Después de diez meses sin experimentar una caída mensual, el índice de precios volvió a mostrar signos de contención en abril. El dato de 2,6% representa no solamente el corte de una racha negativa prolongada, sino el retorno a niveles que no se registraban desde noviembre del año anterior. En los círculos oficiales, esta lectura se interpreta como un posible punto de inflexión en la trayectoria inflacionaria, abriendo la puerta a expectativas de continuación de la baja en los meses venideros. Sin embargo, la volatilidad histórica de estas proyecciones invita a la cautela: hace apenas seis meses, predicciones similares fracasaban estrepitosamente, derribando pronósticos que parecían sólidos en sus fundamentos.

Los números que animan al Ejecutivo

Las consultoras privadas que alimentan el Relevamiento de Expectativas de Mercado del Banco Central proyectan un descenso gradual para los próximos cuatro meses: 2,3% para mayo, 2,1% para junio, 2% para julio y 1,9% para agosto. Estos guarismos, de cumplirse, significarían un sendero de moderación consistente. No obstante, conviene recordar que en octubre pasado, las mismas fuentes de pronósticos anticipaban una inflación decreciente que, llegado febrero de 2026, llegaría a rondar el 1%. La realidad resultó diametralmente opuesta: durante toda la segunda mitad del año, los precios se dispararon de manera casi ininterrumpida, con apenas un paréntesis en enero y febrero cuando la inflación se estancó en 2,9%. Las presiones vinieron de múltiples flancos simultáneamente: la abrupta suba del dólar en la previa electoral de octubre, el desmedido avance de los alimentos —especialmente carne de res—, y los sucesivos ajustes en las tarifas de servicios públicos.

El rol clave de la mesa y el combustible de importación

El segmento de alimentos constituye el principal motor de cambio en el panorama actual. Desde mediados de 2025, esta categoría venía trepando por encima del promedio general, alcanzando un pico alarmante de 4,7% en enero. La carne lideraba esa escalada, con subas de hasta 6,9% en marzo. Pero en abril, la tendencia se revirtió con brutalidad: el rubro completo de alimentos creció apenas 1,5%, actuando como freno sobre el índice global. La carne específicamente registró un aumento de tan solo 1%, un contraste estridente con meses anteriores. Los analistas atribuyen esta desaceleración a una combinación de menor consumo de proteína roja y a la competencia creciente de alternativas más económicas como pollo y cerdo. Este comportamiento resulta consistente con patrones históricos: cuando los precios de un bien esencial se disparan, los hogares tienden a sustituirlo por opciones más accesibles, comprimiendo así la demanda y, eventualmente, los valores.

En paralelo, la estabilidad cambiaria jugó un papel equilibrador en abril. El dólar no experimentó movimientos significativos durante ese mes, después de haber presionado fuertemente los precios en la fase final de 2025. Acumulativamente, lo que va del año presenta un cuadro favorable: el tipo de cambio retrocedió 4% mientras la inflación acumulada alcanza 12,3%. Esta divergencia implica que el ancla cambiaria ha dejado de ejercer presión sobre los precios internos, al menos en el corto plazo. El Banco Central ha estado comprando divisas de manera agresiva, ya acumulando más de US$ 8.000 millones sin que el peso rebote, en tanto aguarda el ingreso de recursos provenientes de la cosecha, colocaciones de deuda provincial y desembolsos del sector privado.

Un tercer factor que converge en la moderación de abril es la inflación núcleo —aquella que descuenta los efectos estacionales y regulatorios—, que bajó significativamente a 2,3%, el menor nivel desde octubre. Este indicador había estado presionando por encima del índice general durante varios meses, con excepción de enero y marzo. Su alivio en abril sugiere que las presiones de demanda se han atenuado más allá de los efectos puntuales de alimentos u otros rubros específicos.

Las sombras sobre el horizonte próximo

Pese al optimismo templado que generan los datos de abril, existen vulnerabilidades que podrían torpedear el sendero de baja. Los combustibles constituyen un frente de riesgo evidente. La escalada de conflictividad en Medio Oriente ha impulsado el precio de la nafta al alza: en lo que va de 2026, el carburante se ha apreciado más del 20%, trasladándose parcialmente a múltiples rubros de la economía. YPF anunció recientemente un incremento del 1% y manifestó intenciones de sostener esos valores durante 45 días, pero cualquier recrudecimiento en las tensiones geopolíticas podría desbaratar ese plan. La segunda piedra en el zapato proviene de los servicios regulados. Las tarifas de electricidad, gas, agua y transporte se ajustan periódicamente según la inflación previa, creando un mecanismo de retroalimentación. En 2026, los rubros regulados han aumentado 17,5%, contra una inflación general de 12,3%, evidenciando una compresión de márgenes que tarde o temprano deberá corregirse.

Los datos de mayo ya comienzan a dar señales. Firmas especializadas en relevamientos de precios reportan moderación en el comportamiento de alimentos y bebidas, con el fin de picos estacionales en educación e indumentaria jugando a favor. El evento de descuentos conocido como "Hot Sale" también está colaborando, junto con ajustes contenidos en combustibles. Bajo este escenario, algunas consultoras proyectan una inflación de mayo cercana al 2,2%. Sin embargo, estas predicciones de corto plazo, aunque más granulares, también están sujetas a sorpresas y cambios de composición en los cestos de bienes monitoreados.

El juego de fuerzas que definirá los próximos capítulos

La situación actual presenta una encrucijada donde factores favorables y adversos coexisten en tensión. Si se mantiene la estabilidad cambiaria, si los alimentos continúan moderándose —algo que depende de variables como el clima, la oferta ganadera y comportamientos de consumo—, y si la inflación núcleo sigue cediendo, entonces el escenario constructivo de baja gradual podría concretarse. En tal caso, los meses siguientes mostrarían descensos consistentes que aproximarían la inflación acumulada a objetivos más tolerables. Alternativamente, si resurgen presiones inflacionarias por el lado de combustibles, si resurge volatilidad cambiaria, o si los servicios regulados requieren un reajuste abrupto, el freno actual podría revelarse como un respiro transitorio antes de renovadas aceleraciones. La experiencia reciente ha enseñado que los pronósticos en este contexto son frágiles y que la realidad suele deparar sorpresas desagradables a quienes celebran victorias prematuras.