La economía argentina descansa sobre un pilar que la historia le regaló, pero que el presente exige reinventar constantemente: el sector agropecuario y todo lo que crece alrededor de él. Un análisis integral de alcance regional acaba de cuantificar con precisión lo que muchos intuían: las exportaciones del campo y la agroindustria representan el 46% del total de ventas al exterior, consolidándose como la locomotora más potente del comercio internacional del país. Sin embargo, detrás de esos números que lucen imponentes se esconde una realidad más compleja: existe un vasto universo de oportunidades sin explotar, tecnologías sin implementar y territorios sin conectar que podrían multiplicar este impacto si las condiciones para hacerlo estuvieran dadas.

El Reporte de Economía y Desarrollo 2026 presentado en Neuquén ofrece un retrato detallado de esta situación. Según el documento, el agro contribuye por sí solo con el 5% del valor agregado de la economía nacional y el 40% de las exportaciones. Cuando se incorpora el procesamiento industrial de esos productos —la molienda, el refinado, la transformación y la comercialización—, esas cifras se elevan al 9% y al 46% respectivamente. Es decir, casi uno de cada dos dólares que Argentina vende al mundo proviene directa o indirectamente de lo que se produce en sus campos. Esta dependencia no es necesariamente negativa; es, más bien, una realidad estructural sobre la cual el país debe construir su estrategia de desarrollo. Pero también es un recordatorio de cuán concentrada está la economía exportadora y de cuán sensible resulta ante fluctuaciones internacionales de precios de commodities.

La brecha de productividad que persiste

Paradójicamente, a pesar de ocupar un lugar central en las cuentas nacionales, el sector agropecuario argentino padece limitaciones significativas en materia de productividad. La productividad laboral alcanza los US$ 19.000 por trabajador, una cifra que, aunque respetable en términos relativos, dista de ser óptima considerando los recursos disponibles y el potencial técnico. El stock de capital acumulado en el sector llegó en 2023 a US$ 77.308 millones, posicionando a Argentina como segundo en América Latina solo detrás de Brasil en este rubro. Estos números revelan una paradoja: hay capital invertido, hay tierra, hay tradición productiva, pero la transformación en valor agregado final no resulta proporcional a esos insumos.

El análisis territorial identifica con claridad dónde radican las falencias. La modernización no ha llegado de manera uniforme; mientras algunos productores operan con estándares internacionales de eficiencia, otros permanecen en modelos productivos rezagados. Las inversiones en infraestructura logística resultan insuficientes. Los sistemas de riego no alcanzan a todas las regiones que podrían beneficiarse. La conectividad digital sigue siendo un lujo para muchas zonas. La difusión de innovaciones tecnológicas no permea todas las escalas de producción. El acceso al financiamiento presenta barreras que impiden que pequeños y medianos productores puedan invertir en mejoras. Y la preparación para enfrentar los desafíos que impone el cambio climático apenas comienza a ser una preocupación sistemática en la agenda sectorial.

Más allá de la tierra: minería, energía y nuevas oportunidades

El documento presentado en la Universidad Nacional del Comahue amplía la lente más allá de lo estrictamente agropecuario. Los territorios rurales de América Latina albergan, según el análisis, algo más que producción de alimentos. Concentran depósitos de minerales críticos, fuentes de energía renovables y convencionales, reservas de biodiversidad y recursos naturales que serán fundamentales para la seguridad alimentaria global y para la transición energética que los países desarrollados protagonizan. Argentina, en este contexto, posee activos de envergadura. Integra el "Triángulo del Litio" junto con Bolivia y Chile, una región que concentra más del 60% de las reservas mundiales de ese mineral, elemento cada vez más demandado por la industria de baterías para vehículos eléctricos. La minería y los hidrocarburos, en conjunto, explican el 8% de las exportaciones nacionales. En el caso específico de combustibles fósiles, Argentina produce el 1,3% del petróleo mundial y el 1,1% del gas natural planetario.

Vaca Muerta, el yacimiento gasífero y petrolero ubicado en Neuquén, se ha convertido en uno de los principales polos de atracción de inversión extranjera directa en energía de toda América Latina. Este dato es significativo porque expresa la confianza que los inversores internacionales depositan en la capacidad productiva argentina, incluso en un contexto global marcado por la incertidumbre. Sin embargo, el desafío que plantea el informe trasciende la mera extracción de recursos. El problema radica en transformar esas ventajas naturales en algo más que ingresos fiscales pasajeros: convertirlas en desarrollo territorial duradero, en generación de empleo local de calidad, en capacidades técnicas radicadas en las comunidades, en integración genuina a las cadenas globales de valor. Dicho de otro modo, en aprovechar la geografía para crear riqueza que no se agote cuando los precios internacionales caen.

La presentación del reporte en Neuquén reunió a figuras clave del ecosistema estatal, empresarial y académico. El gobernador provincial, el ministro de Jefatura de Gabinete, la ministra de Infraestructura, el ministro de Economía y director de YPF, junto a funcionarios de CAF, académicos y productores locales, deliberaron sobre los mecanismos a través de los cuales estos territorios pueden transitar hacia una mayor complejidad económica. El análisis técnico fue conducido por economistas especializados en dinámicas socioeconómicas, mientras que el panel final incorporó perspectivas del sector público provincial, la academia y actores productivos locales. Esta confluencia de miradas sugiere una búsqueda de consenso sobre los ejes prioritarios: infraestructura, financiamiento y transferencia de conocimiento funcionan como columnas vertebrales sobre las cuales debe construirse el futuro.

CAF, como banco de desarrollo multilateral, ha tomado una posición activa en este proceso. En julio de 2026 aprobó dos operaciones por un total de US$ 387,8 millones destinadas a obras de conectividad vial e infraestructura eléctrica en Neuquén. Estos recursos financiarán mejoras en los corredores del norte provincial, el acceso al Paso Internacional Pichachén y la expansión de la infraestructura eléctrica hacia el interior cordillerano. La lógica detrás de estas inversiones es elemental: sin rutas que funcionen, los productos no llegan a los puertos. Sin electricidad confiable, la tecnología no puede instalarse. Sin conectividad digital, el conocimiento no circula. Estos son los cimientos sobre los cuales cualquier estrategia de modernización debe apoyarse.

Las implicancias de este diagnóstico se extienden hacia múltiples direcciones. Por un lado, subraya la importancia de no abandonar el sector rural como eje de desarrollo; es fácil, en contextos de industrialización tardía, idealizar la ciudad y menospreciar el campo, pero los números demuestran que este último sigue siendo un motor fundamental. Por otro lado, pone en evidencia que la concentración de exportaciones en productos de baja elaboración genera vulnerabilidades estructurales: fluctuaciones de precios internacionales, shocks climáticos o cambios en la demanda global pueden impactar severamente las cuentas fiscales y los ingresos externos. En ese sentido, la diversificación productiva deja de ser un objetivo abstracto para convertirse en una necesidad urgente. La incorporación de tecnología, el agregado de valor, la creación de empleos calificados en territorios rurales no son aspiraciones utópicas sino requerimientos prácticos para la estabilidad económica. Asimismo, la inclusión de nuevas cadenas de valor vinculadas a la minería y la energía abre posibilidades, pero también genera tensiones respecto a la sostenibilidad ambiental y la distribución equitativa de beneficios entre territorios y grupos sociales. Los próximos años dirán si el país logra navegar estas tensiones o si repite patrones históricos de bonanza transitoria seguida de estancamiento.