La geografía a veces juega a favor de los dirigentes que entienden que su lugar no siempre está en una oficina. Juan Sebastián Verón decidió cruzar la cordillera para respirar junto a su plantel uno de esos compromisos que quedan marcados en la historia de un club. Lo que sucedió en Santiago durante la revancha de octavos de final de la Copa Libertadores no fue apenas un partido más: fue la puerta de entrada a una competencia continental donde Estudiantes no juega desde hace años. Y en el banco de suplentes, en las tribunas o donde fuera, el presidente quiso estar ahí.

La relevancia de este viaje trasciende lo anecdótico. El equipo porteño había empatado 1-1 en la primera instancia jugada en Buenos Aires, lo que significaba que su futuro dependía de lo que hiciera en condición de visitante frente a una Universidad Católica que además se presentaba como local. Bajo estas circunstancias, cuando muchas expediciones desembarcan en tierras ajenas sin otra cosa que esperanza, Estudiantes respondió con contundencia. El resultado de 3-0 no dejaba margen para discusiones: el Pincha estaba vivo, estaba fuerte, y los cuartos de final de la Libertadores dejaban de ser un sueño abstracto para convertirse en realidad.

Un equipo que resolvió sobre el terreno

Los primeros minutos en el Estadio San Carlos de Apoquindo mostraron a dos equipos cautelosos, midiendo fuerzas. Católica intentaba hacer valer su condición de local, pero encontraba las líneas de Estudiantes bien organizadas. El equipo de Medina buscaba explotar los espacios que se abrían detrás de la línea de volantes chilenos, aunque por momentos le costaba establecer una conexión fluida entre la mitad de la cancha y los atacantes. Era el tipo de partido que se define en detalles, en esas jugadas donde alguien se anima a más.

Joaquín Correa fue ese alguien. El atacante ingresó en el campo por una lesión que sufrió Tiago Palacios, y pocos minutos después apareció con la jerarquía que lo caracteriza para convertir el primero. Baltasar Rodríguez, abanderando desde la banda un movimiento hacia el centro, envió un pase que encontró toda la inteligencia del Tucu. Era el 1-0, y con él llegaba un cambio en la dinámica del partido. Ya no se trataba de dos equipos explorando, sino de un Pincha en ascenso y una Católica obligada a exponerse.

En la segunda mitad, Estudiantes salió a profundizar su ventaja. La máquina estuvo mejor engrasada, las transiciones fluyeron con mayor naturalidad, y pronto Correa volvió a ser protagonista, esta vez como asistidor. Su pase hacia Guido Carrillo generó una jugada donde Eros Mancuso remató de cabeza para hacer el 2-0. Fue entonces que Carrillo, con el oficio de delantero que conoce bien dónde moverse, convirtió en tiempo de descuento para poner cifras definitivas: 3-0. Fernando Muslera apenas tuvo trabajo, pero cuando le tocó intervenir lo hizo con seguridad. El arquero fue ese muro tranquilizador que Estudiantes necesitaba para administrar una ventaja que le permitía respirar.

Más allá de la cancha, en las redes y en el calendario

Cuando se apagaron los reflectores y el equipo regresó a los vestuarios, Verón tomó su teléfono y escribió un mensaje que circuló por sus redes sociales. No fueron palabras altisonantes ni promesas grandilocuentes: solo "Un paso a la vez. Felicitaciones y seguimos. Vamos por más", acompañado de símbolos que reflejaban la pertenencia al club. Ese tono moderado, esa mesura en la celebración, dice algo sobre cómo se concibe esta etapa. No se trata de soñar con coronas ni títulos que aún están muy lejos: se trata de avanzar, de crecer, de entender que cada obstáculo superado es una lección.

Estudiantes cierra una semana de ensueño. Antes de viajar a Chile, había goleado 4-0 a Gimnasia en el clásico de la región, demostrando una potencia ofensiva que las últimas temporadas no había mostrado con regularidad. Ahora, con la Libertadores como brújula, el equipo debe mantener el ritmo. El próximo domingo enfrentará a Sarmiento en condición de visitante por la sexta fecha del Torneo Clausura. Luego vendrán los octavos de la Copa Argentina contra Barracas Central. Pero lo importante, lo que realmente pesa, llegará en septiembre, cuando los cuartos de final de la Libertadores enfrenten al equipo porteño con Rosario Central o Corinthians, según los cruces que se definan en los próximos días.

Desde una perspectiva analítica, lo que sucedió en Santiago representa varios fenómenos simultáneos. Por un lado, la presencia de Verón en la cancha chilena evidencia un liderazgo ejecutivo que no se limita a decisiones administrativas, sino que busca estar presente en los momentos que definen ciclos. Por otro, el desempeño del equipo confirma que existe un proyecto deportivo con cierta consistencia: no cualquiera gana 3-0 de visitante en una cancha complicada, en una competencia donde cada detalle cuenta. La ausencia de Fernando Zampedri en las filas de Católica, quien no pudo jugar por exceso de tarjetas, fue un factor que no debe ignorarse, pero tampoco se puede restar mérito a la eficiencia del Pincha para capitalizarlo. Estos son los resultados que construyen confianza, que generan momentum, que permiten a una institución respirar después de temporadas complicadas. Las próximas semanas dirán si este impulso puede mantenerse bajo presión, si el equipo tiene la capacidad de sostener este nivel cuando la exigencia sea aún mayor, y si Estudiantes puede realmente escribir un capítulo memorable en la Libertadores. Lo cierto es que, por primera vez en un buen tiempo, las condiciones parecen estar dadas para intentarlo.