Cuando la inflación da tregua, la realidad de los bolsillos argentinos sigue siendo de austeridad y selectividad. El mes pasado, el gasto de consumo masivo retrocedió 3,8 por ciento en comparación con el mismo período del año anterior, confirmando una tendencia que ya no es coyuntural sino que se instala como patrón de comportamiento entre los hogares. Aunque los precios al consumidor comenzaron a desacelerarse —con un índice de 2,6 por ciento en abril—, esto no alcanzó para revertir un fenómeno más profundo: la población está comprando menos y, cuando lo hace, elige solo lo necesario. Este dato, relevado por consultoras especializadas, revela el verdadero estado de la capacidad de compra nacional y cuestiona cuánto puede esperarse de una eventual reactivación si el poder adquisitivo continúa erosionado.

Los números de abril prolongan una caída que comenzó en enero de este año. Durante los primeros cuatro meses de 2025, el consumo acumuló una retracción de 3,3 por ciento interanual, lo que evidencia que los hogares enfrentan restricciones severas al momento de decidir qué comprar. Este escenario contrasta con el cierre de 2024, cuando el consumo mostró avances, pero ese repunte inicial fue insuficiente para compensar la caída abrupta registrada durante todo ese año. La devaluación de fines de 2023 dejó una cicatriz profunda en el poder adquisitivo que aún no se resana. Especialistas en consumo sostienen que la recuperación será lenta, ya que los factores que la obstaculizan persisten: la inflación aún erosiona ingresos, los servicios básicos requieren presupuestos cada vez más amplios, y gran parte de la población no ha recibido reajustes salariales que acompañen la dinámica de precios.

Cuando solo se compra lo imprescindible

Lo más revelador de los datos de abril no es solo que el consumo cayó, sino cómo cayó. Las categorías de productos prescindibles —aquellos que responden a gustos, antojos o deseos más que a necesidades básicas— se desplomaron 12 por ciento interanual. Productos perecederos retrocedieron 7,8 por ciento, mientras que artículos vinculados al desayuno y la merienda bajaron 7,6 por ciento. Incluso las categorías de limpieza del hogar y la ropa experimentaron una contracción de 5,9 por ciento. Este patrón ilustra claramente el comportamiento de un consumidor que atraviesa una crisis de confianza en su futuro económico. Ya no se compra "de más", no se anticipa la compra especulando con inflación, y se busca maximizar cada peso gastado en lo que resulta estrictamente indispensable. Es un cambio radical respecto a años anteriores, cuando la inflación acelerada impulsaba a los hogares a "stockearse", comprando cantidades adicionales de productos ante la certidumbre de que sus precios subirían rápidamente en las semanas siguientes. Hoy, con inflación moderada, esa lógica ha desaparecido.

Sin embargo, no todo en el mapa de consumo presenta el mismo color rojo. Algunos rubros lograron crecer: las bebidas alcohólicas avanzaron 6,7 por ciento, mientras que las bebidas sin alcohol subieron 4 por ciento. Este comportamiento heterogéneo sugiere que los consumidores siguen realizando compras, pero son extremadamente selectivas. Es como si los hogares hubieran establecido un límite presupuestario muy acotado y dentro de ese perímetro deciden qué priorizar. Algunos optan por ciertos bienes de consumo que consideran necesarios o consoladores, mientras que en otras categorías la restricción es casi total. La segmentación también es evidente en los canales de compra: supermercados y mayoristas cayeron 4,5 por ciento, los autoservicios y kioscos bajaron 3 por ciento, pero el comercio electrónico creció 40,4 por ciento, y las farmacias mantuvieron un crecimiento residual de 0,1 por ciento. Esta asimetría refleja cómo los consumidores están modificando no solo qué compran, sino dónde compran.

Las esperanzas puestas en la desaceleración inflacionaria

Quienes estudian estos comportamientos de mercado ven en la moderación de la inflación una posible puerta para la reactivación del consumo. El dato de abril mostró una baja de precios de 2,6 por ciento mensual, y las proyecciones privadas para mayo apuntan a una banda entre 2,1 y 2,5 por ciento. Si esta tendencia se consolida, argumentan los analistas, los hogares podrían recuperar gradualmente confianza en su poder adquisitivo y comenzar a aumentar su gasto. La lógica es simple: con precios estables o en baja, es posible planificar compras a más largo plazo, negociar mejor en las góndolas, y recuperar la noción de los costos reales de los productos. Durante años de inflación acelerada, los consumidores perdieron esa capacidad de referencia: los precios cambiaban tan rápido que era imposible saber si algo costaba lo justo o si había subido de forma desmedida. La estabilización de precios devuelve esa racionalidad al acto de compra.

Pero la desaceleración inflacionaria es solo una parte de la ecuación. Los especialistas consultados señalan que la verdadera recuperación del consumo dependerá también de la evolución de los salarios reales. Grandes segmentos de la población han visto congelados o rezagados sus ingresos durante meses, lo que ha erosionado significativamente su capacidad de compra. Además, el gasto en servicios básicos —electricidad, gas, agua, internet, telefonía— ha consumido una porción cada vez mayor del presupuesto familiar, dejando menos recursos disponibles para alimentos y bienes de consumo. En este contexto, incluso si los precios dejan de subir, si los ingresos no recuperan terreno perdido, el consumo seguirá siendo cauteloso. Los datos de abril sugieren que los hogares están en modo de "espera vigilante": no gastan más porque temen lo que pueda venir, pero tampoco reducen aún más sus compras porque necesitan lo básico para sobrevivir.

El comportamiento diferenciado entre canales también plantea interrogantes sobre el futuro del comercio minorista tradicional. El comercio electrónico acumula casi un 40 por ciento más de ventas que hace un año, en línea con una tendencia que lleva varios años consolidándose. Las plataformas de compra online ofrecen facilidades de pago, comparación de precios, y la posibilidad de comprar desde casa sin necesidad de trasladarse. En contraste, los supermercados y mayoristas —que históricamente fueron los canales dominantes— enfrentan una erosión de su participación. Aunque mantienen promociones con bancos e instituciones financieras, estas no resultan suficientes para retener a consumidores que buscan optimizar cada gasto. A largo plazo, este patrón podría significar una transformación profunda en cómo los argentinos acceden a bienes de consumo, con implicaciones para el empleo en comercios tradicionales y la estructura del sector minorista.

La situación actual presenta múltiples caminos posibles. Si la inflación continúa moderándose y los salarios comienzan a recuperarse, es probable que el consumo se reactive gradualmente a partir del segundo semestre del año. Los hogares podrían sentirse más seguros para aumentar sus gastos, especialmente en categorías prescindibles que hace meses dejaron de lado. Alternativamente, si la inflación repunta o si los shocks externos afectan nuevamente el tipo de cambio, el consumidor podría profundizar su postura defensiva. También existe la posibilidad de que, incluso con inflación baja, el efecto psicológico de años de crisis económica mantenga a los hogares en modo de austeridad por más tiempo del que los modelos económicos pronostican. Cada escenario tiene implicaciones distintas para el empleo, la producción industrial, y la recaudación fiscal. Lo que está claro es que el consumo no volverá a su normalidad hasta que los hogares recuperen no solo el poder adquisitivo que perdieron, sino también la confianza en que ese poder se mantendrá en el tiempo.