La industria minera chilena despierta de un letargo incómodo. Mientras el país trasandino dominó durante décadas el mercado mundial de cobre, Argentina acaba de ejecutar una jugada estratégica que encendió todas las luces de alerta en Santiago. En apenas dieciocho meses, a través de un mecanismo fiscal innovador, la nación gobernada por Javier Milei consiguió atraer inversiones por más de treinta y tres mil ochocientos millones de dólares en proyectos mineros. Un cifra que Chile —potencia indiscutible del sector— no logró reunir en toda una década. El dato no es un número más en un balance contable: representa un cambio de tornas en la geografía de poder extractivo sudamericano y plantea una pregunta incómoda a los decisores de política económica chilena sobre si el liderazgo minero puede evaporarse cuando se pierde velocidad.

Quien levanta la voz de alarma es alguien que conoce el sector en profundidad. Manuel Viera Flores, presidente de la Cámara Minera de Chile, ingeniero civil con postgrados en Universidades españolas y experiencia como director de organismos públicos especializados, escribió un artículo de reflexión donde reconoce explícitamente lo que acaba de suceder al otro lado de la cordillera. "En dieciocho meses, Milei logró lo que en Chile no conseguimos en diez años", afirma sin rodeos el ejecutivo. El instrumento detrás de este cambio es el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), aprobado en julio de dos mil veinticuatro, que funciona como un imán para capital internacional dispuesto a invertir en minería, energías renovables y otras actividades estratégicas.

Las reglas del juego que Argentina cambió

¿Qué hace tan atractivo el RIGI? Los números revelan una parte de la historia. El régimen ofrece estabilidad tributaria por treinta años en proyectos estándar y cuarenta años para iniciativas de exportación estratégica de largo plazo. Esa promesa de certeza fiscal es, paradójicamente, algo que suena simple pero representa un cambio radical en cómo funciona habitualmente la política fiscal en América Latina. Para las grandes corporaciones mineras internacionales —Rio Tinto, BHP, Lundin Mining, First Quantum—, ese horizonte de cuatro décadas de predictibilidad coincide perfectamente con los ciclos de vida de los yacimientos que pretenden desarrollar. Elimina una variable de riesgo que históricamente los mantuvo alejados de ciertos proyectos argentinos.

Pero hay más. El RIGI también garantiza la libre repatriación de utilidades sin restricciones cambiarias, un detalle que no parece menor cuando se consideran las barreras que Argentina enfrentó en años recientes respecto al acceso a divisas extranjeras. Para inversores que necesitan visualizar el retorno de sus capitales en moneda dura, esto equivale a levantar una barrera histórica que había sido un obstáculo de facto para proyectos de gran envergadura. El mecanismo también promete agilidad administrativa: los proyectos reciben aprobación en un plazo de cuarenta y cinco días por parte de un comité evaluador especializado. Esa velocidad es un diferencial competitivo descomunal en una industria donde los años de tramitación pueden representar millones de dólares en financiamiento perdido.

En comparación, Chile —donde el desarrollo de proyectos mineros requiere resolver trámites ambientales, permisos municipales, consulta indígena y múltiples resoluciones administrativas— observa cómo sus procesos de aprobación se extienden durante meses o años. Viera Flores lo resume en dos palabras clave: "Simplicidad y velocidad". Esa combinación, rara en la arquitectura regulatoria latinoamericana, resultó ser la piedra de roseta que abrió las puertas del capital global hacia Argentina en tiempo récord.

Los proyectos que cambiaron de geografía

Los números concretos grafican mejor que cualquier argumento la magnitud del cambio. El RIGI capturó inversiones por treinta y tres mil ochocientos setenta y seis millones de dólares en proyectos presentados, de los cuales el setenta y tres por ciento corresponde a cobre. Ya hay doce proyectos aprobados y once en trámite. Entre ellos destaca un nombre que genera división de aguas: Vicuña, un megaproyecto con dieciocho mil millones de dólares de inversión que Lundin Mining describe como el mayor descubrimiento greenfield de cobre de los últimos treinta años. Vicuña es, en realidad, la fusión de dos yacimientos —Josemaría y Filo del Sol—, que en conjunto contienen trece millones de toneladas de cobre en recursos medidos e inferidos, más veinticinco millones adicionales en categoría inferida. Si se concreta según lo planificado, su producción comercial comenzaría alrededor de dos mil treinta.

Pero Vicuña no es el único proyecto de escala monumental que optó por Argentina bajo el paraguas del RIGI. Rio Tinto avanza con Rincón, una iniciativa de litio valuada en dos mil setecientos veinticuatro millones de dólares. BHP, otra de las mayores corporaciones mineras globales, también decidió anclar sus planes en territorio argentino. First Quantum, operador de Panamá y otros países, ingresó al juego. Proyectos como El Pachón y Los Azules sumaron interés inversor. Argentina, que históricamente fue un productor marginal de cobre —prácticamente sin producción comercial de ese metal—, ahora contempla un horizonte donde podría ocupar el cuarto o quinto lugar en la jerarquía mundial de productores hacia dos mil treinta y cinco, con entre uno y dos millones de toneladas anuales. Una proyección que seguiría siendo menor a la de Chile, que produce actualmente cinco millones cuatrocientos mil toneladas por año, pero que representa una transformación radical del mapa productivo sudamericano.

