El tenis mundial se prepara para despedir a tres figuras que durante décadas dieron forma al deporte en Europa y más allá. En las próximas semanas, cuando Roland Garros despliegue su tradicional manto de arcilla roja en París, tres veteranos profesionales llegarán no para conquistar coronas, sino para cerrar capítulos de historias que han marcado generaciones de aficionados. La partida de David Goffin, Gaël Monfils y Stan Wawrinka representa algo más que la retirada de tres atletas: significa el cierre de una época donde la técnica refinada, la versatilidad estratégica y el romance por la competencia convivían en un deporte cada vez más dominado por la potencia bruta. Sus ausencias dejarán vacíos profundos en un circuito profesional que nunca volverá a verlos en acción.

El mago que llegó a los confines de la excelencia

David Goffin, con sus 35 años, representa una categoría especial dentro del profesionalismo tenístico: aquel que siempre supo hacer más con menos. Su apodo entre colegas, "el mago", no era una frase al pasar sino un reconocimiento genuino a su capacidad para resolver puntos mediante la inteligencia táctica y la precisión quirúrgica. Alcanzó la posición de número 7 del mundo en su carrera, logro extraordinario considerando que su constitución física —apenas 1,78 metros de altura y 68 kilogramos— lo colocaba en desventaja permanente frente a rivales de mayor envergadura. Llegó a las instancias de cuartos de final en tres torneos de Grand Slam, un registro sólido que contrasta con la fragilidad aparente de su marco físico.

Su debut parisino fue de película: con apenas 21 años, en 2012, calificó como afortunado suplente tras la renuncia de último minuto de Monfils. Nadie esperaba que el joven belga pasara de la primera ronda. Sin embargo, Goffin avanzó tres encuentros consecutivos hasta enfrentarse al tercer favorito Roger Federer en la cancha Suzanne Lenglen. La hazaña de llevarse el primer set ante una leyenda viviente del deporte pareció sacada de un guión hollywoodense, especialmente porque el chico tenía un póster del suizo pegado en su dormitorio en Bruselas. Su progreso fue imparable en materia de consistencia dentro de competiciones de importancia: participó 29 veces en duelos de Copa Davis con un récord de 6 victorias por 29 enfrentamientos, venciendo a nombres de envergadura como Marin Cilic, Nick Kyrgios y Jo-Wilfried Tsonga. Acumuló seis títulos de la gira y tocó el pico de su carrera al llegar a la final del Campeonato de Maestros ATP de ocho jugadores, donde sucumbió ante Grigor Dimitrov.

Novak Djokovic alguna vez señaló que el juego de Goffin poseía una limpieza tal que resultaba hermoso de observar para cualquier entendido. Rafael Nadal, por su parte, lo describió como un "rival extraordinariamente complejo" de enfrentar. Sin embargo, la evolución del tenis hacia un modelo donde la potencia y la velocidad de golpe se convirtieron en divisas dominantes dejó cada vez menos espacio para un jugador que triunfaba mediante la astucia y la disciplina técnica. Actualmente clasificado en el puesto 236 mundial, Goffin transita una etapa que podría describirse como una gira de despedida no oficial. En declaraciones recientes en Montecarlo, tras perder en la fase previa, explicó su situación: "Hubiera deseado continuar algunos años más, pero las cosas se han complicado. El tenis actual está a un nivel muy elevado. No es posible estar al cien por ciento constantemente, ni física ni tenísticamente. No puedes simplemente ganar algunos partidos y seguir adelante. Así no funciona el deporte. Reconocí que era el instante correcto para terminar. Ya no sentía lo mismo, y cuando comprendes eso, la decisión se vuelve simple." Agregó que tomar esta determinación lo ha liberado emocionalmente: "Hay algo en mi interior que se ha soltado, y me agrada la sensación que tengo".

