Mientras San Lorenzo mantiene su posición competitiva en la parte alta de la tabla del torneo actual, lejos del campo de juego germina una crisis que expone las fracturas profundas en la estructura de apoyo que debería respaldar a sus futbolistas. El equipo femenino de la institución de Boedo hizo público, a través de un comunicado de alcance interno pero que trascendió rápidamente, un diagnóstico desgarrador sobre las condiciones en que desarrollan su trabajo profesional. No se trata de un reclamo aislado o una protesta impulsiva: las jugadoras documentaron meses de abandono institucional, incumplimientos económicos y deficiencias sanitarias que conforman un cuadro que desafía la imagen de normalidad que proyecta cualquier club de fútbol profesional.
Lo paradójico del caso radica en la desconexión entre el rendimiento deportivo y la realidad cotidiana del plantel. Las Santitas fueron campeonas del fútbol argentino el año pasado y llegaron a disputar la final del torneo Apertura 2026, donde completaron como subcampeonas. Hoy se encuentran quintas en la tabla de posiciones, manteniendo una competencia que, según sus propias palabras, realizan bajo circunstancias adversas que ninguna institución debería tolerar en su estructura profesional. Este contraste—éxito deportivo acompañado de precarización laboral—refleja un fenómeno más amplio que trasciende a San Lorenzo y que caracteriza a buena parte del ecosistema del fútbol femenino argentino, donde los avances en visibilidad y competitividad no siempre se traducen en mejoras materiales para quienes protagonizan esos logros.
El laberinto de las deudas y la erosión salarial
En el plano económico, el cuadro que presentan las futbolistas revela un patrón de incumplimientos que se extiende por más de un año. Según detalló el equipo, aún permanecen sin cobrar premios correspondientes a 2025 y tampoco fueron depositados los montos que les corresponderían por su desempeño durante el primer semestre de 2026. A esto se suma una vulneración contractual que afecta directamente sus ingresos: en la mayoría de los contratos no se habría actualizado el porcentaje de ajuste acorde al IPC ni a las pautas que establece la AFA. En un contexto de inflación acumulada que ha caracterizado la economía argentina en los últimos años, esta falta de revisión contractual implica una reducción efectiva del poder adquisitivo de las deportistas, erosionando paulatinamente sus condiciones de vida. Las jugadoras denunciaron que estos incumplimientos persisten pese a que, hace más de un mes, enviaron una misiva directa al presidente de la institución, Marcelo Culotta, exponiendo punto por punto cada una de estas falencias. Hasta la fecha no obtuvieron respuesta alguna.
El silencio administrativo ante estos reclamos concretos y documentados funciona como un acto de invisibilización que las deportistas experimentan no solo como un problema económico sino como un mensaje de desvalor institucional. Cuando una jugadora profesional que compite al máximo nivel debe afrontar deudas de premios, sus opciones se reducen: presionar internamente, aceptar la situación o buscar alternativas en otras instituciones. Ninguna de estas opciones es satisfactoria para alguien que ha demostrado su capacidad competitiva ganando campeonatos. La falta de respuesta a una comunicación formal agrava la sensación de abandono que caracteriza al comunicado del plantel.
Salud comprometida: cuando la cobertura médica se convierte en lujo
Sin embargo, las deudas económicas palidecen ante lo que las futbolistas identifican como el aspecto más crítico de su situación: la ausencia de cobertura médica. Hace más de un año que no cuentan con obra social, lo que significa que cualquier lesión, estudio de diagnóstico o atención profesional debe ser solventada de forma privada o canalizada a través del sistema público de salud. Para atletas de élite que entrenan diariamente y compiten en un deporte de contacto, esta carencia representa un riesgo no solo económico sino físico y psicológico. Una lesión de mediana gravedad, que en circunstancias normales sería atendida bajo cobertura integral, se convierte en un cálculo de costos personales. El equipo también denunció la ausencia de médico durante los entrenamientos, un protocolo básico en cualquier estructura profesional que busque prevenir lesiones y garantizar que los deportistas cuenten con asistencia inmediata en caso de inconvenientes. Según relataron, solicitaron en "incontables ocasiones" la presencia de este profesional, sin obtener respuesta favorable.