El litio agrega otra dimensión al fenómeno. Argentina ya posee el treinta por ciento del triángulo del litio sudamericano, con salmueras de concentración superior a ochocientos miligramos por litro —algunas como Hombre Muerto West alcanzan ochocientos ochenta y tres—, y tecnología de extracción directa de litio en plena implementación. Salta, sola, cuenta con treinta y cinco proyectos de litio en distintas fases de desarrollo. En este segmento, Argentina ya es la "gran potencia emergente" a escala global, con tecnología que atrae inversión sofisticada.

El espejo incómodo para Chile

Viera Flores no disimula su preocupación ni su reconocimiento de lo obvio. Para él, Chile no "perdió" el liderazgo minero en el sentido literal, sino que "perdió la velocidad". Es una distinción semántica que esconde una verdad más profunda: en un mundo donde el capital busca destinos con certeza regulatoria y agilidad administrativa, los ganadores son quienes ofrecen ambas cosas con convicción. El directivo chileno propone un diagnóstico provocador: "El boom de Chile ya pasó. Ahora hay que buscar una estrategia distinta". No se refiere a abandonar la minería —la minería seguirá siendo central para Chile—, sino a reconocer que los reflejos del siglo veinte no funcionan en el contexto actual. Aumentar la capacidad de fundición y refino, mejorar la infraestructura de procesamiento, desarrollar una ventanilla única para permisos, diseñar un plan nacional de exploración robustamente financiado: esas serían las piezas de una respuesta chilena que recupere dinamismo.

Sin embargo, el análisis de Viera Flores toca un punto paradójico del modelo argentino que merece atención. Argentina, bajo el RIGI, consiguió atraer inversiones masivas para desarrollar algunos de los yacimientos más grandes del planeta. Pero "tener" un yacimiento no equivale a "producir" de él. Josemaría, la primera mina de cobre argentina que entrará en operación, no comenzará su producción comercial hasta alrededor de dos mil treinta. Entre dos mil treinta y dos mil treinta y cinco, en el mejor de los casos, el país podría albergar entre uno y dos millones de toneladas anuales de producción. Significa que durante toda la década de dos mil veinte, Argentina seguirá siendo, en términos de output minero real, un actor secundario en cobre. Chile, mientras tanto, mantiene hoy su posición de productor número uno global, con una historia de más de cien años de minería sofisticada. Pero ese patrimonio no garantiza nada si el entorno regulatorio se vuelve hostil o letárgico para nuevas inversiones.

La reflexión de Viera Flores cierra con una disyuntiva política más que técnica. Chile enfrenta dos caminos: defender lo que posee y aceptar una pérdida gradual de influencia en la industria global, o articular una agenda ambiciosa de reformas que lo reponga en la cancha como potencia minera del siglo veintiuno. La primera opción es tentadora porque no requiere dolor político inmediato; es, como dice el ingeniero, "una derrota en cámara lenta". La segunda exige voluntad política concentrada, coordinación entre sectores público y privado, y disposición a desmantelar trámites que actualmente protegen intereses diversos pero que, al costo de esa protección, mantienen alejado el capital masivo.

Implicancias sistémicas y posibles desenlaces

Lo que sucede en el sector minero sudamericano trasciende los números de inversión o la producción de cobre. Representa un test sobre cómo la política económica puede alterar, en tiempo récord, la geografía de poder en un sector estratégico. Argentina, tras años de volatilidad macro, crisis de deuda, restricciones cambiarias y un régimen de control de cambios, cambió de narración. El RIGI funcionó como una señal tan clara y consistente que corporaciones que habían rechazado Argentina históricamente decidieron apostar. Eso sugiere que, en ciertos contextos, las reglas claras pesan más que la historia de incumplimiento pasado. Inversores sofisticados y con horizontes de largo plazo —como los que operan en minería— responden a incentivos estructurales más que a narrativas cortoplacistas.

Para Chile, la lección es más incómoda porque cuestiona la autosuficiencia de poseer recursos naturales de clase mundial. Tener cobre no garantiza capturar inversión en cobre si la competencia ofrece marcos más ágiles. Tener litio requiere también velocidad regulatoria si Bolivia, Argentina o Perú mejoran sus marcos normativos. En el largo plazo, esto podría significar una reconfiguración del mapa extractivo sudamericano donde múltiples países compiten por la misma inversión. O podría presionar a Chile a modernizar su arquitectura regulatoria para mantener competitividad. Las consecuencias son abiertas: dependerán de decisiones que aún no se toman, de voluntades políticas que aún no se expresan, de presiones de grupos de interés que tradicionalmente resistieron cambios. Lo que sí es claro es que el espejo que Argentina pone frente a Chile muestra una imagen incómoda, y que en minería —como en otros sectores— la inercia puede transformarse rápidamente en rezago si no hay capacidad de adaptación.