La cadena de comercialización de las figuritas mundialistas en Argentina atraviesa un punto de quiebre. Lo que durante décadas funcionó como un circuito ordenado —donde mayoristas abastecían a kiosqueros, quienes las ofrecían al público final— hoy se fragmentó en múltiples canales que operan sin regulación alguna. Supermercados, plataformas de delivery, redes sociales, vendedores ambulantes en parques y hasta tiendas virtuales compiten por los mismos bolsillos de coleccionistas y curiosos. Esta dispersión del mercado genera ganancias para algunos actores y un profundo malestar en otros, particularmente en ese eslabón histórico de la cadena: los comerciantes de barrio que ven cómo sus márgenes se erosionan mientras los distribuidores les saltan por encima.

El fenómeno argentino de las figuritas no es menor. A diferencia de otros países donde la colección mundialista ocupa un lugar importante en la cultura, en territorio nacional este producto genera un fervor particular que crece año a año. La aparición de cada álbum actúa como un evento cultural en sí mismo, con suspenso cuidadosamente construido alrededor de fechas de lanzamiento, cantidad de figuritas necesarias para completar la colección y, claro, aquella que todos buscan y nadie encuentra fácilmente: la difícil. Este misterio estratégicamente mantenido funciona como catalizador de ventas, transformando la búsqueda en una experiencia casi ritual que atraviesa generaciones. En ese contexto de fiebre coleccionista, los problemas de abastecimiento adquieren dimensiones mayores.

El quiebre de una cadena de distribución tradicional

Los kiosqueros locales denuncia que la provisión no llega a muchos puntos de venta, y el origen de este problema apunta directamente a la ausencia de regulación en el mercado. Históricamente, el sistema funcionaba de forma piramidal: la empresa licenciada establecía precios de venta mayorista, los distribuidores adquirían el producto a ese valor y lo comercializaban a los minoristas, quienes finalmente lo ofrecían al público. Ese esquema garantizaba cierta predictibilidad y permitía que pequeños comercios compitieran en igualdad de condiciones. Hoy, ese andamiaje se desmorona.

Los distribuidores encontraron en la venta directa una oportunidad más rentable. En lugar de ofrecer paquetes a $ 1.600 a los kiosqueros —precio que estos debían trasladar a $ 2.000 al consumidor final, aunque variable según escasez local— decidieron saltarse ese intermediario. Ahora comercializan directamente a través de plataformas digitales, perfiles de redes sociales, canales de mensajería instantánea y otros medios, capturándose así la totalidad del margen de ganancia que antes correspondía a los kiosqueros. Se trata de una eliminación sistemática de un eslabón de la cadena, algo que los funcionarios actuales podrían definir como eficiencia de mercado. Sin embargo, desde la perspectiva de quienes durante años basaron sus ingresos en esta venta, representa un cercenamiento de su participación económica.

Precios sin techo y figuritas a valores de lujo

La ausencia de controles sobre los precios genera un escenario caótico donde la cifra final depende exclusivamente de lo que cada vendedor considere conveniente cobrar. El precio sugerido ronda los $ 2.000 por paquete, pero esa recomendación carece de fuerza vinculante. La lógica que impera es la del libre mercado sin matices: mientras mayor sea la escasez de stock en una zona determinada, mayor será el precio que el vendedor pueda exigir. Así, el margen de ganancia se convierte en una variable manipulable según condiciones locales.

Más extremo aún es lo que ocurre con la comercialización de figuritas individuales. El mercado de coleccionistas de alto nivel, dispuestos a pagar sumas significativas por ejemplares específicos, ha generado un submercado paralelo donde los precios alcanzan cifras astronómicas. Dependiendo del ejemplar, la rareza y la demanda, una sola figurita puede costar desde $ 6.000 hasta $ 120.000. Este rango brutal refleja cómo la ausencia de regulación permite que el valor se determine exclusivamente por lo que el comprador esté dispuesto a desembolsar. Para coleccionistas obsesivos o para quienes buscan completar álbumes de ediciones anteriores, estas cifras representan un costo inevitable; para la mayoría, resulta prohibitivo.

Lo que era un producto pensado como masivo, accesible a cualquier niño o adulto interesado, se ha segmentado en múltiples mercados. Existe el de compra casual, donde se adquieren paquetes al precio del barrio; el de coleccionistas medios, que buscan completar álbumes a través de canales especializados; y el de coleccionistas extremos, para quienes la rareza justifica el desembolso de cifras de seis dígitos. Esta estratificación no ocurrió por decisión de la empresa licenciante, sino como consecuencia de la desregulación que permitió que cualquiera tuviera derecho a vender sin parámetros.

El contexto internacional y el cambio de era

Lo que ocurre en Argentina es parte de un fenómeno más vasto. A nivel mundial, la FIFA decidió romper una relación comercial de seis décadas con Panini, la empresa italiana que desde 1970 ostentaba los derechos exclusivos para fabricar y distribuir álbumes y figuritas de los Mundiales. Esa continuidad de 50 años permitió que Panini consolidara un estándar global y, con él, cierto orden en los mercados locales. La decisión de cambiar de proveedor no fue caprichosa: Fanatics, el gigante estadounidense que toma el relevo a partir del Mundial 2031, representa una filosofía empresarial radicalmente distinta.

Fanatics ha revolucionado el ecosistema del coleccionismo deportivo global. Su modelo de negocio, denominado "v-commerce", integra verticalmente el diseño, la fabricación y la distribución, permitiéndole responder a eventos deportivos con velocidad sin precedentes. La compañía gestiona las tiendas oficiales de las ligas más importantes del mundo, controla plataformas de comercio electrónico deportivo y ha expandido su influencia hacia las apuestas deportivas y el coleccionismo de activos digitales. Su valoración actual supera los US$ 30.000 millones, posicionándola como una de las plataformas tecnológicas más valiosas del deporte. Bajo este nuevo proveedor, es probable que los Mundiales venideros —comenzando el 2030, en coincidencia con el centenario de la competencia y con participación potencial de Argentina— experimenten dinámicas comerciales completamente distintas.

El Mundial 2026 será el penúltimo bajo administración Panini, cerrando así una era de más de medio siglo. Este cambio de era coincide temporalmente con el quiebre regulatorio que ya existe en Argentina, aunque en la trayectoria global se resolverá de forma distinta: Fanatics, con su experiencia en integración vertical y su ecosistema tecnológico cerrado, probablemente reimpondrá orden en los canales de distribución. La empresa no toleraría el caos que hoy caracteriza al mercado argentino, simplemente porque su modelo de negocio depende de control operacional y de datos precisos sobre flujos de venta.

En Argentina, mientras tanto, el negocio de las figuritas continúa desenvolviendo sus dinámicas desreguladas. Los kiosqueros siguen sin figuritas en stock; los distribuidores capturan márgenes ampliados; los coleccionistas de figuritas raras pagan precios especulativos; y el público general accede a un producto cuyo precio varía según la zona, el vendedor y el nivel de escasez local. Se trata de un mercado que funciona con las lógicas del libre mercado total, donde la oferta y la demanda son el único árbitro. Los efectos de esta configuración se despliegan de formas múltiples: para algunos, la desregulación abre oportunidades de ganancia; para otros, cierra puertas que históricamente habían estado abiertas.

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