La comunidad de economistas, analistas financieros y consultores que monitorean permanentemente los movimientos de la economía argentina ha llegado a un diagnóstico compartido sobre lo que deparará el resto de 2026: una inflación en descenso pero un crecimiento económico más modesto de lo que se esperaba hace apenas algunos meses. Este consenso emerge del más reciente relevamiento que realiza periódicamente el Banco Central entre sus principales interlocutores en la City porteña, una radiografía que cobra especial relevancia en momentos en que el país intenta consolidar la estabilización macroeconómica iniciada en diciembre de 2023.

Lo que cambia en esta lectura de mercado es la recalibración de expectativas respecto a la magnitud del rebote económico. Mientras los precios parecen encaminarse hacia una senda más predecible y controlada, el impulso que muchos anticipaban para la actividad productiva y el empleo aparece más contenido. Treinta y tres consultoras, centros de investigación y doce entidades financieras participaron en este ejercicio de prospectiva que el organismo monetario realiza de manera sistemática, capturando así la visión de quienes operan, invierten y toman decisiones en los mercados. Los guarismos que arrojan estos relevamientos no son menores: marcan el pulso de la confianza empresarial y financiera, y por tanto, el ritmo que probablemente adopte la inversión en los próximos meses.

Un panorama inflacionario que finalmente desacelera

Las expectativas sobre el comportamiento de los precios convergen en un escenario de progresiva moderación. Para julio, el consenso se ubica en una inflación del 2%, cifra idéntica a la que se había proyectado en la encuesta anterior. Sin embargo, los detalles técnicos revelan que la tendencia es hacia la baja. El índice de precios núcleo —aquella fracción que excluye los rubros más volátiles y refleja la inflación subyacente— registró 1,8% en el séptimo mes del año, una décima menos que lo anticipado anteriormente. El denominado grupo Top 10, compuesto por las consultoras con mejor trayectoria predictiva, calculó 1,9% para julio, confirmando una tendencia decreciente.

Lo significativo no radica solamente en los números puntuales sino en la dirección que toman. Después de meses de volatilidad inflacionaria y sorpresas al alza que generaron escepticismo en los analistas, la trayectoria ahora apunta hacia una desaceleración sostenida. Según las estimaciones relevadas, la inflación mensual promedio para el resto del año rondará el 1,85%, lo que permitiría cerrar 2026 con una acumulación significativamente menor a la de ejercicios anteriores. Esta moderación abre la posibilidad de que a partir de agosto los aumentos de precios se mantengan por debajo del 2% mensual, un hito que las autoridades monetarias han perseguido durante todo este período de estabilización.

Cabe destacar que el Banco Central enfatizó, durante la presentación de su informe de política monetaria, una observación sobre el comportamiento de los analistas consultados: históricamente han mostrado cierto rezago a la hora de incorporar en sus modelos la velocidad real con que bajan los precios. En una primera fase, tardaron en reconocer la desaceleración inflacionaria. Posteriormente, fueron lentos en incorporar la estabilidad que el esquema de bandas cambiaras había logrado imprimir. Ahora, según el diagnóstico de las autoridades, nuevamente incurren en cautela excesiva respecto a la mejora que se avecina tanto en el frente externo como en la reactivación de la actividad económica.

Crecimiento contenido y dólar sin sorpresas mayores

El otro movimiento relevante en las expectativas tiene que ver con una revisión a la baja de las perspectivas de expansión económica. El mercado ajustó su proyección de crecimiento del PBI para 2026 a 2,7%, cuatro décimas por debajo de lo que se había estimado solamente un mes atrás. Este recorte responde a un cambio en la evaluación del desempeño del segundo trimestre del año, cuando los analistas determinaron que la economía se contrajo 0,4% una vez desestacionalizado el dato, un punto porcentual más de lo que se preveía anteriormente. No obstante, hay un aspecto compensador: para los trimestres tercero y cuarto se proyecta un crecimiento de 1% en cada uno, lo que sugiere que la recuperación ganaría intensidad conforme avanza el año.

En cuanto al mercado de divisas, el consenso descarta escenarios turbulentos o de saltos abruptos en la cotización del dólar. El tipo de cambio oficial a nivel mayorista se proyecta en $1.512 para agosto, apenas $0,40 por debajo de lo que se esperaba en la encuesta previa, mostrando así una notable consistencia. Para el cierre del año, la mediana de las proyecciones ubica la moneda estadounidense en $1.652, lo que implicaría una depreciación del peso en términos reales, considerando que la inflación esperada supera ligeramente el crecimiento que experimentaría el tipo de cambio nominal. El grupo Top 10 estima un dólar mayorista de $1.605 para diciembre. Estos guarismos implican que la moneda norteamericana aumentaría aproximadamente 14,1% en términos interanuales, un crecimiento alineado con la inflación proyectada y coherente con la lógica del esquema de bandas que el organismo monetario mantiene vigente.

Analistas del mercado han señalado que estas proyecciones evidencian la expectativa generalizada de que el dólar mayorista se mantenga sistemáticamente por debajo del techo de la banda cambiaría establecida. Para que la cotización llegue al nivel estimado para fin de año, el tipo de cambio necesitaría crecer aproximadamente 2,15% mensual en promedio durante los meses restantes, una tasa muy inferior a la inflación prevista. Esto significa que habría una ganancia de poder adquisitivo del peso en términos reales frente a la divisa estadounidense, un aspecto que los operadores interpretan como consistente con la persistencia de la ancla cambiaría y la ausencia de presiones devaluacionistas mayores.

Respecto al mercado laboral, las expectativas se mantienen sin variaciones respecto al relevamiento anterior. La desocupación se proyecta en 7,7% para el segundo trimestre y en 7,5% para el cierre del ejercicio. Estos números sugieren que aunque la actividad económica crezca, la generación de puestos de trabajo avanzaría de manera gradual, reflejando un proceso de reactivación que aún no adquiere la velocidad suficiente como para revertir significativamente los indicadores del empleo.

Implicancias y perspectivas abiertas

Las lecturas que emergen del mercado abren varios interrogantes sobre cómo evolucionará la economía en los meses venideros. Por un lado, existe una coincidencia en que la inflación seguirá bajando, lo que reduciría presiones sobre el poder adquisitivo de salarios y jubilaciones, y facilitaría la normalización gradual de tasas de interés reales. Por el otro, el crecimiento económico más modesto implica que la reactivación de la inversión privada y el consumo podría ser más lenta de lo que algunos esperaban, con implicancias sobre la velocidad de creación de empleo y sobre los ingresos fiscales. La estabilidad cambiaria, aunque bienvenida por sus efectos sobre la previsibilidad macroeconómica, convive con una depreciación real que podría afectar la competitividad de sectores productores de bienes transables internacionalmente. El desafío que se presenta es lograr que la inflación decreciente no se acompañe de una contracción económica, sino de un crecimiento modesto pero sostenible que eventualmente permita mejorar indicadores de empleo y calidad de vida.