Apenas quedan días de abril y el Banco Central ya acumula compras de divisas por US$ 6.681 millones. Un número que, según el análisis exhaustivo de la consultora 1816, representa el mayor volumen de intervenciones desde que la convertibilidad colapsó hace más de dos décadas. Solo la excepción de 2024, cuando todavía regía el cepo y existía un calendario de pagos pendientes a importadores del gobierno anterior, había superado estas cifras. El contexto internacional no podría ser más desafiante: desde el 28 de febrero, cuando estalló la confrontación entre Estados Unidos e Israel contra Irán, los mercados financieros globales navegan un mar de incertidumbre que pocos habían anticipado con esta magnitud.

Lo que ocurre en los salones de Wall Street repercute habitualmente en Buenos Aires con la velocidad de un dominó. Cuando el mundo estornuda, Argentina históricamente se resfrió. En la década de los noventa, durante la crisis asiática, y nuevamente en la debacle del 2001, el país fue arrastrado por las turbulencias externas sin capacidad de resistencia. Luego, ya entrada la segunda década de este siglo, las fluctuaciones de precios de commodities en China generaban ondas expansivas que derrumbaban el consumo local. Sin embargo, algo parece haber cambiado en el tablero. Los indicadores de Wall Street cerraron con caídas significativas durante esta última semana, y los contratos futuros del crudo repuntaron por cuatro ruedas consecutivas, señales clásicas de pánico inversor. Paralelamente, el Fondo Monetario Internacional en su reporte de perspectivas económicas mundiales ya no descarta la posibilidad de una contracción global. A pesar de este escenario hostil, la autoridad monetaria argentina no solo no se vio forzada a retroceder en sus compras, sino que continuó adelante.

La paradoja argentina: fortaleza externa, debilidad interna

El jueves pasado, Santiago Bausili, titular del Banco Central, ejecutó nuevas compras de divisas por US$ 194 millones. Una cifra que en otros tiempos hubiera sido considerada marginal, pero que en este contexto adquiere dimensiones simbólicas enormes. Las intervenciones de la autoridad monetaria representan más del 5% del volumen total negociado en el mercado de cambios, lo cual indica una presencia decisiva. En la misma jornada, incluso bajo semejante hostigamiento externo, la provincia de Chubut logró colocar títulos de deuda con rendimientos inferiores al 10% anual, un logro que hace meses parecería impensable. Nicolás Dujovne, quien durante años monitoreó el comportamiento de economías emergentes desde posiciones de responsabilidad en el Ministerio de Economía, ofrece una perspectiva esclarecedora: afirma no recordar en toda su trayectoria profesional a Argentina enfrentando una crisis global de estas características sin terminar derrumbada. Hasta el momento, el relato parece distinto.

Gustavo Araujo, economista que encabeza el área de investigación en la consultora Criteria, añade un elemento de análisis complementario. Señala que si bien la evaluación del estado local de la economía puede admitir múltiples interpretaciones, existe un hecho irrefutable: con los déficits gemelos que caracterizaban a gobiernos anteriores y la dependencia de importaciones energéticas que eso generaba, una turbulencia como la actual hubiera derivado en catástrofe. El viceministro de Economía, José Luis Daza, pronunció recientemente una frase que no debería pasar desapercibida: la posibilidad concreta de alcanzar un superávit de cuenta corriente durante este año. Ese indicador, frecuentemente ignorado por el público general, resulta fundamental para comprender la resiliencia. Cuando una nación presenta déficit de cuenta corriente, se expone a la volatilidad de capitales volátiles, esos que ingresan y salen al primer sobresalto. El requisito entonces es acumular reservas de forma acelerada para compensar. La situación actual parece invertida.

Las fuentes visibles de fortaleza que sostienen al peso

¿De dónde brota entonces la capacidad del Banco Central para sostener estas compras masivas sin que la moneda se deprecie? La respuesta requiere desmenuzar varios componentes. Martín Polo, jefe de investigaciones de la consultora Cohen, exhibió hace poco en redes sociales un gráfico revelador: una línea que traza las adquisiciones de divisas por parte del organismo regulador que se superpone casi perfectamente con las liquidaciones que realiza el sector agrícola. El agro, ese motor histórico del país, mantiene un flujo constante de dólares que ingresan para cubrir ventas al exterior. A esto se suman los depósitos en moneda extranjera que las personas mantienen en bancos locales, buscando preservar valor. El saldo positivo de la balanza comercial también contribuye. Pero existe un factor adicional de relevancia: empresas que emitieron bonos desde octubre pasado realizaron liquidaciones por aproximadamente US$ 6.800 millones, dinero que retorna al circuito local y engrosa las arcas de reservas.

Sin embargo, la solidez estadística que estas cifras demuestran no encuentra correlato en las calles, en los comercios, en las mesas de las casas argentinas. Las ventas en supermercados durante febrero registraron una contracción considerable. La actividad económica agregada se contrajo 2,6% en el período más reciente. El análisis de 1816 contiene un dato perturbador que resume la desconexión: la demanda de liquidez alcanzó el nivel más bajo del año durante este lunes. ¿Qué implica esta cifra aparentemente técnica? Que mientras el Banco Central se robustece adquiriendo dólares, la población no está aumentando su tenencia de pesos. La base monetaria se contrae. Es como si el país ganara batallas externas mientras pierde territorios internos. Existe un círculo virtuoso precario: la economía resiste el embate internacional y compra dólares simultáneamente. Pero ese círculo podría cerrarse abruptamente si el Gobierno falla en refinanciar los vencimientos de bonistas. Si el esfuerzo de adquirir divisas para dedicarlas exclusivamente a pagar cupones en efectivo se torna insostenible, incluso con signos esperanzadores de que la inflación comienza a desacelerarse este mes y proyecciones que indican una recuperación de actividad en marzo según consultoras como Equilibra y Nielsen.

Argentina transita entonces un camino estrecho, casi funambulesco. Por primera vez en décadas logra no ser arrastrada por una crisis global, mantiene el peso sin depreciaciones severas, y continúa comprando reservas. Pero el precio de esa estabilidad macroeconómica se cobra en los hogares, donde la demanda de consumo se congela y la actividad real se ralentiza. La pregunta que flota en el ambiente es si esta configuración puede sostenerse indefinidamente, o si representa apenas una pausa entre dos caídas. La respuesta dependerá de decisiones que aún están por tomarse respecto a la refinanciación del pasivo, y de si la economía real logra recuperar momentum antes de que las reservas se vean sometidas a presiones irresistibles.