La última imagen de aquella pantalla gigante que durante décadas marcó el ritmo visual de los partidos en el Monumental quedará grabada en la memoria de los hinchas. El desmontaje de la histórica estructura que se alzaba sobre la Síbori comenzó en las últimas horas, sellando el cierre de una era y abriendo las compuertas a una transformación radical del coliseo de Núñez. No es un evento menor: representa el sacrificio de un símbolo arquitectónico que acompañó los momentos más gloriosos de la institución, desde la Copa América 1987 hasta innumerables campeonatos y encuentros internacionales que marcaron la identidad visual del lugar.

El cronograma de reinauguración del recinto establece que el próximo 25 de julio será la primera oportunidad en que los aficionados del Millonario pisen nuevamente el césped local, en esta oportunidad frente a Barracas Central por la jornada inicial del torneo Clausura. Ese día, el público descubrirá una realidad distinta: la ausencia de la monumental pantalla que se recortaba contra el cielo de la capital. La mudanza obligada responde a la necesidad operativa de ejecutar las obras de ampliación y techado que proyectan elevar la capacidad del estadio hasta los 101.000 espectadores, cifra que posicionaría al recinto entre los más grandes del continente. Para materializar la quinta bandeja —la estructura que coronará la ampliación—, resultaba imprescindible desmantelar aquel elemento que había permanecido en su lugar durante casi medio siglo.

El legado de cuatro décadas y media en el firmamento de Núñez

La pantalla que hoy se retira forma parte de una genealogía compleja. Fue originalmente instalada durante la década de 1978, cuando Argentina se preparaba para albergar el Mundial y River realizó modificaciones significativas en su infraestructura deportiva. Aquella estructura primigenia, dotada de un cartel luminoso con reloj, representaba la modernidad de la época y se convirtió rápidamente en un referente visual para cualquier televidencia local e internacional que observara partidos del club. Durante las siguientes décadas, la pantalla sufrió múltiples intervenciones: adaptaciones tecnológicas, cambios en su resolución, ampliaciones de tamaño. Sin embargo, el hito más reciente ocurrió a mediados del año pasado, cuando fue reemplazada por una estructura radicalmente superior. Esa pantalla nueva duplicó en un 150 por ciento el tamaño respecto de su predecesora inmediata e incorporaba tecnología de punta en materia de resolución y capacidad lumínica.

A pesar de su juventud relativa —apenas unos meses de vida útil—, esa estructura de última generación también tendrá que partir. La ironía resulta inevitable: una pantalla que representaba lo más avanzado en tecnología de visualización se convierte ahora en un obstáculo para el progreso arquitectónico del estadio. Desde la dirigencia del club confirmaron que la instalación de dos pantallas nuevas de 25 metros de largo por 8 metros de alto formará parte integral de la cubierta, distribuyéndose una en la tribuna Síbori y otra en la Centenario. Esta configuración dual promete una experiencia inmersiva sin precedentes en el fútbol argentino, donde los espectadores podrán seguir las acciones desde múltiples ángulos simultáneamente.

La transición hacia la modernidad: qué habrá durante el período de obras

La desaparición de la pantalla no implica un retroceso en la calidad de la experiencia televisiva dentro del recinto. Los directivos del club pusieron énfasis en comunicar que, mientras se extienda la fase de construcción y renovación, la pantalla Led de 360 grados que circunda todas las tribunas continuará operativa, garantizando que los hinchas puedan seguir replays, información de partido y contenido adicional. Asimismo, los monitores ubicados estratégicamente en los accesos de las tribunas altas permanecerán encendidos, manteniendo la cobertura visual que caracteriza a los estadios modernos. Esta decisión refleja una preocupación explícita por no sacrificar la experiencia del público en el altar de la construcción, una consideración que no siempre prevalece en proyectos de esta envergadura.

El cronograma de implementación sitúa la conclusión de todas las obras hacia 2029, lo que significa que el Monumental vivirá aproximadamente cinco años de transición. Durante este lapso, la cancha se transformará de manera progresiva: nuevas gradas se elevarán, la estructura metálica del techo avanzará sobre las tribunas, y la capacidad irá creciendo de forma gradual. Los hinchas serán testigos de una metamorfosis arquitectónica que convertirá al estadio en una instalación de clase mundial, comparable con los grandes recintos europeos en términos de infraestructura y comodidades. El slogan institucional que acompañó el anuncio —"una pantalla para nuestra historia, dos para seguir construyéndola"— sintetiza el espíritu de esta transformación: no se trata de un abandono del pasado, sino de su integración consciente en un proyecto futuro de mayor alcance.

La desaparición de estructuras históricas en favor de modernizaciones siempre genera reacciones encontradas. Por un lado, existe una valoración de la necesidad objetiva: un estadio que aspira a competir internacionalmente requiere instalaciones de punta y capacidades ampliadas. Por otro lado, la nostalgia inevitable que acompaña a la pérdida de elementos que marcaron generaciones de espectadores es un sentimiento legítimo en la cultura deportiva. El Monumental será radicalmente distinto en 2029, y esa diferencia será mayormente positiva en términos de funcionalidad. Sin embargo, la memoria colectiva de aquellos que vieron brillar la pantalla histórica bajo el firmamento porteño, en noches de gloria europea o de consagraciones nacionales, seguirá intacta. La pregunta que emerge es si las nuevas pantallas, por más sofisticadas que sean, lograrán generar la misma conexión emocional que su predecesora. El tiempo dirá si el progreso infraestructural compensa adecuadamente la pérdida de un símbolo que trasciendía su función meramente técnica para convertirse en parte de la identidad visual de una institución centenaria.