El acróbata que enamoró a una nación

Gaël Monfils, con 39 años de edad, encarna una filosofía opuesta. Mientras Goffin fue silencioso artesano, Monfils fue y sigue siendo el showman de clase mundial, el artista que deleita multitudes con su atletismo explosivo y su versatilidad acrobática. Su ubicación actual en el puesto 200 del ranking no lo priva de recibir una invitación de honor para Roland Garros, torneo donde es prácticamente una institución nacional. Nunca alcanzó una final de Grand Slam —sus mejores actuaciones fueron dos semifinales—, lo cual lo ha mantenido fuera de la consideración para el Salón de la Fama. Paradójicamente, su popularidad y reconocimiento mundial superan largamente el de muchos campeones históricos ya inmortalizados. En su país natal, Francia, es considerado un ícono viviente, portador de esperanzas generacionales sobre sus hombros.

De los 1,93 metros de altura que lo caracterizan, Monfils construyó una carrera ganando 13 títulos profesionales y alcanzando la posición máxima de número 6 mundial en noviembre de 2016. Su mayor logro en Roland Garros sucedió en 2008, apenas en su cuarta participación, cuando llegó a semifinales perdiendo contra Roger Federer, quien era el número 1 del mundo en ese entonces. Pero existe otro encuentro que permanece grabado en la memoria colectiva del tenis francés: el de 2014 contra Andy Murray. Fue un duelo de cuartos de final donde el hielo y la resistencia mental jugaron papeles determinantes. El partido comenzó retrasado por lluvia y finalizó en la casi oscuridad, alrededor de las 21:42 horas, después de que Monfils se recuperara desde abajo en el marcador perdiendo los dos primeros sets. Sin embargo, el cansancio y la falta de visibilidad jugaron en su contra durante el quinto set, que Murray ganó 6-0. La trayectoria de Monfils ha estado marcada por lesiones recurrentes que lo obligaron a ausentarse de 13 Grand Slams y retirarse de competiciones en un registro de 35 oportunidades, cifra sin antecedentes en la profesión. Paradójicamente, su naturaleza atlética explosiva —que lo hizo célebre— fue también la causante de estas limitaciones corporales.

Lo que hace singular el caso de Monfils es que tras caer fuera de los cincuenta mejores del mundo a finales de 2024, logró una hazaña que parecía imposible a su edad: ganó el título de Auckland en 2025, convirtiéndose en el tenista ATP más anciano en conquistar un título de gira desde que Ken Rosewall lo hiciera 46 años antes. La explicación de este fenómeno lleva directamente a su esposa, la ucraniana Elina Svitolina, estrella del circuito femenino, y a su hija de dos años, Skai. Inmediatamente después del triunfo en Nueva Zelanda, Svitolina compartió una fotografía de su marido saboreando un plato de borsch, la tradicional sopa de remolacha que cruza fronteras culinarias. El epígrafe de la publicación rezaba: "Potenciado por Borsch", sugerencia humorística pero también real sobre las fuentes del rejuvenecimiento tardío de Monfils.

El romántico sin armas contundentes

Si hay alguien que desmienta la noción de que la pasión debe desaparecer con los años en el deporte profesional, ese es Stan Wawrinka. El suizo de 41 años encierra en su marco de físico robusto y su juego sólido como roca una devoción por el tenis que trasciende los números y las clasificaciones. Aunque muchos jugadores en la historia han acumulado registros estadísticos superiores, pocos han demostrado una adoración por el juego equiparable a la suya. Wawrinka es el santo patrono del backhand de una mano en la era moderna, aquel que rescató de la extinción un golpe considerado anómalo en tiempos donde la biomecánica de dos manos parecía imponerse sin apelación. Accedió a la historia del Grand Slam conquista tres coronas en los torneos mayores durante la dominación de la llamada "Gran Tríada" —Federer, Nadal, Djokovic—, logro que lo encamina inevitablemente hacia el Salón de la Fama.

Su mayor gloria llegó en 2015 cuando se coronó campeón de Roland Garros, demostrando que aún en la era de los dominadores, existían rendijas por las cuales podía colarse la excelencia. Wawrinka ha anunciado públicamente que este 2026 será su último año como profesional en activo. Prácticamente sin dudas, recibirá una invitación de honor para participar en su últimas aventura francesa. Criado en contexto rural suizo, su apariencia sugiere un hombre acostumbrado a faenas campestres —piénsese en alguien capaz de arrastrar fardos de heno o martillar aceros en el camino. No obstante, en lo que respecta a tenis, Wawrinka es un romántico puro cuyo amor por la disciplina funciona como contrapeso a su naturaleza fundamentalmente realista respecto a las limitaciones del deporte profesional moderno.

