En apenas dos años y medio, la Ciudad de Buenos Aires perdió estabilidad laboral de una manera que parece irreversible. Los números son contundentes: desde fines de 2023 hasta hoy, el desempleo pasó del 4,6% al 7,9%, lo que implica que unos 61.000 porteños adicionales quedaron fuera del mercado de trabajo formal. Este deterioro no ocurre en el vacío. Detrás de cada cifra hay personas que dejaron sus puestos, que agotaron sus ahorros y que ahora compiten desesperadamente por trabajos cada vez más escasos y precarizados. Lo que presencia la metrópolis argentina es una transformación silenciosa del tejido laboral, donde la informalidad y la subsistencia reemplazan a la seguridad económica que alguna vez caracterizó a la región más desarrollada del país.
Durante el primer trimestre de este año, los registros del Instituto de Estadística y Censos de la Ciudad revelan un panorama laboral que se deteriora mes a mes. De los 1.550.000 porteños que integraban la población económicamente activa hace doce meses, hoy esa cifra creció hasta 1.592.000 personas. Esto significa que casi 42.000 individuos salieron a buscar empleo en los últimos doce meses. Sin embargo, aquí reside la paradoja más inquietante: la mayoría de quienes consiguió trabajo no lo hizo en condiciones de dignidad laboral. De esos nuevos ocupados, prácticamente 42.000 obtuvieron empleos por cuenta propia, de jornadas reducidas o trabajos informales sin registro alguno. La tasa de empleo, ese indicador que cuenta tanto a ocupados como desocupados sobre el total de la población activa, subió del 57,9% al 59%, pero es un crecimiento engañoso que oculta la verdadera naturaleza de la ocupación generada.
La trampa del subempleo y la informalidad galopante
Si existe un síntoma que resume la enfermedad que aqueja al mercado de trabajo porteño, ese es el crecimiento sostenido del subempleo. En apenas doce meses, las personas que trabajan pero no pueden vivir de su ingreso treparon de 146.000 a 156.000. En términos porcentuales, esto representa pasar del 8,7% al 9% de los trabajadores. Pero esto es apenas una parte de la historia. La informalidad, ese fantasma que persigue a los trabajadores argentinos desde hace décadas, aceleró su ritmo de expansión. Entre los empleados bajo relación de dependencia, quienes no cotizan al sistema jubilatorio pasaron del 24,6% al 27,3%, una suba que implica 28.600 trabajadores más sin protección social alguna.
El cuentapropismo creció en 27.500 personas, pasando de 323.000 a 350.500 trabajadores autónomos. Este aumento, a primera vista, podría interpretarse como dinamismo emprendedor, pero la realidad es más compleja. La mayoría de estos nuevos cuentapropistas no son empresarios en el sentido convencional, sino trabajadores que ante la falta de oportunidades en el sector formal optaron por la informalidad como mecanismo de supervivencia. Entre ellos, aunque hubo una leve mejora en la cobertura previsional —que trepó del 67% al 67,3% entre monotributistas—, el panorama sigue siendo precario. En contraste, los empleados bajo relación de dependencia con cobertura jubilaria descendieron del 74,6% al 72,7%. Esto significa que prácticamente tres de cada diez asalariados porteños no reciben descuentos previsionales, lo que augura jubilaciones miserables o directamente inexistentes para cuando llegue el momento de retirarse del mercado laboral.
Un desempleo en ascenso sostenido desde hace casi cuatro años
El desempleo no es un fenómeno nuevo en Buenos Aires, pero su velocidad de crecimiento en los últimos años es alarmante. Comparando el primer trimestre de 2025 con el de 2026, el número de desocupados pasó de 132.000 a 136.500, un incremento que podría parecer marginal pero que expresa una tendencia sin frenos. Aún más revelador es el análisis histórico de más largo plazo. En el cuarto trimestre de 2024, la desocupación era del 6,7% con 113.500 desempleados. Apenas tres meses después, esa cifra creció a 136.500 personas, un salto que evidencia la aceleración del desempleo en los primeros meses de este año. El porcentaje actual de 7,9% es el más elevado desde el segundo trimestre de 2022, período en el cual la economía argentina transitaba uno de sus momentos más convulsionados en la última década.
Lo que distingue a este ciclo de desempleo de otros anteriores es que no viene acompañado de la creación de empleos de calidad. Históricamente, cuando el desempleo sube en contextos de recuperación económica, aparecen nuevos puestos de trabajo que eventualmente absorben a los desocupados. Aquí ocurre algo diferente: el empleo que se genera es fundamentalmente precario. Los asalariados plenos, esos que trabajan tiempo completo bajo relación de dependencia con todos los beneficios legales, aumentaron apenas en 4.500 personas en doce meses. Esta cifra es prácticamente insignificante comparada con los 42.000 nuevos ocupados del mismo período. La composición del mercado laboral porteño se está recomponiendo, pero hacia peor, donde la informalidad y la precarización sustituyen paulatinamente a la estabilidad.
Las implicancias de una transformación laboral sin retorno aparente
Los datos presentados por la institución estadística porteña no son meros números abstractos. Traducen decisiones cotidianas, familias bajo estrés, proyectos abandonados y expectativas recalibradas hacia la baja. Un trabajador que pasó de un empleo registrado a la informalidad pierde acceso a prestaciones de salud integral, no acumula antigüedad que lo proteja contra despidos arbitrarios, y su ingreso fluctúa sin red de contención alguna. Un cuentapropista que no cotiza regularmente no solo no construye un capital jubilatorio, sino que queda expuesto a cualquier crisis económica sin ningún amortiguador institucional. El subempleo es quizás el fenómeno más silencioso pero destructivo: personas que trabajan pero no ganan lo suficiente, que dedican horas a actividades que no generan ingresos dignos, que viven en la angustia permanente de no poder cubrir necesidades básicas.
La ciudad que históricamente fue el espejo en el que se reflejaba la clase media argentina y que se promocionaba como destino laboral privilegiado dentro del país, está transitando una mutación profunda. La proporción de ocupados en relación a la población activa bajó del 74,5% al 74,1%, un descenso que, aunque parece menor, indica que menos gente en condiciones de trabajar tiene acceso a un puesto laboral con características mínimas de formalidad. Mientras tanto, quienes trabajan lo hacen cada vez más sin protección, sin certidumbre, sin horizonte de seguridad económica. Este contexto plantea interrogantes sobre las posibles trayectorias futuras del mercado de trabajo porteño. Si el proceso de informalización continúa al ritmo actual, es probable que dentro de dos o tres años la ciudad enfrente un escenario donde la mayoría de los ocupados estarán fuera del sistema de protección social formal, multiplicando problemas de inclusión y equidad social. Alternativamente, si se revierten estas tendencias mediante políticas públicas específicas, la ciudad podría recuperar dinamismo en la creación de empleo de calidad. Ambos escenarios son posibles, pero lo cierto es que los próximos trimestres serán determinantes para definir hacia dónde se inclina la balanza de la empleabilidad porteña.



