El ministro de Economía, Luis Caputo, pintó hace poco un futuro radiante: los próximos dieciocho meses serían los mejores de las últimas décadas en materia de inflación controlada y expansión productiva. Ese optimismo tiene fundamentos visibles en los números de la balanza comercial, que muestran un dinamismo genuino en las ventas al exterior. Pero debajo de esa superficie prometedora acecha una contradicción incómoda que ya está transformando la estructura económica del país de manera silenciosa pero implacable.
Las cifras de exportaciones lucen robustas, impulsadas por dos locomotoras potentes: los productos del agro y la energía que explota Vaca Muerta. La guerra en Medio Oriente funcionó como acelerador inesperado para los envíos argentinos de energía y alimentos hacia mercados ávidos. Según estimaciones de la Fundación Capital, el superávit comercial de este año podría alcanzar los dieciséis mil millones de dólares, una cifra que sería aún mayor si consideramos que el precio del petróleo podría caer desde los actuales cien dólares hasta ochenta y cinco. Incluso con esa reducción, se proyecta un ingreso adicional de cinco mil millones respecto a lo que se anticipa para dos mil veinticinco. A esto se suma la expectativa de desembolsos de organismos internacionales como el BID y el Banco Mundial, que sumarían tres mil millones de dólares, fondos que actuarían como piso de garantía para atraer crédito de entidades privadas. Es el escenario de la "lluvia de divisas" que el Ministro pregona.
La otra cara del espejo: inflación en dólares y competitividad erosionada
Sin embargo, existe un fenómeno económico menos visible pero devastador en sus consecuencias que está ocurriendo simultáneamente. Desde las elecciones pasadas, la inflación medida en dólares acumula dieciocho puntos porcentuales, según cálculos de la economista Marina Dal Poggetto. Este número surge de una combinación perversa: el alza persistente de precios en moneda local combinada con la apreciación del peso frente a la divisa estadounidense. El resultado es que Argentina se transforma en un país simultáneamente más rico en divisas—gracias al boom de sectores exportadores—pero más caro para competir globalmente en muchas actividades productivas.
La Fundación Capital y otros analistas documentan los hechos concretos: el dólar mayorista cotiza en torno de mil trescientos setenta y ocho pesos, el oficial en mil cuatrocientos y el blue en mil cuatrocientos quince. Estos valores están extraordinariamente lejos del techo de la banda cambiaria fijada en mil seiscientos noventa pesos, lo que demuestra el control excepcional que existe sobre el tipo de cambio. Pero ese mismo control tiene un precio: el Banco Central debió comprar seis mil cuatrocientos millones de dólares en lo que va del año para mantener esa estabilidad en un mercado claramente ofrecido de divisas. Sin esa intervención oficial sostenida, el dólar estaría significativamente más alto.
La enfermedad holandesa argentina: cuando la bonanza genera pobreza competitiva
Lo que está ocurriendo evoca un fenómeno económico que lleva más de sesenta años estudiándose: la llamada "enfermedad holandesa". En mil novecientos sesenta, Holanda descubrió depósitos masivos de petróleo y gas en el Mar del Norte, lo que generó una apreciación dramática del florín frente al marco alemán. Esa bonanza de divisas terminó ahogando a sectores manufactureros y de servicios que no podían competir con precios internacionales. Hoy, Argentina enfrenta una dinámica análoga: el campo, la agroindustria, Vaca Muerta y la minería se fortalecen mientras otros sectores se asfixian por costos que se vuelven insostenibles.
El sector de la construcción ofrece un retrato descarnado de esta realidad. Según un análisis de la consultora Empiria realizado por Hernán Lacunza, la industria de la edificación atraviesa quince meses consecutivos de estancamiento. Pero lo paradójico es que los costos no han bajado; al contrario, permanecen en máximos históricos. Medidos en dólares, los gastos de construcción subieron once por ciento en apenas un trimestre y acumulan un aumento del ciento nueve por ciento desde noviembre de dos mil veintitrés. Las proyecciones sugieren que esta tendencia alcista en costos continuará durante el segundo semestre. En otras palabras: se construye menos, pero lo que se construye cuesta desproporcionadamente más. Para empresas constructoras y desarrolladores, la ecuación es insostenible: sin demanda que justifique precios tan elevados, la actividad se congela.
Este panorama no es fortuito. El mecanismo que explica parte del éxito de Caputo en mantener baja la inflación oficial descansa en dos pilares que generan estos efectos colaterales. Primero, el dólar se mantiene relativamente atrasado en términos reales, lo que hace que colocar fondos en pesos ofrezca ganancias garantizadas simplemente por la diferencia cambiaria: lo que los expertos llaman "carry trade". Segundo, la tasa de interés nominal en pesos resulta negativa cuando se la compara contra la inflación en pesos, creando un incentivo adicional para que los inversores busquen refugio en divisas. Ambos mecanismos anclan parcialmente los precios de ciertos productos exportables, permitiendo mostrar inflación baja. Pero el costo es que sectores enteros quedan congelados en su competitividad internacional.
La amenaza silenciosa: dolarización masiva de portafolios
Existe, sin embargo, un factor que tres economistas reconocidos—Ricardo Arriazu, Carlos Melconian y Rodolfo Santángelo—han venido señalando como absolutamente determinante para el futuro del programa de Caputo. Se trata de la "Formación de Activos Externos", es decir, la dolarización de portafolios de inversión que llevan a cabo empresas, fondos de inversión, particulares ahorristas y propietarios de cajas de seguridad. Actualmente, esta fuga mensual de capitales supera los dos mil millones de dólares. Pero ese número esconde volatilidad extrema: en los meses previos a las últimas elecciones, llegó a alcanzar los seis mil millones mensuales. El dato es crucial porque indica que la confianza en el programa sigue siendo frágil, condicionada a percepciones y temores que pueden girar rapidísimamente.
Es en este punto donde el optimismo del Ministro de Economía choca con la realidad de un país que aún desconfía profundamente de sus propias instituciones y de la durabilidad de cualquier programa económico. Los meses que el Gobierno describe como "dorados" descansan sobre una base que permanece móvil: la mayor o menor disposición de quienes pueden ahorrar a mantener sus activos en moneda local versus buscar refugio en dólares físicos o transferencias al exterior. Si esa confianza se quiebra, los flujos de divisas que hoy sostienen el equilibrio se invertirían con rapidez devastadora. El Banco Central tendría que vender las reservas que pacientemente ha acumulado, y el tipo de cambio "tranquilo" se volatilizaría.
El panorama que emerge es el de una economía en transición precaria, donde conviven superávits fiscal y externo que encarecen la vida en términos globales, sectores que crecen explosivamente junto a otros que están congelados. La deuda por vencer—unos cuatro mil doscientos millones de dólares en poco más de dos meses—será pagada sin inconvenientes según las expectativas del mercado, pero el Gobierno no ha adelantado públicamente sus planes al respecto. Las divisas fluyen, sí, pero bajo condiciones que erosionan silenciosamente la competitividad de actividades que no son agropecuarias o energéticas. Y en el fondo, todo depende de que los argentinos con capacidad de ahorro sigan creyendo que sus ahorros en pesos son más seguros que la fuga al dólar. Esa confianza frágil es el verdadero sostén de los meses dorados.

