equipos necesitan tiempo para consolidar ideas, especialmente cuando hay incorporaciones de jugadores que requieren adaptación. Pero el tiempo en el fútbol es un bien escaso cuando los resultados no acompañan. Cada fecha que pasa sin victorias amplía la brecha psicológica, erosiona la confianza del plantel y genera presión sobre quien dirige. El técnico se encuentra en la posición incómoda de tener que demostrar que su propuesta funciona justamente cuando menos margen de error tiene.
Las decisiones administrativas bajo fuego
La dirigencia, por su parte, enfrenta críticas que provienen desde múltiples ángulos. Una de las decisiones que ha generado mayor fricción es la exclusión de quince futbolistas del plantel como medida para reducir la masa salarial. Lo inquietante de esta situación es que, pasadas casi ocho semanas desde que se tomó esa resolución, la mayoría de estos jugadores continúa entrenando en el predio de Cantilo. Esta anomalía administrativa expone falta de capacidad de gestión: si se decidió prescindir de ellos, debería existir un plan claro para su colocación o salida. El hecho de que permanezcan en las instalaciones del club genera un costo económico no esperado, afecta el clima dentro del vestuario y sugiere que la decisión se tomó sin considerar completamente sus implicancias operativas.
Otra decisión que ha fracturado la relación entre la dirigencia y sectores de la hinchada es la salida de un futbolista que había sido objeto de una inversión considerable años atrás. La repatriación del jugador había demandado más de dos millones de dólares, recursos que representaban un esfuerzo presupuestario importante. Su salida posterior, aunque el club contaba con su pase, fue interpretada por muchos seguidores como una gestión deficiente: si se invirtió tanto para traerlo, ¿por qué no se logró un aprovechamiento máximo de esa inversión? Estas decisiones generan grietas que trascienden lo futbolístico, cuestionando la capacidad de planificación a largo plazo de quienes administran la institución.
La combinación de estos factores—la sequía ofensiva, el reconocimiento del técnico sobre sus limitaciones para imponer su idea, la gestión de recursos humanos deficiente y las decisiones administrativas cuestionables—crea un ambiente de incertidumbre. La pregunta sobre quién es el principal responsable de este estado de cosas no tiene una respuesta única. En el fútbol, las crisis suelen ser fenómenos multicausales en los que convergen el desempeño deportivo, la administración de recursos, la capacidad de liderazgo y la ejecución técnica. Lo que sí es cierto es que las próximas fechas serán determinantes para evaluar si el equipo puede revertir esta situación o si, por el contrario, la tendencia se profundiza.



