La noche del Monumental dejó un sabor agridulce para los hinchas del conjunto millonario. No se trataba simplemente de un gol que costaba conseguir frente a un rival que sabía cómo replegarse y complicar el juego. La cuestión trascendía lo deportivo: era sobre si esa anotación debería haber llegado a concretarse o si, por el contrario, el árbitro debería haber frenado la jugada mucho antes. Giuliano Galoppo marcó el primero de la tarde en el estadio de Núñez, pero detrás de esa celebración se escondía un interrogante incómodo que los aficionados y especialistas no tardaron en cuestionar.

El partido contra los de Mar del Plata se desarrollaba bajo la lógica esperada: River presionaba, buscaba espacios, generaba ocasiones, pero el Tiburón se cerraba con inteligencia táctica. Pasaban los minutos sin que el marcador se moviera, y la tensión comenzaba a acumularse en las tribunas. El equipo local generaba juego, tenía posesión, pero esa chispa definitiva para romper el cero aún no llegaba. Hasta que, de repente, sucedió. Un rebote, una serie de toques rápidos, y la pelota terminó en la red detrás del arquero visitante. El grito fue ensordecedor. El Monumental explotó de alegría. Pero esa explosión tendría una contraparte inmediata en el banco de suplentes del conjunto marplatense.

El origen de la polémica: una marca que nunca fue sancionada

Para entender dónde nació la discrepancia, hay que retroceder varios segundos. Rodrigo González, el lateral derecho millonario, controlaba el balón en el costado derecho del campo. Su intención era mantener la posesión y proyectarse ofensivamente, tal como lo exige su rol en el sistema táctico. Pero en ese momento, aparecería Maximiliano Salas, defensor del Tiburón, quien intentaba frenar su avance con una marca cerrada. González, buscando zafarse de la presión, realizó un movimiento para desprenderse del marcaje. En eso, Ian Subiabre interviene con una falta clara sobre el futbolista de River. No fue un contacto dudoso. No fue una acción que pudiera interpretarse de varias maneras. Fue una infracción manifiesta que debería haber sido silbada de inmediato por Nicolás Ramírez, el encargado de dirigir el encuentro.

Desde esa falta no cobrada, el juego se desató. Con la pelota recuperada por River a través de ese contacto sin penal, comenzó la secuencia que terminaría en gol. Galoppo tomó el esférico y la distribuyó hacia Tomás Galván, quien con un toque preciso abrió el juego hacia Gonzalo Montiel. Este último, con visión clara, envió un centro rasante que sería rematado por Facundo Colidio y finalmente, en el tumulto de la jugada, Galoppo estaría ahí para empujar la pelota hacia la red. La anotación parecía completa. Pero la duda persiste: ¿debería haber existido ese gol si la acción que lo originó jamás debió permitirse?

El VAR entra en escena: ¿qué se revisó realmente?

El árbitro Ramírez no continuó inmediatamente. Por unos segundos, detuvo el juego. Era evidente que algo lo hizo dudar. Nicolás Lamolina, operador de la tecnología de videoarbitraje desde Ezeiza, había solicitado una revisión de la acción. Todos en el estadio contenían la respiración. ¿Se anularía el gol? Las cámaras revisarían cada detalle. Sin embargo, después de esos instantes de tensión, la anotación fue convalidada. El árbitro validó el tanto y el juego continuó con River ganando por uno.

Aquí reside el misterio que genera fastidia entre los observadores atentos. Cuando se activa el VAR, las posibilidades son acotadas: o bien se analiza el offside de quien remata, o bien se examina si hubo una falta previa que invalidaría la jugada. En este caso, ¿qué fue lo que Lamolina determinó como correcto? Existen dos escenarios posibles que explican la validación. En primer lugar, es posible que la acción previa —aquella falta de Subiabre sobre González— haya sido analizada minuciosamente y se haya llegado a la conclusión de que no representaba una infracción sancionable. Una interpretación generosa de las reglas, ciertamente, pero no imposible dentro de los márgenes discrecionales del arbitraje. En segundo lugar, existe la posibilidad de que el enfoque de la revisión se haya centrado únicamente en la posición de Galoppo al momento del remate, descartando un supuesto offside que, en realidad, no existía. Si se tomó este camino, la falta previa simplemente quedó fuera del radar de la revisión, un olvido que resultaría problemático considerando que la infracción fue evidente.

Ninguna de estas explicaciones resulta plenamente satisfactoria para los que presenciaron la jugada. Los hinchas del Tiburón tenían razón en protestar. Su equipo había sufrido una falta sin castigo que derivó directamente en el gol que los ponía en desventaja. Por su parte, los aficionados de River, aunque celebraban la anotación, quedaban con la sensación incómoda de haber marcado en circunstancias que no eran del todo claras. El fútbol es un deporte donde estos detalles importan enormemente, donde una decisión equivocada puede cambiar el rumbo de todo un partido, de toda una temporada. Este fue precisamente uno de esos momentos donde la duda quedó instalada en el aire del Monumental, sin resolverse completamente.