La próxima sesión de revelación de cifras sobre el comportamiento de los precios en la economía argentina llegará el jueves 11 de junio a las 16 horas, cuando el Instituto Nacional de Estadística y Censos haga pública la radiografía de mayo. Lo que suceda con esos números importa porque marca el pulso de una batalla económica que lleva meses: la lucha contra el alza de costos que afecta el bolsillo de millones de personas. Después de un marzo particularmente duro —cuando los precios treparon al 3,4%— abril trajo algo parecido a un respiro. Ahora la pregunta que flota en los ámbitos especializados es si ese respiro se profundizó o si fue apenas un espejismo.
Las proyecciones que circulan entre consultoras, bancos de inversión y economistas privados dibujan un panorama donde los precios subirían menos en mayo que lo que subieron en abril. Los números que se manejan oscilan entre pisos de 2,1% y techos de 2,5%, cifras que representarían una contracción respecto del 2,6% registrado en abril. Ese posible descenso tendría relevancia porque marcaría una confirmación de que la tendencia a la baja observada hace poco más de un mes no fue un evento aislado, sino el comienzo de una trayectoria más moderada. El último Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) —un sondeo regular que realiza el banco central entre especialistas— apunta específicamente a una inflación del 2,3% para mayo, ubicándose casi en el punto medio del rango que manejan las proyecciones más conservadoras y las más optimistas.
El contexto de la desaceleración: de los saltos a la contención
Para entender la relevancia de lo que podría ocurrir en los próximos días, conviene retroceder algunos pasos. Durante diez meses consecutivos —una cifra que marca tendencia persistente— los números mensuales de inflación mostraron trayectorias ascendentes, generando una acumulación que golpeaba mes a mes. Enero y febrero habían mostrado lecturas del 2,9%, mientras que marzo se disparó al 3,4%, evidenciando presiones inflacionarias considerables. Fue abril el que quiebra esa cadena: el índice cayó a 2,6%, marcando el primer descenso después de un año entero de subidas sucesivas. Si mayo confirma esta pauta con cifras aún menores, estaríamos ante el segundo mes consecutivo de desaceleración, un patrón que cambiaría significativamente la narrativa económica de los últimos tiempos.
El titular de la cartera de Economía, Luis Caputo, ha sido explícito en sus expectativas sobre lo que arribaría a los escritorios en esa jornada de junio. No solo ha expresado confianza en que el número será menor al de abril, sino que ha insinuado la posibilidad de que el índice pueda penetrar incluso los rangos que anticipan los propios analistas de mercado, cayendo por debajo del 2,6% que marcó el mes anterior. En sus declaraciones, reconoció que "hubo un shock interno muy fuerte" que generó presiones inflacionarias, pero insistió en que esa fase de turbulencia comienza a quedar atrás y que la trayectoria hacia menores aumentos de precios se mantendría. Caputo explicó que la economía venía transitando "un proceso de desinflación muy acentuado", lo cual sugiere que una vez que ciertos factores de perturbación se disiparan, el ritmo de crecimiento de precios continuaría normalizándose.
Los rubros que más presionan: transporte, educación y servicios básicos
Cuando se mira en detalle lo que sucedió en abril con cada rubro de la canasta de consumo, emergen patrones diferenciados que explican por qué algunos sectores tiran hacia arriba el promedio general. El rubro de Transporte encabezó las subas con un incremento del 4,4%, superando por bastante al promedio. Esto se explica principalmente por los ajustes en tarjetas y pasajes de colectivos, trenes y subtes que tuvieron lugar durante ese período, reflejando movimientos tarifarios del transporte público. Detrás viene Educación con 4,2% y Comunicación con 4,1%, ambas también significativamente por encima del promedio inflacionario general. El rubro de Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles también se posicionó entre los que mayores alzas experimentaron, con un incremento del 3,5%, sugiriendo presiones en servicios e insumos energéticos. Prendas de vestir y calzado marcaron un 3,2%, mientras que Equipamiento y mantenimiento del hogar llegó al 2,9%.
En el otro extremo del espectro están aquellos segmentos donde los aumentos fueron más contenidos o directamente mínimos. Alimentos y bebidas no alcohólicas registraron apenas 1,5%, la cifra más baja de toda la estructura de precios, lo que sugiere una cierta estabilidad en ese rubro crucial para el presupuesto de los hogares. Recreación y cultura también mostró contención con 1,0%, mientras que Bebidas alcohólicas y tabaco llegó al 1,9%. Bienes y servicios varios se ubicó en 2,4% y Salud en 2,5%, ambas por debajo del promedio. Restaurantes y hoteles, finalmente, se alineó exactamente con el promedio inflacionario general del 2,6%. Esta dispersión es importante porque muestra que la inflación no es un fenómeno homogéneo: afecta desigualmente según el tipo de gasto, siendo particularmente severa en servicios básicos y transporte, mientras que mantiene cierta mesura en alimentos.
Las implicaciones de lo que suceda el próximo 11 de junio trascienden el simple dato estadístico. Si los números confirman la tendencia bajista anticipada, se reforzaría la narrativa de que las medidas y políticas implementadas están teniendo efectos sobre la moderación de precios. Simultáneamente, si la cifra sorprende al alza o se ubica por encima de las estimaciones, podría interpretarse como una señal de que los shocks internos mencionados mantienen mayor persistencia de la esperada. En ambos casos, los números que revele el Instituto Nacional de Estadística tendrán impacto en cómo se ajustan las expectativas de consumidores, empresarios e inversores sobre el rumbo futuro de la economía, influyendo en decisiones de gasto, inversión y financiamiento que se tomarán en las semanas venideras.



