Hay debates que no se cierran con el pitazo final. El partido entre Defensa y Justicia y Boca Juniors dejó, además del resultado, una escena que merece ser analizada con lupa: no por lo que se decidió, sino por el mero hecho de que se haya tomado la decisión de intervenir. Porque en el fútbol argentino, el VAR sigue siendo un sistema que genera más preguntas que respuestas, y esta vez la inconsistencia quedó al desnudo de una manera casi didáctica.
Para entender de qué se habla, hay que retroceder unos días y recordar las declaraciones del VAR Paletta tras el superclásico entre River y Boca. En ese partido, la jugada que generó controversia fue el contacto de Blanco sobre Martínez Quarta, que muchos reclamaron como penal y que el árbitro y el equipo tecnológico decidieron no sancionar. La defensa de Paletta fue clara y conceptualmente razonable: el VAR no debe salir a cazar detalles microscópicos. Su rol, explicó, es detectar los errores evidentes, los que saltan a la vista, los que él mismo ilustró con una metáfora que quedó dando vueltas: no hay que buscar hormigas, hay que ver elefantes. Dicho de otro modo, intervenir solo cuando la equivocación es grosera e inapelable.
Una metáfora que se cayó sola
El problema es que esa filosofía, enunciada con tanta convicción, duró apenas unos días antes de quedar completamente desmentida por la conducta de otro integrante del mismo sistema. Con el marcador ya sentenciado —Boca ganaba 3 a 0— y el reloj marcando 48 minutos de juego en Florencio Varela, el VAR Silvio Trucco decidió llamar al árbitro Gariano para revisar en el monitor una acción ocurrida en la mitad de cancha. ¿El motivo? Una supuesta falta sobre Banega, quien había perdido la pelota y levantado los brazos reclamando. Una fricción. Un roce. Nada que alterara el desarrollo natural del juego ni que representara un perjuicio real para ningún equipo. Y sin embargo, ahí estaba Trucco, convocando al juez principal para revisar exactamente el tipo de detalle que Paletta había dicho que el VAR debía ignorar.
Lo que hace aún más llamativo el episodio es el contexto deportivo en que se produjo. No estamos hablando de una jugada que pudiera cambiar el resultado, ni de una acción en el área que derivara en gol o en la anulación de uno. El partido estaba prácticamente liquidado. La intervención no tenía ningún impacto posible sobre el desenlace. Sin embargo, alguien del equipo tecnológico consideró que valía la pena detener el juego, hacer caminar al árbitro hasta el monitor y consumir tiempo en una revisión que, en los hechos, no modificó absolutamente nada. Gariano observó las imágenes, confió en su criterio inicial y convalidó el tanto de Merentiel. Bien por él. Pero la pregunta incómoda queda flotando: ¿para qué fue llamado?
El doble estándar que erosiona la credibilidad
El verdadero daño que genera este tipo de situaciones no es el resultado del partido, que en este caso no se vio afectado. El daño es institucional. Cuando desde el propio sistema se predica una doctrina de intervención mínima y selectiva, y días después uno de sus integrantes actúa en las antípodas de esa doctrina, lo que se erosiona es la credibilidad del conjunto. Los árbitros, los jugadores, los técnicos y los hinchas necesitan saber a qué atenerse. Necesitan que las reglas de funcionamiento del VAR sean consistentes, no que cambien según quién esté a cargo del control en cada partido. Y eso, hoy por hoy, no está ocurriendo.
Vale recordar, además, que Trucco no es un nombre cualquiera dentro del arbitraje argentino. Hasta hace muy poco era considerado uno de los candidatos para representar al país como VAR en un Mundial. Eso habla de su jerarquía dentro del sistema, lo cual hace aún más difícil entender la decisión. No fue un error de un asistente sin experiencia. Fue una intervención tomada por alguien con trayectoria y reconocimiento, en una situación donde el sentido común indicaba claramente que no había nada para revisar. Si los referentes del sistema actúan así, ¿qué mensaje se le manda al resto?
El superclásico, con toda su carga emocional y su repercusión mediática, también dejó preguntas abiertas sobre el funcionamiento del VAR. El empujón de Blanco a Martínez Quarta generó y sigue generando discusión. Hay analistas, exjugadores y espectadores neutrales que no encontraron falta en la acción. Eso, en cierta medida, avala la postura de no haberla sancionado: si la jugada es dudosa, si hay margen para la interpretación, entonces el criterio de no intervenir tiene sustento. Ahí sí se puede hablar de elefantes y hormigas con coherencia. Pero esa coherencia se rompe en pedazos cuando, en el mismo torneo y con apenas días de diferencia, el VAR llama al árbitro por un roce sin consecuencias en los últimos minutos de un partido que ya no tiene vuelta atrás.
El fútbol argentino lleva años conviviendo con un VAR que genera tantas polémicas como las que pretende resolver. No se trata de estar en contra de la tecnología: bien aplicada, es una herramienta valiosa. El problema es la aplicación. Es la falta de uniformidad en los criterios. Es la ausencia de un protocolo claro que todos los integrantes del sistema respeten por igual, independientemente de quién esté en la cabina y de cuál sea el partido en cuestión. Mientras eso no se resuelva, episodios como el de Florencio Varela van a seguir alimentando el escepticismo. Y las metáforas sobre hormigas y elefantes van a seguir sonando huecas cada vez que la realidad las contradiga en tiempo de descuento.