En el contexto del deporte femenino en Argentina, donde históricamente ha existido una brecha significativa respecto a la inversión en infraestructura de salud comparada con el fútbol masculino, esta realidad de San Lorenzo no constituye una anomalía sino más bien una manifestación de tendencias estructurales más profundas. Las jugadoras no están pidiendo lujos; están exigiendo lo básico: la posibilidad de mantener su salud sin que su estabilidad económica dependa de cada lesión que puedan sufrir. El comunicado plantea que trabajar en estas condiciones no es un acto de profesionalismo sino un acto de supervivencia laboral.
Logística precaria: cuando lo elemental se vuelve problema
Más allá de lo médico y lo económico existe un tercer nivel de precarización que afecta las condiciones materiales inmediatas de trabajo. El plantel reportó haber recibido solamente un juego de ropa para entrenar durante toda la temporada, lo que obliga a las deportistas a gestionar por su cuenta el reemplazo, lavado y mantenimiento de indumentaria, algo que debería ser responsabilidad institucional. En el caso particular del desplazamiento para juegos de visitante, la situación alcanzó un nivel de improvisación que resulta difícil de justificar en una institución de la magnitud de San Lorenzo. Para el encuentro contra Banfield disputado el 11 de septiembre en el estadio Luis Guillón, el club no proporcionó transporte, obligando a las jugadoras a organizarse de forma privada, utilizando autos de aplicación o vehículos particulares para llegar al partido. Ese día, el equipo logró un empate 1-1 que les permitió mantener su posición en la lucha por los primeros lugares, pero la forma en que debieron trasladarse ejemplifica el nivel de abandono que critican.
Estos detalles de infraestructura y logística no son accesorios: configuran la experiencia cotidiana del trabajo profesional. Una futbolista que debe preocuparse por cómo llegará al estadio, qué ropa usará para entrenar y a quién acudirá si se lesiona está operando bajo un nivel de estrés que sus colegas del fútbol masculino de primera división no enfrentan. La brecha entre lo que se espera de un equipo campeón y las condiciones materiales en que compite genera una disonancia que difícilmente puede sostenerse indefinidamente sin impactar en el desempeño, la retención de talentos y la calidad de vida de las deportistas.
El comunicado de las jugadoras concluye con una petición que sintetiza sus demandas: ser escuchadas y que la institución cumpla con sus obligaciones laborales y contractuales. Piden cobertura médica integral, infraestructura adecuada, elementos de trabajo suficientes, indumentaria profesional y un trato que se ajuste a los estándares de cualquier futbolista profesional. No es una solicitud excepcional; es una demanda de normalización de condiciones que deberían ser piso mínimo en cualquier club que compita en divisiones profesionales.
Perspectivas y consecuencias de una crisis anunciada
La divulgación pública de este comunicado marca un punto de inflexión. Las futbolistas optaron por escalar su reclamo tras la falta de respuesta a la carta enviada directamente a la dirigencia, una decisión que expone la crisis a la opinión pública y potencialmente genera presión sobre los responsables de resolver la situación. Los desenlaces posibles son variados: la institución podría optar por un diálogo constructivo que conduzca a regularizar pagos, implementar coberturas médicas y mejorar la logística; podría también intentar desactivar la crisis a través de negociaciones parciales o promesas sin cumplimiento; o bien podría mantener su silencio y postura, corriendo el riesgo de que las futbolistas exploren opciones en otras instituciones o que otros planteles se sientan estimulados a formalizar sus propios reclamos. Para la institución, el costo reputacional de permitir que un equipo campeón enfrente estas carencias es significativo, particularmente en una era donde la visibilidad del fútbol femenino crece constantemente y donde los patrocinadores, medios y aficionados prestan cada vez mayor atención a cómo se gestiona profesionalmente estos equipos. Para las jugadoras, cada semana que transcurra sin respuesta es una semana en la que continúan trabajando bajo condiciones que consideran indignas. El resultado de esta tensión determinará no solo el futuro inmediato de San Lorenzo femenino sino también qué estándares se establecerán en la industria respecto a cómo se debe tratar a atletas profesionales en el fútbol argentino.



