Cuando el caos golpea a los mercados financieros internacionales, la Argentina siempre terminó pagando la cuenta más cara. La historia económica del país está repleta de ejemplos de cómo cualquier estornudo en Wall Street se convertía aquí en pulmonía. Pero algo cambió. Este jueves, mientras los principales índices estadounidenses volvían a desplomarse y los futuros del crudo subían por cuarta sesión consecutiva, Santiago Bausili metía la mano en el bolsillo institucional del Banco Central y compraba casi US$ 194 millones. Y la moneda nacional no se movía. En paralelo, la provincia de Chubut colocaba deuda a una tasa por debajo del 10%. Escenas que, hasta hace poco tiempo, habrían resultado imposibles en cualquier contexto de turbulencia global.

Los números hablan de una situación inédita. Solo en los primeros días de abril, la autoridad monetaria ya había acumulado compras de divisas por US$ 6.681 millones. Según el análisis detallado de la consultora 1816, se trata de la cifra más elevada registrada desde que colapsó el régimen de convertibilidad que caracterizó los años noventa. La única excepción fue 2024, cuando todavía regía el cepo y existía un cronograma de desembolsos pendientes para importadores que no habían recibido sus pagos durante la administración anterior. Estos datos resultan particularmente significativos considerando el telón de fondo internacional: el conflicto que enfrentan Washington e Israel contra Irán comenzó el 28 de febrero y desde entonces desencadenó una salida de capitales hacia activos defensivos, mientras que los precios energéticos se disparaban. El Fondo Monetario Internacional, en su reporte de Perspectivas Económicas Mundiales difundido días atrás, ni siquiera descartó la posibilidad de una contracción económica global.

Un fenómeno que desafía la lógica histórica

Nicolás Dujovne, quien ejerció como ministro de Economía en la administración Macri y lleva décadas monitoreando los movimientos de los mercados emergentes en situaciones de crisis, fue consultado sobre si había presenciado algo comparable. Su respuesta fue contundente: no recuerda haber visto a la economía argentina enfrentando una turbulencia de estas características sin que la moneda se derrumbara. Al menos no hasta ahora. El contexto es todavía más asombroso si se consideran las vulnerabilidades estructurales que históricamente caracterizaron al país: déficits gemelos, dependencia de importaciones energéticas, restricciones crónicas de liquidez. "Durante esta crisis el peso terminó más fuerte de como la empezó. Más allá de si estamos bien o mal a nivel local con la economía, lo que sí es seguro es que con déficit gemelos e importando energía no sé en qué tipo de crisis estaríamos hoy", reflexionó Gustavo Araujo, economista y responsable del área de investigación en Criteria, reconociendo la paradoja de una economía que resiste presiones que antes la hubieran asfixiado.

Las intervenciones del Banco Central superaron el 5% del volumen total negociado en los mercados, una proporción que refleja la intensidad con la que la autoridad monetaria ha tenido que trabajar para contener la volatilidad del tipo de cambio. Sin embargo, el éxito no es accidental. Durante la sesión del jueves, el viceministro de Economía José Luis Daza hizo una declaración que suena casi revolucionaria en el contexto argentino: "Es posible que este año cerremos con superávit de cuenta corriente". La relevancia de esta afirmación radica en lo profundo: un déficit en la cuenta corriente actúa como termómetro de vulnerabilidad frente a la volatilidad de capitales especulativos, una enfermedad que ha derribado gobiernos en el país. Un superávit, en cambio, implica que la economía genera sus propios dólares sin depender de la benevolencia de inversores externos.

Los pilares silenciosos de una resistencia inesperada

¿Cómo fue posible que Bausili dispusiera de municiones para comprar dólares sin que las reservas se evaporaran? El economista Martín Polo, jefe de investigaciones de Cohen, desentrañó el misterio mediante un gráfico publicado en las redes sociales: las compras de divisas del Banco Central prácticamente calcan la línea de las liquidaciones del sector agrario. El campo argentino, ese pilar histórico de la economía, no dejó de vender sus cosechas al mundo a pesar de la incertidumbre global. A esto se sumaron los depósitos en dólares de particulares y empresas, que continuaron alimentando las arcas monetarias. El superávit comercial también contribuyó. Y luego está el dato que pocos mencionan: desde octubre pasado las compañías que emitieron obligaciones negociables repatriaron cerca de US$ 6.800 millones. El tejido de fuentes de divisas formó una red de contención que, sorprendentemente, funcionó.

Pero aquí yace una contradicción incómoda que revela las grietas bajo la superficie de esta aparente estabilidad. La robustez de estos números no está siendo percibida por quienes viven la economía en la calle. Las ventas en supermercados durante febrero registraron una caída, un dato que salió a la luz esta semana. Simultáneamente, la actividad económica también retrocedió, contraída por 2,6%. El informe de 1816 fue implacable en su diagnóstico: "La demanda de liquidez tocó este lunes su valor nominal más bajo del año". Esto significa que mientras el Banco Central se fortalece mediante la acumulación de divisas, la demanda de pesos languideció. La base monetaria se contrae, no se expande. Es la paradoja de una economía que logra resistir a los inversores internacionales pero que internamente experimenta un enfriamiento del consumo y la producción.

El círculo virtuoso que permite a la Argentina comprar dólares mientras el mundo se desmorona podría cerrarse completamente si el Gobierno no logra refinanciar los vencimientos de deuda de manera ordenada. Si falla en esta tarea, el esfuerzo de acumular divisas exclusivamente para utilizarlas en el pago de cupones en efectivo se volvería insostenible, incluso con signos alentadores que comienzan a aparecer: la inflación parece haber moderado su ritmo este mes, y según las proyecciones de consultoras como Equilibra y Nielsen, la actividad económica podría recuperarse en marzo. La verdadera prueba de fuego no será esquivar la próxima tormenta internacional, sino resolver si una economía que resiste en el exterior puede volver a crecer en el interior.