Durante el apogeo de su carrera, alrededor de 2016, periodistas intentaban constantemente incluirlo en la discusión de si la "Gran Tríada" debería expandirse hacia una "Gran Cuatro" o "Gran Cinco". Wawrinka rechazó invariablemente esta posibilidad. Su argumentación más contundente llegó después de su victoria más resonante: el triunfo ante Novak Djokovic en la final del Abierto de Estados Unidos 2016: "La Gran Cuatro, estoy realmente lejos de ellos. Solo mira los torneos que ganaron, cuántos años han estado ahí. ¿Cuántos Masters Mil tiene Murray? Han estado ahí desde hace diez años. No solo ganando, sino llegando a semifinales y finales constantemente. Por eso no estoy ahí. No quiero estar. Para mí no hay pregunta sobre eso. Pero intento hacer lo mejor que puedo con mi carrera." Vive según un credo sugerido por palabras del dramaturgo irlandés Samuel Beckett, frase que lleva tatuada en la parte interna de su antebrazo izquierdo: "Ever tried. Ever failed. No matter. Try again. Fail again. Fail better." —Siempre intentado. Siempre fallado. No importa. Intenta de nuevo. Falla de nuevo. Falla mejor.

Hace poco, tras caer ante Sebastian Baez en la primera ronda de Montecarlo, le consultaron si resultaba frustrante sufrir eliminaciones tempranas. Respondió con una filosofía que refleja décadas dedicadas al deporte: "Este no fue mi primer calentamiento, ni mi primer entrenamiento, la repetición, a veces los viajes... Claro que podría hablar mucho sobre todos estos aspectos, pero al final del día, ser tenista es una oportunidad. Es algo asombroso. Siempre soñé con eso. Tengo 41 y aún lo hago porque me disfruta. No es fácil seguir empujándome a mí mismo, pero al final, lo amo. Así que estoy bien con todo." Esta declaración sintetiza la esencia de por qué Wawrinka continúa compitiendo: no por posiciones ni premios, sino porque el proceso mismo de esforzarse por mejoría constante lo mantiene vivo emocionalmente.

Lo que se va con ellos

La convergencia de estos tres retiros simultáneos marca un punto de quiebre en la evolución del tenis profesional. Goffin personificaba la inteligencia táctica en un deporte crecientemente simplificado. Monfils llevaba la bandera de la creatividad atlética y la conexión emocional con las multitudes. Wawrinka preservaba el romance de una disciplina que demanda tanto sacrificio como devoción genuina. Los tres llegaron a la mayoría de edad profesional en una era donde todavía era posible triunfar mediante métodos alternativos a la pura potencia. Competían durante tiempos donde los torneos se decidían en mentes estratégicas además de brazos fuertes. Su desaparición del circuito consolidará aún más la hegemonía de un modelo donde la velocidad y la potencia son prácticamente excluyentes.

Para el tenis francés, la partida de Monfils significará una transformación cultural. Es difícil cuantificar el impacto de una figura que, sin conquistar un Grand Slam, logró convertirse en símbolo viviente de su país en un deporte global. Goffin dejará un legado de que los pequeños, los pensadores, los técnicos pueden competir en la élite, aunque sea en los márgenes. Wawrinka cerrará la puerta a una generación que pudo existir lateralmente al dominio de la Gran Tríada, ganando sus propios trofeos sin necesidad de pertenecer al círculo íntimo de los amos del deporte. El tenis que vino después de ellos será más potente, más veloz, más previsible, seguramente mejor en números brutos, pero inevitablemente diferente en carácter. Cuando sus nombres desaparezcan de las listas de competidores activos de Roland Garros, algo más que carreras individuales llegará a su conclusión: una manera de entender y practicar el tenis profesional que privilegiaba la heterodoxia, la resiliencia mediante la astucia y el amor desinteresado por la competencia misma.