El panorama del tejido empresarial argentino sigue deteriorándose. Datos oficiales revelan que en los primeros seis meses de este año desaparecieron del registro formal casi nueve mil unidades productivas, acompañadas por la pérdida de más de 136 mil puestos de trabajo registrados. Pero lo que realmente preocupa a los analistas no es solo la magnitud de los cierres, sino su naturaleza: el sistema está perdiendo empresas mientras simultáneamente se contrae la generación de nuevas firmas, un fenómeno que modifica sustancialmente las estructuras del mercado laboral y la dinámica económica general.

En términos concretos, según los registros de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo, el universo de empleadores cubiertos por el seguro obligatorio descendió desde 489.749 en diciembre pasado hasta 481.015 en junio. Paralelamente, la cantidad de trabajadores en relación de dependencia bajó de 9.559.457 a 9.423.047 en el mismo período. Apenas en el mes de junio, la pérdida neta alcanzó 709 empresas y 22.513 trabajadores. El comercio minorista y la manufactura fueron los sectores más castigados por esta contracción, aunque ninguna rama de la actividad quedó exenta de esta tendencia negativa que persiste mes tras mes.

Una caída con raíces más profundas que los simple cierres

Lo que diferencia la actual situación de crisis económicas previas es que la desaparición de empresas no obedece principalmente a un volumen extraordinario de quiebras o cierres forzados, sino a algo más estructural: una debilidad generalizada en la creación de nuevas unidades productivas. Mientras que históricamente los ciclos recesivos se caracterizan por aumentos en el cierre de negocios, en este caso el fenómeno es inverso. Las nuevas aperturas de empresas están muy por debajo de lo registrado en períodos anteriores, incluso en contextos económicos más adversos. Esta asimetría entre la tasa de natalidad empresarial y la de mortalidad representa un quiebre cualitativo en la estructura productiva del país.

Los especialistas señalan que una proporción significativa de los cierres corresponde a empresas jóvenes, con menos de tres años en el mercado. Estas firmas emergen en contextos de caída sostenida del consumo interno y no consiguen mantenerse operativas ante la carga de costos iniciales, inversiones necesarias y gastos de funcionamiento. Simultáneamente, muchas unidades productivas han transformado su modelo de negocio: dejaron de fabricar bienes locales para convertirse en comercializadores de productos importados, reduciendo así su planta de personal. A esto se suma el cierre de empresas de tamaño medio y grande, fenómeno que concentra pérdidas de empleo más significativas en términos absolutos.

El crecimiento de la informalidad como contracara del empleo registrado

Mientras desciende el empleo formal, otra realidad paralela avanza sin pausa. Entre diciembre del año anterior y junio de este, los monotributistas se incrementaron desde 2.190.948 hasta 2.206.788, sumando aproximadamente 15.840 nuevos contribuyentes en esa modalidad. Aunque el crecimiento de monotributistas resulta marginal comparado con la pérdida de empleo registrado, el dato es sintomático: quienes pierden relaciones de dependencia migran hacia formas de trabajo autónomo o informal, mientras que la contratación de nuevos empleados formales prácticamente se detiene. Según estadísticas de la Secretaría de Trabajo, el empleo asalariado interanual retrocedió 1,5 por ciento, lo que equivale a 147.900 trabajadores menos en comparación anual. El sector privado soportó una caída de 1,9 por ciento (unos 121 mil empleados) mientras que el empleo público se contrajo 0,9 por ciento (30.500 trabajadores).

Si se toma como punto de referencia noviembre de 2023, mes que marca el inicio de la gestión actual, la radiografía es aún más preocupante. En esa fecha, el sistema de riesgos del trabajo registraba 512.357 empleadores y 9.857.173 trabajadores. Proyectando hasta junio de este año, los números descendieron a 481.015 empresas y 9.423.047 empleados. Esto implica una caída de 31.342 unidades productivas, equivalente a 6,1 por ciento del total, y 434.126 puestos de trabajo registrados perdidos, representando 4,4 por ciento del empleo formal que existía hace poco más de dos años. La construcción enfrentó su crisis más aguda entre 2024 y parte de 2025, consecuencia directa de la parálisis de obras públicas y privadas. La manufactura industrial también sufrió un golpe significativo. El sector público experimentó despidos y no reposición de personal. Pero más allá de estos sectores específicamente afectados, la caída tiene un componente generalizado que abarca prácticamente todos los renglones de la economía.

Natalidad empresarial en picada: el núcleo del problema

Los especialistas en dinámica empresarial advierten que el problema central reside en la insuficiencia de nuevas empresas. La tasa de aperturas de negocios ha caído por debajo de los niveles observados incluso en períodos recesivos anteriores. Esto genera un déficit crónico: si desaparecen empresas a ritmo constante pero nacen pocas nuevas, el saldo neto es inevitablemente negativo. Este fenómeno no es nuevo en Argentina. La Superintendencia de Riesgos del Trabajo ha documentado que la cantidad de empleadores mantiene una tendencia descendente ininterrumpida hace más de una década, con apenas una recuperación temporal después de la pandemia de 2020-2021. Sin embargo, lo que distingue el actual ciclo es la velocidad y consistencia de la contracción en 2025 y lo que va de 2026, tras una aparente estabilización en 2024.

La concentración del ajuste en empresas de pequeño tamaño magnifica los impactos en términos de desempleo disperso. Las microempresas y pequeños negocios son, en la Argentina, los mayores generadores de empleo en términos de cantidad de trabajadores distribuidos en el territorio. Cuando estas unidades cierran, los efectos se sienten inmediatamente en comunidades locales, comercios de barrio, talleres, servicios diversos. El desplome de la natalidad empresarial coincide con un contexto de contracción del consumo privado, encarecimiento del crédito, incertidumbre sobre el futuro de las políticas económicas y presión sobre los márgenes de ganancia de las empresas operativas. Para quienes consideran iniciar un emprendimiento, los costos de entrada son prohibitivos y las perspectivas de retorno, inciertas.

Mientras tanto, los trabajadores que pierden empleos formales ingresan progresivamente al universo de la informalidad, el monotributismo o el autoempleo precario. Esta transición no es elegida sino impuesta por las circunstancias del mercado laboral. El empleo en relación de dependencia, históricamente la base de la estructura laboral argentina y el acceso a derechos, protecciones y beneficios sociales, se contrae irreversiblemente. Cada trimestre que avanza sin reversión de estas tendencias consolida una nueva geografía del empleo, menos protegida, más vulnerable y fragmentada geográficamente.