El momento que esperaba hace meses
Hay ciertos instantes en la carrera de un futbolista donde el destino y la oportunidad convergen de una manera casi obligatoria. Para Maximiliano Salas, ese momento parece haber llegado en los últimos días. La lesión de Sebastián Driussi durante el encuentro contra Boca ha generado un vacío en la delantera de River que, necesariamente, tendrá que ser ocupado. Y aunque parecería una noticia menor en el contexto de un equipo que lucha por objetivos importantes, para el atacante que fue traído desde Racing representa nada menos que una última oportunidad de redención en el Monumental.
Cuando River desembolsó aproximadamente 8 millones de euros más impuestos para concretar su contratación, los pronósticos eran otros. Se esperaba que un jugador que había brillado en la Academia asumiera rápidamente el protagonismo que le permitiera ser ese delantero desequilibrante que caracteriza a los equipos ganadores. Sin embargo, los números de este 2026 cuentan una historia muy diferente: apenas 335 minutos acumulados reflejan una inserción lenta, complicada, casi frustrada para quien llegó con la etiqueta de potencial estrella.
Números que gritan inconformidad
El análisis estadístico de lo que ha sido el rendimiento de Salas hasta el momento es, en cierto sentido, descarnado. En sus intervenciones, ha registrado apenas seis intentos de remate hacia el arco rival. Su precisión en la distribución de juego apenas alcanza el 78 por ciento, una cifra que para un delantero moderno debería ser superior considerando que se supone debe tener una lectura clara del juego. Pero quizás lo más preocupante sea lo que revelan esos números: la incomodidad manifiesta de un futbolista que parece estar jugando en una posición que no termina de serle natural, donde sus mejores virtudes quedan opacadas.
Es cierto que con el entrenador anterior, Marcelo Gallardo, también fue utilizado como delantero centro, pero nunca logró traducir las actuaciones brillantes que había protagonizado en Racing. Esa capacidad de desgarrar defensas, de generar espacios con movimientos inesperados, de ser una amenaza permanente: todo eso parecía quedar en el camino cuando se ponía la camiseta millonaria. Hasta la llegada de Coudet, la situación fue aún más dramática. En los encuentros previos al torneo de verano, Salas apenas había acumulado 38 minutos distribuidos en tres presentaciones, un promedio de treinta minutos por encuentro que ilustra a la perfección su situación de marginalidad dentro del proyecto.
Con un nuevo corte de cabello —una cabellera platinada que remite estéticamente al estilo de los noventa— Salas intenta al menos visualmente representar un reinicio, un nuevo comienzo. Como si el look pudiera acompañar una transformación en el campo de juego que aún está pendiente de concretarse.
Palabras de un hombre bajo presión
Las declaraciones que realizó Salas luego de convertir su único tanto en lo que va del año —precisamente el 2-0 frente a Estudiantes en Río Cuarto— revelan la mentalidad con la que está intentando procesar esta situación. En esa ocasión, fue autocrítico pero también reflexivo: explicó que cuando el equipo no funciona de manera colectiva, resulta más complicado para cualquier jugador individual encontrar su mejor nivel. Enfatizó que el trabajo en equipo prevalece sobre los logros individuales, que a veces toca convertir y a veces no, que la felicidad proviene del compromiso constante más que de las cifras personales.
Más allá de los lugares comunes que suelen escucharse en estas situaciones, había algo genuino en sus palabras. Reconoció también el papel fundamental que cumplen los referentes del plantel, esos líderes que mantienen la confianza en quienes atraviesan momentos de baja participación o rendimiento. Lo dijo en Córdoba, aquel domingo de marzo cuando Coudet apenas estaba comenzando a conocer el funcionamiento interno del grupo. Era un mensaje de esperanza cifrado en la solidaridad grupal, una apuesta a que la recuperación individual pasa necesariamente por sentirse contenido dentro de una estructura colectiva que funciona.
El verdadero desafío comienza ahora
Con Driussi apartado de las canchas por un tiempo mínimo de dos semanas, Salas cuenta ahora con una ventana de oportunidad que probablemente sea más duradera que las que ha tenido hasta aquí. No se trata de minutos esporádicos, de apariciones testimoniales. Esta vez, tiene ante sí la posibilidad de ser el referente ofensivo del equipo durante un período crucial. Sin embargo, la competencia interno aún existe: Joaquín Freitas representa una alternativa joven acostumbrada a jugar en posiciones cercanas, mientras que Agustín Ruberto completa un plantel donde hay más de una solución disponible si el rendimiento no acompaña.
El calendario, además, no regala piedad. River deberá enfrentarse próximamente a Aldosivi en el torneo doméstico, seguido de un duelo contra Atlético Tucumán. Pero el verdadero espesor de estos próximos compromisos reside en la Sudamericana, donde visitará a Bragantino en dos oportunidades, enfrentará a Carabobo y luego cruzará ante Blooming. Son encuentros decisivos, partidos donde cada ejecución cuenta, donde los errores tienen un costo inmediato y palpable. Esta acumulación de compromisos de alto voltaje es precisamente el escenario donde Salas necesita demostrar que justifica la inversión realizada.
Invertir en futuro o en ilusión
Cuando un club como River despliega recursos económicos de esa magnitud en un futbolista, existe una apuesta de fondo: la creencia de que esa inversión se rentabilizará en desempeño, en títulos, en continuidad dentro del proyecto. Esos ocho millones de euros no son dinero que se invierta sin una convicción firme. River insistió, buscó, negoció para traer a Salas desde Racing porque alguien en la dirección deportiva vio en él un futuro diferente, una solución para la delantera.
Ahora, con la puerta abierta nuevamente, Salas tiene la responsabilidad de confirmar o desmentir ese diagnóstico. Tiene que probar que esa insistencia del club fue acertada, que existe allí un futbolista capaz de rendir en un proyecto de envergadura. Los minutos llegarán, pero esta vez no serán suficientes simplemente sumarlos: habrá que convertirlos en actuaciones de nivel, en goles, en protagonismo. La chance está servida. Ahora corresponde, definitivamente, aprovecharla.



