La tranquilidad que había caracterizado los primeros cinco meses del año en materia cambiaria se disipó con la llegada del invierno. El precio del dólar estadounidense saltó a $1.510 en las primeras jornadas de julio, marcando el nivel más elevado registrado hasta ese momento en 2026. Este movimiento representa una ruptura con la estabilidad que había prevalecido entre enero y mayo, período en el cual la divisa norteamericana se depreció 4% en términos nominales. Lo que sucede ahora en los mercados cambiarios no es un fenómeno aislado, sino la expresión de transformaciones más profundas en la estructura de oferta y demanda de divisas que conviene examinar con detenimiento.

Después de cinco meses donde los operadores apenas registraban movimientos significativos en la cotización del billete verde, junio trajo consigo un aumento de 5%, más del doble de lo que había registrado la inflación mensual del mismo período. Este ritmo de depreciación nominal contrasta dramáticamente con el comportamiento de los precios internos. A mitad de 2026, la moneda local se había depreciado solo 2% nominalmente desde el comienzo del año, mientras que la inflación acumulada rondaba 15%, lo que indica un deterioro sustancial del tipo de cambio real. Esto significa que, aunque el dólar sube en términos de pesos, la brecha entre su valor nominal y el ritmo de inflación se amplía, fenómeno que afecta directamente la competitividad de exportadores y productores locales.

Las grietas en la oferta de divisas

Mientras el dólar asciende en la cotización, la explicación debe buscarse en lo que sucede con la disponibilidad de moneda extranjera. El instituto monetario nacional redujo significativamente el ritmo de acumulación de reservas internacionales, pasando de un promedio diario de compras de $137 millones de dólares en mayo a apenas $68 millones diarios en junio. Este cambio de estrategia resulta particularmente relevante cuando se observa que, en el primer semestre completo, la institución había acumulado $11.200 millones, manteniendo un promedio diario de $100 millones. La desaceleración en junio marca un punto de inflexión que anticipaba las tensiones que se desplegarían en las primeras semanas del segundo semestre.

El sector agropecuario, que históricamente ha sido la principal fuente de divisas para la economía argentina, no puede ser señalado como responsable de la menor oferta de moneda extranjera. Las liquidaciones del complejo agroexportador en junio alcanzaron $3.007 millones, equivalentes a un promedio diario de $143 millones, cifra prácticamente equiparable a los $141 millones diarios que se habían registrado en mayo. Esto sugiere que la caída en la disponibilidad de divisas proviene de otras canales. La demanda neta de divisas por parte de otros compradores que no son el banco central escaló dramáticamente: mientras en mayo apenas alcanzaba $16 millones diarios, en junio trepó a $95 millones, un aumento de casi seis veces. Esta explosión en la demanda de moneda extranjera fuera del circuito agropecuario constituye el motor principal de las presiones alcistas en la cotización.

Los canales por donde se fugan las divisas

Dentro de esta mayor demanda de dólares, dos fenómenos merecen análisis específico. Por una parte, las remesas de ganancias al exterior ganaron preponderancia: las salidas registradas por giro de dividendos acumularon $803 millones hasta el día 22 de junio, comparables a los $476 millones que se habían registrado en todo el mes de mayo. Este incremento refleja decisiones de empresas y accionistas de girar utilidades fuera del país, comportamiento que tipifica épocas donde los inversores perciben oportunidades de colocación en mercados externos o simplemente desean diversificar sus posiciones. Por otra parte, la Cuenta Financiera—aquella que registra ingresos de capital—mostró un desempeño sensiblemente más débil en junio respecto a mayo. En el quinto mes del año, esta cuenta había generado un flujo récord de $2.284 millones, impulsado por la liquidación de deuda corporativa que había sido colocada en noviembre de 2025 y cuyo vencimiento de 180 días operaba en mayo. En contraste, en junio las colocaciones de deuda corporativa cayeron a $1.310 millones, por debajo de los $2.169 millones registrados el mes anterior, reduciendo así una fuente importante de oferta de divisas.

Frente a la presión alcista en la cotización del dólar, las autoridades monetarias desplegaron un abanico de herramientas para contener la volatilidad sin necesariamente aumentar las compras de contado. El comportamiento observable en el primer día hábil de julio es ilustrativo: la autoridad monetaria adquirió únicamente $25 millones en operaciones de contado, uno de los montos más reducidos del año. Sin embargo, paralelamente intensificó su presencia en otros segmentos del mercado cambiario. Los operadores registraron ventas de futuros de dólar y la colocación de letras ajustables por tipo de cambio oficial, instrumentos que permiten absorber demanda de divisas sin impactar directamente en las compras de contado. El volumen operado en el segmento de contado alcanzó $823 millones, mientras que en futuros llegó a $1.560 millones, evidenciando un desplazamiento de la negociación hacia instrumentos derivados donde el banco central puede influir más directamente en la formación de precios.

Paradójicamente, mientras el dólar ascendía, los indicadores de confianza en la solvencia argentina mejoraban. El índice de riesgo soberano elaborado por JP Morgan descendió a 421 puntos básicos, el nivel más bajo desde que iniciara la gestión actual, y acumulaba una caída de 26% en lo que iba del año. Los bonos en dólares avanzaban en promedio 1%, reflejando apetito de inversores internacionales por la deuda argentina. Este fenómeno, que podría parecer contradictorio, refleja la evaluación diferenciada que hacen los mercados: mientras reconocen presiones cambiarias de corto plazo derivadas de cambios en la composición de flujos, mantienen una visión de mediano plazo que privilegia la percepción de solidez fiscal y disciplina monetaria. Los analistas consultados descartan movimientos bruscos en el régimen cambiario, atribuyendo la suba del dólar a la menor liquidación del sector exportador—aunque este extremo no se sostiene con los datos—y a un contexto global adverso para economías emergentes que afecta a la demanda internacional de activos riesgosos.

Las implicancias de este escenario generan múltiples lecturas según el ángulo desde el cual se analice. Para sectores exportadores y productores locales, una depreciación nominal del dólar más acelerada que el ritmo de inflación significa presiones sobre sus márgenes operativos, aunque también puede mejorar su competitividad en mercados internacionales. Para los hogares y consumidores, una aceleración cambiaria tiende a trasladarse a los precios de bienes importados y a aquellos cuyos insumos dependen de divisas. Para los acreedores externos, la brecha entre depreciación nominal e inflación genera oportunidades de ganancia en términos reales. Para las autoridades, el desafío radica en mantener un equilibrio donde la acumulación de reservas no se vea comprometida, la confianza internacional se preserve, y los precios internos no se disparen por efectos de tipo de cambio. Las próximas semanas revelarán si las presiones de principios de julio representan un ajuste puntual o el inicio de una dinámica sostenida que obligue a revisiones en la estrategia de política cambiaria.