El banco de suplentes de Defensa y Justicia se convirtió en un volcán durante el primer tiempo del partido ante Boca Juniors. La tensión había comenzado a crecer desde temprano, cuando un gol fue anulado a los locales, pero el punto de ebullición llegó a los 38 minutos con una acción que dividió aguas: una caída dentro del área que el plantel entero del Halcón interpretó como penal, pero que el árbitro y el videoarbitraje rechazaron sin dudar. Lo que vino después fue un estallido de furia de Mariano Soso que terminó, como ya es casi costumbre, con el entrenador rumbo a los vestuarios antes del pitido final del primer tiempo.
La jugada que encendió la mecha
Todo ocurrió cuando Ayrton Portillo recibió el balón y encaró con determinación hacia Leandro Brey, el arquero de Boca. En su trayectoria hacia el arco visitante, el atacante de Defensa entró en contacto con Malcom Braida, quien intentaba quitarle la pelota mediante un forcejeo. Ante esa disputa física, Portillo terminó en el suelo dentro del área. El reclamo fue inmediato y unánime desde el sector local: jugadores, cuerpo técnico y todo el estadio exigieron la pena máxima al árbitro Andrés Gariano. Sin embargo, el juez central no tardó en resolver: no había falta. La lectura del árbitro fue que el contacto no ameritaba sanción y que la caída del jugador había sido, cuanto menos, exagerada.
Para mayor certeza, el VAR tampoco intervino. Los encargados del videoarbitraje revisaron la jugada y consideraron que la decisión de Gariano en el campo era correcta, por lo que no hubo llamado alguno para modificar el fallo. En definitiva, tanto el árbitro principal como la tecnología coincidieron: el penal reclamado por el Halcón no existió. Braida disputó la pelota, hubo contacto mínimo, y Portillo aprovechó esa situación para caer. Una lectura que, con frialdad y distancia, resulta bastante razonable.
Soso perdió los estribos y pagó el precio
Pero Mariano Soso no vio las cosas de esa manera. El técnico de Defensa y Justicia, convencido de que a su jugador lo habían derribado ilegalmente, se lanzó a reclamarle al árbitro con una intensidad que superó cualquier límite tolerado por el reglamento. Las protestas del entrenador fueron tan vehementes que Gariano no tuvo otra alternativa: sacó la tarjeta roja y Soso debió retirarse del banco de suplentes antes de que terminara el primer tiempo. Una imagen que, lejos de sorprender, empieza a volverse un sello distintivo —aunque no precisamente el más deseable— de su conducción.
El dato que más llama la atención no es la expulsión en sí misma, sino su frecuencia. Esta fue la tercera roja que recibe Soso en los últimos seis partidos. Una estadística que habla a las claras de un patrón de comportamiento que el entrenador no ha podido —o no ha querido— corregir. Su pasión por el juego y su carácter combativo son rasgos que muchos hinchas del Halcón valoran, pero cuando esa energía se traduce en expulsiones reiteradas, el debate sobre si esa actitud beneficia o perjudica al equipo cobra una dimensión mucho más concreta. Un técnico que no puede estar en el banco durante los momentos clave del partido es, inevitablemente, un técnico con menos herramientas para conducir a sus jugadores.
Un primer tiempo cargado de bronca acumulada
Para entender la magnitud del estallido de Soso, hay que considerar el contexto emocional que ya cargaba el equipo hasta ese momento. Antes del episodio de Portillo, Defensa y Justicia había visto cómo le anulaban un gol a Gutiérrez, una decisión que generó malestar en el plantel local desde temprano en el encuentro. La acumulación de esas sensaciones —la frustración por el tanto invalidado sumada a la bronca por el penal no cobrado— terminó por hacer colapsar la contención emocional del cuerpo técnico. Soso fue quien expresó con mayor intensidad ese estado colectivo, pero también quien pagó el costo más alto por hacerlo.
Este tipo de situaciones plantea una pregunta que va más allá del partido en sí: ¿hasta qué punto le conviene a un equipo que su entrenador funcione como termómetro emocional del grupo? Hay quienes sostienen que un DT que transmite pasión y pelea cada pelota desde el banco genera un efecto contagioso positivo en los jugadores. Pero hay otra lectura igualmente válida: un entrenador expulsado es un entrenador que pierde la posibilidad de hacer cambios tácticos en el momento justo, de hablar con sus dirigidos durante el entretiempo desde el campo, de leer el juego con la autoridad que da la presencia física al costado del terreno. En ese sentido, las tres rojas en seis partidos son una señal de alerta que el propio Soso debería atender con urgencia.
La objetividad que faltó desde el banco local
Más allá de las implicancias disciplinarias y tácticas, hay un elemento que no puede pasarse por alto: en esta ocasión, el reclamo de Soso no tenía sustento real. El penal que el técnico defendió con tanta convicción —hasta el punto de arriesgar su permanencia en el banco— simplemente no existió. Portillo cayó tras un forcejeo que no constituyó una falta clara, y ni el árbitro ni el VAR encontraron elementos para penalizar la acción. Eso no significa que Gariano haya tenido un partido impecable ni que todas las decisiones arbitrales hayan sido correctas, pero en este punto concreto, la razón estuvo del lado del juez.
La ironía del episodio es que Soso pagó una de sus sanciones más costosas —en términos de reincidencia y visibilidad— por una causa que, con más calma y distancia, difícilmente hubiera sostenido. El calor del momento, la bronca acumulada y la presión de jugar ante Boca Juniors probablemente nublaron la lectura del entrenador. Pero el reglamento no distingue entre reclamos justos e injustos: sanciona la forma, no el fondo. Y la forma de Soso, una vez más, excedió lo permitido. El desafío para el DT del Halcón de cara a lo que viene es encontrar el equilibrio entre la pasión que lo caracteriza y la ecuanimidad que su cargo exige. Porque un técnico que no puede ver el partido desde el banco termina siendo, aunque no quiera serlo, una carga para el equipo que conduce.

